Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 280
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Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 388-392
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Capítulo 23—Profecías cumplidas
Cundo pasado el tiempo en que al principio se había esperado la venida del Señor—la primavera de 1844—los que así habían esperado con fe su advenimiento se vieron envueltos durante algún tiempo en la duda y la incertidumbre. Mientras que el mundo los consideraba como completamente derrotados, y como si se hubiese probado que habían estado acariciando un engaño, la fuente de su consuelo seguía siendo la Palabra de Dios. Muchos continuaron escudriñando las Santas Escrituras, examinando de nuevo las pruebas de su fe, y estudiando detenidamente las profecías para obtener más luz. El testimonio de la Biblia en apoyo de su actitud parecía claro y concluyente. Había señales que no podían ser mal interpretadas y que daban como cercana la venida de Cristo. La bendición especial del Señor, manifestada tanto en la conversión de los pecadores como en el reavivamiento de la vida espiritual entre
los cristianos, había probado que el mensaje provenía del cielo. Y aunque los creyentes no podían explicar el chasco que habían sufrido abrigaban la seguridad de que Dios los había dirigido en lo que habían experimentado.
Las profecías que ellos habían aplicado al tiempo del segundo advenimiento iban acompañadas de instrucciones que correspondían especialmente con su estado de incertidumbre e indecisión, y que los animaban a esperar pacientemente, en la firme creencia de que lo que entonces parecía oscuro a sus inteligencias sería aclarado a su debido tiempo.
Entre estas profecías se encontraba la de Habacuc 2:1-4: “Me pondré, dije, sobre mi atalaya, me colocaré sobre la fortaleza, y estaré mirando para ver qué me dirá Dios, y lo que yo he de responder tocante a mi queja. A lo que respondió Jehová, y dijo: Escribe la visión, y escúlpela sobre tablillas, para que se pueda leer corrientemente. “Porque la visión todavía tardará hasta el plazo señalado; bien que se apresura hacia el fin, y no engañará la esperanza: aunque tardare, aguárdala, porque de seguro vendrá, no se tardará. ¡Pero he aquí al ensoberbecido! su alma no es recta en él: el justo empero por su fe vivirá” (VM).
Ya por el año 1842, la orden dada en esta profecía: “Escribe la visión, y escúlpela sobre tablillas, para que se pueda leer corrientemente”, le había sugerido a Charles Fitch la redacción de un cartel profético con que ilustrar las visiones de Daniel y del Apocalipsis. La publicación de este cartel fue considerada como cumplimiento de la orden dada por Habacuc. Nadie, sin embargo, notó entonces que la misma profecía menciona una dilación evidente en el cumplimiento de la visión, un tiempo de demora. Después del contratiempo, este pasaje de las Escrituras resultaba muy significativo: “La visión todavía tardará hasta el plazo señalado; bien que se apresura hacia el fin, y no engañará la esperanza: aunque tardare, aguárdala, porque de seguro vendrá, no se tardará [...]. El justo empero por su fe vivirá”.
Una porción de la profecía de Ezequiel fue también fuente de fuerza y de consuelo para los creyentes: “Tuve además revelación de Jehová, que decía: Hijo del hombre, ¿qué refrán es este que tenéis en la tierra de Israel, que dice: Se van prolongando los días, y fracasa toda visión? Por tanto diles: [...] Han llegado los días, y el efecto de cada visión; [...] hablaré, y la cosa que dijere se efectuará; no se dilatará más”. “Los de la casa de Israel están diciendo: La
visión que este ve es para de aquí a muchos días; respecto de tiempos lejanos profetiza él. Por tanto diles: Así dice Jehová el Señor: No se dilatará más ninguna de mis palabras; lo que yo dijere se cumplirá”. Ezequiel 12:21-25, 27, 28 (VM). Los que esperaban se regocijaron en la creencia de que Aquel que conoce el fin desde el principio había mirado a través de los siglos, y previendo su contrariedad, les había dado palabras de valor y esperanza. De no haber sido por esos pasajes de las Santas Escrituras, que los exhortaban a esperar con paciencia y firme confianza en la Palabra de Dios, su fe habría cejado en la hora de prueba.
La parábola de las diez vírgenes de Mateo 25, ilustra también lo que experimentaron los adventistas. En el capítulo 24 de Mateo, en contestación a la pregunta de sus discípulos respecto a la señal de su venida y del fin del mundo, Cristo había anunciado algunos de los acontecimientos más importantes de la historia del mundo y de la iglesia desde su primer advenimiento hasta su segundo; a saber, la destrucción de Jerusalén, la gran tribulación de la iglesia bajo las persecuciones paganas y papales, el oscurecimiento del sol y de la luna, y la caída de las estrellas. Después, habló de su venida en su reino, y refirió la parábola que describe las dos clases de siervos que esperarían su aparecimiento. El capítulo 25 empieza con las palabras: “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes”. Aquí se presenta a la iglesia que vive en los últimos días la misma enseñanza de que se habla al fin del capítulo 24. Lo que ella experimenta se ilustra con las particularidades de un casamiento oriental.
“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Y cinco de ellas eran insensatas, y cinco prudentes. Porque las insensatas, cuando tomaron sus lámparas, no tomaron aceite consigo: pero las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Tardándose, pues, el esposo, cabecearon todas, y se durmieron. Mas a la media noche fue oído el grito: ¡He aquí que viene el esposo! ¡Salid a recibirle!” (VM).
Se comprendía que la venida de Cristo, anunciada por el mensaje del primer ángel, estaba representada por la venida del esposo. La extensa obra de reforma que produjo la proclamación de su próxima venida, correspondía a la salida de las vírgenes. Tanto en esta parábola como en la de Mateo 24, se representan dos clases de personas. Unas y otras habían tomado sus lámparas, la Biblia, y a su luz salieron a recibir al Esposo. Pero mientras que “las insensatas,
cuando tomaron sus lámparas, no tomaron aceite consigo”, “las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas”. Estas últimas habían recibido la gracia de Dios, el poder regenerador e iluminador del Espíritu Santo, que convertía su Palabra en una antorcha para los pies y una luz en la senda. A fin de conocer la verdad, habían estudiado las Escrituras en el temor de Dios, y habían procurado con ardor que hubiese pureza en su corazón y su vida. Tenían experiencia personal, fe en Dios y en su Palabra, y esto no podían borrarlo el desengaño y la dilación. En cuanto a las otras vírgenes, “cuando tomaron sus lámparas, no tomaron aceite consigo”. Habían obrado por impulso. Sus temores habían sido despertados por el solemne mensaje, pero se habían apoyado en la fe de sus hermanas, satisfechas con la luz vacilante de las buenas emociones, sin comprender a fondo la verdad y sin que la gracia hubiese obrado verdaderamente en sus corazones. Habían salido a recibir al Señor, llenas de esperanza en la perspectiva de una recompensa inmediata; pero no estaban preparadas para la tardanza ni para el contratiempo. Cuando vinieron las pruebas, su fe vaciló, y sus luces se debilitaron.
“Tardándose, pues, el esposo, cabecearon todas, y se durmieron”. La tardanza del esposo representa la expiración del plazo en que se esperaba al Señor, el contratiempo y la demora aparente. En ese momento de incertidumbre, el interés de los superficiales y de los sinceros a medias empezó a vacilar y cejaron en sus esfuerzos; pero aquellos cuya fe descansaba en un conocimiento personal de la Biblia, tenían bajo los pies una roca que no podía ser barrida por las olas de la contrariedad. “Cabecearon todas, y se durmieron”; una clase de cristianos se sumió en la indiferencia y abandonó su fe, la otra siguió esperando pacientemente hasta que se le diese mayor luz. Sin embargo, en la noche de la prueba esta segunda categoría pareció perder, hasta cierto punto, su ardor y devoción. Los tibios y superficiales no podían seguir apoyándose en la fe de sus hermanos. Cada cual debía sostenerse por sí mismo o caer.
Por aquel entonces, despuntó el fanatismo. Algunos que habían profesado creer férvidamente en el mensaje rechazaron la Palabra de Dios como guía infalible, y pretendiendo ser dirigidos por el Espíritu, se abandonaron a sus propios sentimientos, impresiones e imaginación. Había quienes manifestaban un ardor ciego y fanático, y censuraban a todos los que no querían aprobar su conducta. Sus ideas y sus actos inspirados por el fanatismo no encontraban
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White