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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 210-212

que el toque de la inmortalidad se concediera a los vivos. “Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas palabras.”

Difícilmente podemos apreciar la esperanza y el gozo que esta seguridad proporcionó a la joven iglesia de Tesalónica. Ellos creyeron y atesoraron la carta que les envió su padre en el Evangelio, y sus corazones se llenaron de amor a él. El les había dicho estas cosas antes; pero en aquel entonces sus mentes estaban tratando de asimilar doctrinas que les parecían nuevas y extrañas; y no es sorprendente que la fuerza de algunos puntos no se había impresionado vívidamente en su espíritu. Pero tenían hambre de la verdad, y la epístola de Pablo les dió nueva esperanza y fuerza, y una fe más firme en Aquel cuya muerte había sacado a luz la vida y la inmortalidad, y les dió un afecto más profundo por él.

Ahora se regocijaban en el conocimiento de que sus amados amigos se levantarían de la tumba, para vivir para siempre en el reino de Dios. Las tinieblas que habían envuelto el lugar de descanso de los muertos se disiparon. Un nuevo esplendor coronó la fe cristiana, y vieron una nueva gloria en la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.

“También traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús,” escribió Pablo. Muchos interpretan este pasaje como si significara que los que duermen serán traídos con Cristo desde el cielo, pero según Pablo, como Cristo se levantó de los muertos, así Dios traerá de sus tumbas a los santos que durmieron, y los llevará con él al cielo. ¡Qué precioso consuelo! ¡Qué gloriosa esperanza! no sólo para la iglesia de Tesalónica, sino para todos los cristianos dondequiera que estén.

Mientras Pablo trabajaba en Tesalónica, había explicado tan plenamente el asunto de las señales de los tiempos, mostrando qué acontecimientos iban a suceder antes de la manifestación del Hijo del hombre en las nubes del cielo, que no consideró

necesario escribirles largamente en cuanto a este asunto. Se refirió, sin embargo, enfáticamente a sus enseñanzas anteriores. “Acerca de los tiempos y los momentos—dijo,—no tenéis, hermanos, necesidad de que yo os escriba: porque vosotros sabéis bien, que el día del Señor vendrá así como ladrón de noche, que cuando dirán, Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente.”

Son muchos hoy en el mundo los que cierran los ojos a las evidencias que Cristo dió para advertir a los hombres de su advenimiento. Tratan de aquietar toda aprensión, mientras las señales del fin se cumplen rápidamente, y el mundo se precipita hacia el tiempo cuando el Hijo del hombre se manifestará en las nubes del cielo. Pablo enseña que es pecaminoso ser indiferente para con las señales que han de preceder a la segunda venida de Cristo. A los culpables de este descuido, los llama hijos de la noche y de las tinieblas. Anima a los vigilantes y despiertos con estas palabras: “Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sobrecoja como ladrón; porque todos vosotros sois hijos de luz, e hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas. Por tanto, no durmanos como los demás; antes velemos y seamos sobrios.”

Son especialmente importantes para la iglesia de nuestro tiempo las enseñanzas del apóstol sobre este punto. Para los que viven tan cerca de la gran consumación, deberían tener notable fuerza las palabras del apóstol: “Mas nosotros, que somos del día, estemos sobrios, vestidos de cota de fe y de caridad, y la esperanza de salud por yelmo. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salud por nuestro Señor Jesucristo; el cual murió por nosotros, para que o que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él.”

El cristiano vigilante es el cristiano que trabaja, que procura celosamente hacer todo lo que puede para el adelantamiento del Evangelio. Como crece el amor por su Redentor, así también crece su amor por su prójimo. Tiene severas pruebas, como su Señor; pero no permite que las aflicciones agríen su

temperamento y destruyan su paz mental. Sabe que la prueba, si se la soporta bien, le refinará y purificará, y le unirá más con Cristo. Los que son participantes de los sufrimientos de Cristo, serán también participantes de su consolación, y al fin compartirán también su gloria.

“Os rogamos, hermanos—continuó Pablo en su carta a los tesalonicenses,—que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan: y que los tengáis en mucha estima por amor de su obra. Tened paz los unos con los otros.”

Los creyentes tesalonicenses se veían muy molestados por hombres que se levantaban entre ellos con ideas y doctrinas fanáticas. Algunos andaban “fuera de orden, no trabajando en nada, sino ocupados en curiosear.” La iglesia había sido debidamente organizada, y se habían nombrado dirigentes para que actuaran como ministros y diáconos. Pero había algunos voluntariosos e impetuosos que rehusaban someterse a aquellos que ocupaban puestos de autoridad en la iglesia. Los tales aseveraban tener no solamente derecho a juzgar por su cuenta, sino también a presentar insistentemente sus conceptos a la iglesia. En vista de esto, Pablo llamó la atención de los tesalonicenses al respeto y la deferencia debidos a aquellos que habían sido escogidos para ocupar puestos de autoridad en la iglesia.

En su ansia de que los creyentes de Tesalónica anduvieran en el temor de Dios, el apóstol les suplicó que manifestaran piedad práctica en la vida diaria. “Resta pues, hermanos—escribió,—que os roguemos y exhortemos en el Señor Jesús, que de la manera que fuisteis enseñados de nosotros de cómo os conviene andar, y agradar a Dios, así vayáis creciendo. Porque ya sabéis qué mandamientos os dimos por el Señor Jesús. Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación.” “Porque no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.”

El apóstol Pablo sentía que era responsable en gran medida

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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