Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 90
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Lectura bíblica
1 Corintios 16
1 Corintios 16
1 En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la misma manera que ordené a las iglesias de Galacia. 2 El primer día de la semana, cada uno de vosotros guarde algo en su casa, atesorando en proporción a cómo esté prosperando, para que cuando yo llegue no haya entonces que levantar ofrendas. 3 Cuando yo esté allí, enviaré a los que vosotros aprobéis por cartas, para llevar vuestro donativo a Jerusalén. 4 Y si conviene que yo también vaya, ellos irán conmigo. 5 Iré a vosotros cuando haya pasado por Macedonia, porque por Macedonia he de pasar. 6 Puede ser que me quede con vosotros o que hasta pase allí el invierno, para que luego vosotros me encaminéis a donde deba ir. 7 Porque ahora no quiero veros de paso, sino que espero quedarme algún tiempo con vosotros, si el Señor lo permite. 8 Pero me quedaré en Éfeso hasta Pentecostés; 9 porque se me ha abierto una puerta grande y eficaz, y hay muchos adversarios. 10 Si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros sin temor; porque él trabaja en la obra del Señor, igual que yo. 11 Por tanto, nadie le tenga en poco; más bien, encaminadlo en paz para que venga a mí, porque le espero con los hermanos. 12 Acerca del hermano Apolos, le animé mucho a que fuera a vosotros con los hermanos; pero de ninguna manera había voluntad para ir ahora. Sin embargo, irá cuando tenga oportunidad. 13 Vigilad; estad firmes en la fe; sed valientes y esforzaos. 14 Todas vuestras cosas sean hechas con amor. 15 Hermanos, sabéis que la casa de Estéfanas es las primicias de Acaya y que se han dedicado al servicio de los santos; os ruego 16 que vosotros os sujetéis a los tales y a todos los que colaboran y trabajan arduamente. 17 Me alegro de la venida de Estéfanas, Fortunato y Acaico, porque éstos suplieron lo que me faltaba de vuestra parte; 18 porque tranquilizaron mi espíritu y el vuestro. Reconoced, pues, a los tales. 19 Os saludan las iglesias de Asia. Aquilas y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor. 20 Os saludan todos los hermanos. Saludaos los unos a los otros con un beso santo. 21 La salutación de mi mano: Pablo. 22 Si alguno no ama al Señor, sea anatema. ¡Maranatha! 23 La gracia del Señor Jesús sea con todos vosotros. 24 Mi amor sea con todos vosotros en Cristo Jesús. Amén.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 241-242
Capítulo 29—Amonestación y súplica
Este capítulo está basado en 1 Corintios.
La primera epístola a la iglesia de Corinto fué escrita por el apóstol Pablo durante la última parte de su estada en Efeso. Por nadie había sentido él más profundo interés o realizado más incansables esfuerzos que por los creyentes de Corinto. Por un año y medio había trabajado entre ellos, señalándoles un Salvador crucificado y resucitado como el único medio de salvación, e instándolos a confiar implícitamente en el poder transformador de su gracia. Antes de aceptar en la comunión de la iglesia a los que profesaban el cristianismo, había tenido cuidado de darles instrucción especial en cuanto a los privilegios y deberes del creyente cristiano; y se había esforzado fervorosamente por ayudarles a ser fieles a sus votos bautismales.
Pablo tenía un agudo sentido del conflicto que toda alma debía sostener con los agentes del mal que tratan continuamente de engañar y entrampar; y había trabajado incansablemente por fortalecer y confirmar a los nuevos en la fe. Les había rogado que se entregaran completamente a Dios; porque sabía que cuando el alma no hace esta entrega, no abandona el pecado, los apetitos y pasiones todavía luchan por el dominio, y las tentaciones confunden la conciencia.
La entrega debe ser completa. Toda alma débil que, rodeada de dudas y luchas, se entrega completamente al Señor, se coloca en contacto directo con agentes que la capacitan para vencer. El cielo está cerca de ella, y tiene el sostén y la ayuda de los ángeles misericordiosos en todo tiempo de prueba y necesidad.
Los miembros de la iglesia de Corinto estaban rodeados de
idolatría y sensualidad en la forma más seductora. Mientras el apóstol estaba con ellos, estas influencias no habían tenido sino poco poder sobre ellos. La firme fe de Pablo, sus fervientes oraciones y ardientes palabras de instrucción, y sobre todo, su vida piadosa, les habían ayudado a negarse a sí mismos por amor a Cristo, antes que gozar los placeres del pecado.
Después de la partida de Pablo, sin embargo, surgieron condiciones desfavorables; la cizaña que había sido sembrada por el enemigo apareció entre el trigo, y antes de mucho comenzó a producir su mal fruto. Ese fué un tiempo de severa prueba para la iglesia de Corinto. El apóstol no estaba más con ellos, para avivar su celo y ayudarles en sus esfuerzos por vivir en armonía con Dios; y poco a poco muchos llegaron a ser descuidados e indiferentes, y permitieron que los gustos y las inclinaciones naturales los dominaran. El que tan a menudo los había instado a alcanzar altos ideales de pureza y justicia, no estaba más con ellos; y no pocos de los que, al convertirse, habían abandonado sus malos hábitos, volvieron a los degradantes pecados del paganismo.
Pablo había escrito brevemente a la iglesia, y los había amonestado a no asociarse con los miembros que persistieran en la disolución; pero muchos de los creyentes pervirtieron el significado de las palabras del apóstol, sutilizaron respecto a ellas, y se excusaron por desatender su instrucción.
La iglesia le envió a Pablo una carta, en la que le pedía consejo respecto a varios asuntos, pero no decía nada de los graves pecados que existían entre ellos. Sin embargo, el Espíritu Santo impresionó fuertemente al apóstol en el sentido de que se le ocultaba la verdadera condición de la iglesia, y que con esa carta se intentaba arrancarle declaraciones que los que la habían escrito pudieran interpretar de modo que sirvieran a sus propósitos personales.
Por entonces llegaron a Efeso algunos miembros de la casa de Cloé, familia cristiana de excelente reputación en Corinto. Pablo les preguntó en cuanto al estado de las cosas, y ellos le
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White