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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 393-395

simpatía entre la gran mayoría de los adventistas; no obstante sirvieron para atraer oprobio sobre la causa de la verdad.

Satanás estaba tratando de oponerse por este medio a la obra de Dios y destruirla. El movimiento adventista había conmovido grandemente a la gente, se habían convertido miles de pecadores, y hubo hombres sinceros que se dedicaron a proclamar la verdad, hasta en el tiempo de la tardanza. El príncipe del mal estaba perdiendo sus súbditos, y para echar oprobio sobre la causa de Dios, trató de engañar a algunos de los que profesaban la fe, y de trocarlos en extremistas. Luego sus agentes estaban listos para aprovechar cualquier error, cualquier falta, cualquier acto indecoroso, y presentarlo al pueblo en la forma más exagerada, a fin de hacer odiosos a los adventistas y la fe que profesaban. Así, cuanto mayor era el número de los que lograra incluir entre los que profesaban creer en el segundo advenimiento mientras su poder dirigía sus corazones, tanto más fácil le sería señalarlos a la atención del mundo como representantes de todo el cuerpo de creyentes.

Satanás es “el acusador de nuestros hermanos”, y es su espíritu el que inspira a los hombres a acechar los errores y defectos del pueblo de Dios, y a darles publicidad, mientras que no se hace mención alguna de las buenas acciones de este mismo pueblo. Siempre está activo cuando Dios obra para salvar las almas. Cuando los hijos de Dios acuden a presentarse ante el Señor, Satanás viene también entre ellos. En cada despertamiento religioso está listo para introducir a aquellos cuyos corazones no están santificados y cuyos espíritus no están bien equilibrados. Cuando estos han aceptado algunos puntos de la verdad, y han conseguido formar parte del número de los creyentes, él influye por conducto de ellos para introducir teorías que engañarán a los incautos. El hecho de que una persona se encuentre en compañía de los hijos de Dios, y hasta en el lugar de culto y en torno a la mesa del Señor, no prueba que dicha persona sea verdaderamente cristiana. Allí está con frecuencia Satanás en las ocasiones más solemnes, bajo la forma de aquellos a quienes puede emplear como agentes suyos.

El príncipe del mal disputa cada pulgada del terreno por el cual avanza el pueblo de Dios en su peregrinación hacia la ciudad celestial. En toda la historia de la iglesia, ninguna reforma ha sido llevada a cabo sin encontrar serios obstáculos. Así aconteció en los días de San Pablo. Dondequiera que el apóstol fundase una iglesia, había algunos que profesaban aceptar la fe, pero que introducían

herejías que, de haber sido recibidas, habrían hecho desaparecer el amor a la verdad. Lutero tuvo también que sufrir gran aprieto y angustia debido a la conducta de fanáticos que pretendían que Dios había hablado directamente por ellos, y que, por lo tanto, ponían sus propias ideas y opiniones por encima del testimonio de las Santas Escrituras. Muchos a quienes les faltaba fe y experiencia, pero a quienes les sobraba confianza en sí mismos y a quienes les gustaba oír y contar novedades, fueron engañados por los asertos de los nuevos maestros y se unieron a los agentes de Satanás en la tarea de destruir lo que, movido por Dios, Lutero había edificado. Y los Wesley, y otros que por su influencia y su fe fueron causa de bendición para el mundo, tropezaron a cada paso con las artimañas de Satanás, que consistían en empujar a personas de celo exagerado, desequilibradas y no santificadas a excesos de fanatismo de toda clase.

Guillermo Miller no simpatizaba con aquellas influencias que conducían al fanatismo. Declaró, como Lutero, que todo espíritu debía ser probado por la Palabra de Dios. “El diablo—decía Miller—tiene gran poder en los ánimos de algunas personas de nuestra época. ¿Y cómo sabremos de qué espíritu provienen? La Biblia contesta: ‘Por sus frutos los conoceréis’. [...] Hay muchos espíritus en el mundo, y se nos manda que los probemos. El espíritu que no nos hace vivir sobria, justa y piadosamente en este mundo, no es de Cristo. Estoy más y más convencido de que Satanás tiene mucho que ver con estos movimientos desordenados [...]. Muchos de los que entre nosotros aseveran estar completamente santificados, no hacen más que seguir las tradiciones de los hombres, y parecen ignorar la verdad tanto como otros que no hacen tales asertos”. Bliss, 236, 237. “El espíritu de error nos alejará de la verdad, mientras que el Espíritu de Dios nos conducirá a ella. Pero, decís vosotros, una persona puede estar en el error y pensar que posee la verdad. ¿Qué hacer en tal caso? A lo que contestamos: el Espíritu y la Palabra están de acuerdo. Si alguien se juzga a sí mismo por la Palabra de Dios y encuentra armonía perfecta en toda la Palabra, entonces debe creer que posee la verdad; pero si encuentra que el espíritu que le guía no armoniza con todo el contenido de la ley de Dios o su Libro, ande entonces cuidadosamente para no ser apresado en la trampa del diablo” (The Advent Herald and Signs of the Times Reporter, 15 de enero de 1845, tomo 8, no 23). “Muchas veces, al notar una mirada benigna, una mejilla humedecida y unas palabras entrecortadas, he visto mayor prueba de piedad interna que en todo el ruido de la cristiandad”. Bliss, 282.

En los días de la Reforma, los adversarios de esta achacaron todos los males del fanatismo a quienes lo estaban combatiendo con el mayor ardor. Algo semejante hicieron los adversarios del movimiento adventista. Y no contentos con desfigurar y abultar los errores de los extremistas y fanáticos, hicieron circular noticias desfavorables que no tenían el menor viso de verdad.

Esas personas eran dominadas por prejuicios y odios. La proclamación de la venida inminente de Cristo les perturbaba la paz. Temían que pudiese ser cierta, pero esperaban sin embargo que no lo fuese, y este era el motivo secreto de su lucha contra los adventistas y su fe.

La circunstancia de que unos pocos fanáticos se abrieran paso entre las filas de los adventistas no era mayor razón para declarar que el movimiento no era de Dios, que lo fue la presencia de fanáticos y engañadores en la iglesia en días de San Pablo o de Lutero, para condenar la obra de ambos. Despierte el pueblo de Dios de su somnolencia y emprenda seriamente una obra de arrepentimiento y de reforma; escudriñe las Escrituras para aprender la verdad tal cual es en Jesús; conságrese por completo a Dios, y no faltarán pruebas de que Satanás está activo y vigilante. Manifestará su poder por todos los engaños posibles, y llamará en su ayuda a todos los ángeles caídos de su reino.

No fue la proclamación del segundo advenimiento lo que dio origen al fanatismo y a la división. Estos aparecieron en el verano de 1844, cuando los adventistas se encontraban en un estado de duda y perplejidad con respecto a su situación real. La predicación del mensaje del primer ángel y del “clamor de media noche”, tendía directamente a reprimir el fanatismo y la disensión. Los que participaban en estos solemnes movimientos estaban en armonía; sus corazones estaban llenos de amor mutuo y de amor hacia Jesús, a quien esperaban ver pronto. Una sola fe y una sola esperanza bendita los elevaban por encima de cualquier influencia humana, y les servían de escudo contra los ataques de Satanás.

“Tardándose, pues, el esposo, cabecearon todas, y se durmieron. Mas a la media noche fue oído el grito: ¡ He aquí que viene el esposo! ¡salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y aderezaron sus lámparas”. Mateo 25:5-7 (VM). En el verano de 1844, a mediados de la época comprendida entre el tiempo en que se había supuesto primero que terminarían los 2.300 días y el otoño del mismo año, hasta donde descubrieron después que se extendían,

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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