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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 382-384

bajaban a la tumba, sus hijos, en unión con nuevos convertidos, [...] se adelantaron y dieron nueva forma a la causa” (Robert Robinson, Ecclesiastical Researches, capítulo 6, p. 51). Para aumentar el número de los convertidos, se rebajó el alto nivel de la fe cristiana, y el resultado fue que “una ola de paganismo anegó la iglesia, trayendo consigo sus costumbres, sus prácticas y sus ídolos”. Gavazzi, Lectures, 278. Una vez que la religión cristiana hubo ganado el favor y el apoyo de los legisladores seculares, fue aceptada nominalmente por multitudes; pero mientras estas eran cristianas en apariencia, muchos “permanecieron en el fondo paganos que seguían adorando sus ídolos en secreto” (ibíd.).

¿No ha sucedido otro tanto en casi todas las iglesias que se llaman protestantes? Cuando murieron sus fundadores, que poseían el verdadero espíritu de reforma, sus descendientes se adelantaron y “dieron nueva forma a la causa”. Mientras se atenían ciegamente al credo de sus padres y se negaban a aceptar cualquiera verdad que fuese más allá de lo que veían, los hijos de los reformadores se alejaron mucho de su ejemplo de humildad, de abnegación y de renunciación al mundo. Así “la simplicidad primitiva desaparece”. Una ola de mundanalidad invade la iglesia “trayendo consigo sus costumbres, sus prácticas y sus ídolos”.

¡Ay, hasta qué grado esa amistad del mundo, que es “enemistad contra Dios”, es fomentada actualmente entre los que profesan ser discípulos de Cristo! ¡Cuánto no se han alejado las iglesias nacionales de toda la cristiandad del modelo bíblico de humildad, abnegación, sencillez y piedad! Juan Wesley decía, al hablar del buen uso del dinero: “No malgastéis nada de tan precioso talento, tan solo por agradar a los ojos con superfluos y costosos atavíos o con adornos innecesarios. No gastéis parte de él adornando prolijamente vuestras casas con muebles inútiles y costosos, con cuadros costosos, pinturas y dorados [...]. No gastéis nada para satisfacer la soberbia de la vida, ni para obtener la admiración de los hombres [...]. ‘Siempre que te halagues a ti mismo, los hombres hablarán bien de ti’. Siempre que te vistas ‘de púrpura y de lino fino blanco, y tengas banquetes espléndidos todos los días, ‘no faltará quien aplauda tu elegancia, tu buen gusto, tu generosidad y tu rumbosa hospitalidad. Pero no vayas a pagar tan caros sus aplausos. Conténtate más bien con el honor que viene de Dios” (Wesley, Works, sermón 50, sobre el uso de dinero). Pero muchas iglesias actuales desprecian estas enseñanzas.

Está de moda en el mundo hacer profesión de religión. Gobernantes, políticos, abogados, médicos y comerciantes se unen a la iglesia para asegurarse el respeto y la confianza de la sociedad, y así promover sus intereses mundanos. Tratan de cubrir todos sus procederes injustos con el manto de la religiosidad. Las diversas comunidades religiosas robustecidas con las riquezas y con la influencia de esos mundanos bautizados pujan a cual más por mayor popularidad y patrocinio.

Iglesias magníficas, embellecidas con el más extravagante despilfarro, se yerguen en las avenidas más ricas y más pobladas. Los fieles visten con lujo y a la moda. Se pagan grandes sueldos a ministros elocuentes para que entretengan y atraigan a la gente. Sus sermones no deben aludir a los pecados populares, sino que deben ser suaves y agradables como para los oídos de un auditorio elegante. Así los pecadores del mundo son recibidos en la iglesia, y los pecados de moda se cubren con un manto de piedad.

Hablando de la actitud actual de los profesos cristianos para con el mundo, un notable periódico profano dice: “Insensiblemente la iglesia ha seguido el espíritu del siglo, y ha adaptado sus formas de culto a las necesidades de la actualidad”. “En verdad, todo cuanto contribuye a hacer atractiva la religión, la iglesia lo emplea ahora y se vale de ello”. Y un escritor apunta, en el Independent de Nueva York, lo siguiente acerca del metodismo actual: “La línea de separación entre los piadosos y los irreligiosos desaparece en una especie de penumbra, y en ambos lados se está trabajando con empeño para hacer desaparecer toda diferencia entre su modo de ser y sus placeres”. “La popularidad de la religión tiende en gran manera a aumentar el número de los que quisieran asegurarse sus beneficios sin cumplir honradamente con los deberes de ella”.

Howard Crosby dice: “Motivo de hondo pesar es el hecho de que la iglesia de Cristo esté cumpliendo tan mal los designios del Señor. Así como los antiguos judíos dejaron que el trato familiar con las naciones idólatras alejara sus corazones de Dios, [...] así también ahora la iglesia de Jesús, merced al falso consorcio con el mundo incrédulo, está abandonando los métodos divinos de su verdadera vida y doblegándose a las costumbres perniciosas, si bien a menudo plausibles, de una sociedad anticristiana, valiéndose de argumentos y llegando a conclusiones ajenas a la revelación de Dios y directamente opuestas a todo crecimiento en la gracia”. The Healthy Christian: An Appeal to the Church, 141, 142.

En esta marea de mundanalidad y de afán por los placeres, el espíritu de desprendimiento y de sacrificio personal por el amor de Cristo ha desaparecido casi completamente. “Algunos de los hombres y mujeres que actúan hoy en esas iglesias aprendieron, cuando niños, a hacer sacrificios para poder dar o hacer algo por Cristo”. Pero “ahora si se necesitan fondos, [...] no hay que pedirle nada a nadie. ¡Oh no! Organícese un bazar, prepárese una representación de figuras vivas, una escena Jocosa, una comida al estilo antiguo o a la moderna, cualquier cosa para divertir a la gente”.

El gobernador Washburn, de Wisconsin, declaró en su mensaje anual, el 9 de enero de 1873: “Parece necesario dictar una ley que obligue a cerrar las escuelas donde se forman jugadores. Se las encuentra por todas partes. Hasta se ven iglesias que (sin saberlo, indudablemente) hacen a veces la obra del diablo. Los conciertos y las representaciones de beneficio, así como las rifas, que se hacen, a veces con fines religiosos o de caridad, pero a menudo con propósitos menos dignos, loterías, premios, etc., no son sino estratagemas para recaudar dinero sin dar un valor correspondiente. No hay nada tan desmoralizador y tan embriagador, especialmente para los jóvenes, como la adquisición de dinero o de propiedad sin trabajo. Si personas respetables toman parte en esas empresas de azar y acallan su conciencia con la reflexión de que el dinero está destinado a un buen fin, nada de raro tiene que la juventud del estado caiga tan a menudo en los hábitos que con casi toda seguridad engendra la afición a los juegos de azar”.

El espíritu de conformidad con el mundo está invadiendo las iglesias por toda la cristiandad. Robert Atkins, en un sermón predicado en Londres, pinta un cuadro sombrío del decaimiento espiritual que predomina en Inglaterra: “Los hombres verdaderamente justos están desapareciendo de la tierra, sin que a nadie se le importe algo. Los que hoy profesan religiosidad, en todas las iglesias, aman al mundo, se conforman con él, gustan de las comodidades terrenales y aspiran a los honores. Están llamados a sufrir con Cristo, pero retroceden ante el simple oprobio [...]. ¡Apostasía, apostasía, apostasía! es lo que está grabado en el frontis mismo de cada iglesia; y si lo supiesen o sintiesen, habría esperanza; pero ¡ay! lo que se oye decir, es: Rico soy, y estoy lleno de bienes, y nada me falta” (Second Advent Library, folleto no 39).

El gran pecado de que se acusa a Babilonia es que ha hecho que “todas las naciones beban del vino de la ira de su fornicación”. Esta

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

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