Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 74
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 207-209
Capítulo 25—Las cartas a los Tesalonicenses
Este capítulo está basado en 1 Tesalonicenses.
La Llegada de Silas y Timoteo desde Macedonia, durante la permanencia de Pablo en Corinto, había alegrado grandemente al apóstol. Ellos le trajeron buenas nuevas de la “fe y caridad” de aquellos que habían aceptado la verdad durante la primera visita de los mensajeros evangélicos a Tesalónica. El corazón de Pablo simpatizaba tiernamente con esos creyentes, que, en medio de la prueba y la adversidad, habían permanecido fieles a Dios. Anhelaba visitarlos en persona, pero como no podía hacerlo entonces, les escribió.
En esta carta a la iglesia de Tesalónica, el apóstol expresa su gratitud a Dios por las alegres nuevas de su aumento de fe. “Hermanos—escribió,—recibimos consolación de vosotros en toda nuestra necesidad y aflicción por causa de vuestra fe: porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor. Por lo cual, ¿qué hacimiento de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios, orando de noche y de día con grande instancia, que veamos vuestro rostro, y que cumplamos lo que falta a vuestra fe?”
“Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones; sin cesar acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, y del trabajo de amor, y de la tolerancia de la esperanza del Señor nuestro Jesucristo.”
Muchos de los creyentes de Tesalónica se habían vuelto “de los ídolos ... al Dios vivo y verdadero.” Habían recibido “la palabra con mucha tribulación;” y sus corazones estaban llenos
del “gozo del Espíritu Santo.” El apóstol declaró que por su fidelidad en seguir al Señor, eran “ejemplo a todos los que” habían “creído en Macedonia y en Acaya.” Estas palabras de alabanza no eran inmerecidas; “porque de vosotros—escribió—ha sido divulgada la palabra del Señor no sólo en Macedonia y en Acaya, mas aun en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido.”
Los creyentes tesalonicenses eran verdaderos misioneros. Sus corazones ardían de celo por el Salvador que los había librado del temor y “de la ira que ha de venir.” Por la gracia de Cristo, se había producido una maravillosa transformación en sus vidas; y la palabra del Señor, hablada por ellos, era acompañada de poder. Los corazones eran ganados por las verdades presentadas, y almas eran añadidas al número de los creyentes.
En esta primera epístola, Pablo se refirió a su manera de trabajar entre los tesalonicenses. Declaró que no había tratado de ganar conversos por medio del engaño o dolo. “Según fuimos aprobados de Dios para que se nos encargase el evangelio, así hablamos; no como los que agradan a los hombres, sino a Dios, el cual prueba nuestros corazones. Porque nunca fuimos lisonjeros en la palabra, como sabéis, ni tocados de avaricia; Dios es testigo; ni buscamos de los hombres gloria, ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos blandos entre vosotros como la que cría, que regala a sus hijos: tan amadores de vosotros, que quisiéramos entregaros no sólo el evangelio de Dios, mas aun nuestras propias almas; porque nos erais carísimos.”
“Vosotros sois testigos, y Dios—continúa el apóstol,—de cuán santa y justa e irreprensiblemente nos condujimos con vosotros que creisteis: así como sabéis de qué modo exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros, como el padre a sus hijos. Y os prostestábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria.
“Por lo cual, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, de que habiendo recibido la palabra de Dios que oísteis
de nosotros, recibisteis no palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, el cual obra en vosotros los que creísteis.” “Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo en su venida? Que vosotros sois nuestra gloria y gozo.”
En su primera epístola a los creyentes tesalonicenses, Pablo se esforzó por instruirlos respecto al verdadero estado de los muertos. Dijo que los muertos dormían en la inconsciencia: “Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús.... Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.”
Los tesalonicenses se habían aferrado ansiosamente a la idea de que Cristo estaba por venir para transformar a los fieles que vivían, y llevarlos consigo. Habían protegido cuidadosamente la vida de sus amigos, para que no murieran y perdieran la bendición que ellos esperaban recibir al venir su Señor. Pero sus amados, uno tras otro, les habían sido arrebatados; y con angustia los tesalonicenses habían mirado por última vez los rostros de sus muertos, atreviéndose apenas a esperar encontrarlos en la vida futura.
Cuando abrieron y leyeron la epístola de Pablo, las palabras referentes al verdadero estado de los muertos proporcionaron gran gozo y consuelo a la iglesia. Pablo mostró que aquellos que vivieran cuando Cristo viniese no irían antes al encuentro de su Señor que aquellos que hubieran dormido en Jesús. La voz del arcángel y la trompeta de Dios alcanzarían a los que durmieran, y los muertos en Cristo resucitarían primero, antes
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White