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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 308-311

del suelo, peñas y árboles al punto que no parecían ser de nuestra tierra. A los pocos minutos, un denso nubarrón negro se extendió por todo el firmamento dejando tan solo un estrecho borde en el horizonte, y haciendo tan oscuro el día como suele serlo en verano a las nueve de la noche [...].

“Temor, zozobra y terror se apoderaron gradualmente de los ánimos. Desde las puertas de sus casas, las mujeres contemplaban la lóbrega escena; los hombres volvían de las faenas del campo; el carpintero dejaba las herramientas, el herrero la fragua, el comerciante el mostrador. Los niños fueron despedidos de las escuelas y huyeron a sus casas llenos de miedo. Los caminantes hacían alto en la primera casa que encontraban. ¿Qué va a pasar? preguntaban todos. No parecía sino que un huracán fuera a desatarse por toda la región, o que el día del juicio estuviera inminente.

“Hubo que prender velas, y la lumbre del hogar brillaba como en noche de otoño sin luna [...]. Las aves se recogieron en sus gallineros, el ganado se juntó en sus encierros, las ranas cantaron, los pájaros entonaron sus melodías del anochecer, y los murciélagos se pusieron a revolotear. Solo el hombre sabía que no había llegado la noche [...].

“El Dr. N. Whittaker, pastor de la Iglesia del Tabernáculo, en Salem, dirigió cultos en la sala de reuniones, y predicó un sermón en el cual sostuvo que la oscuridad era sobrenatural. Otras congregaciones también se reunieron en otros puntos. En todos los casos, los textos de los sermones improvisados fueron los que parecían indicar que la oscuridad concordaba con la profecía bíblica [...]. La oscuridad alcanzó su mayor densidad poco después de las once” (The Essex Antiquarian, abril de 1899, tomo 3, no 4, pp. 53, 54). “En la mayor parte del país fue tanta la oscuridad durante el día, que la gente no podía decir qué hora era ni por el reloj de bolsillo ni por el de pared. Tampoco pudo comer, ni atender a los quehaceres de casa sin vela prendida”.

La extensión de esta oscuridad fue también muy notable. Se la observó al este hasta Falmouth, y al oeste, hasta la parte más lejana del estado de Connecticut y en la ciudad de Albany; hacia el sur fue observada a lo largo de toda la costa, y por el norte lo fue hasta donde se extendían las colonias americanas” (William Gordon, History of the Rise, Progress, and Establishment of the Independence of the USA, tomo 3, p. 57).

La profunda oscuridad del día fue seguida, una o dos horas antes de la caída de la tarde, por un aclaramiento parcial del cielo, pues

apareció el sol, aunque oscurecido por una neblina negra y densa. “Después de la puesta del sol, las nubes volvieron a apiñarse y oscureció muy pronto”. “La oscuridad de la noche no fue menos extraordinaria y terrorífica que la del día, pues no obstante ser casi tiempo de luna llena, ningún objeto se distinguía sin la ayuda de luz artificial, la cual vista de las casas vecinas u otros lugares distantes parecía pasar por una oscuridad como la de Egipto, casi impenetrable para sus rayos” (Isaiah Thomas, Massachusetts Spy; or American Oracle of Liberty, 25 de mayo, 1780, tomo 9, no 472). Un testigo ocular de la escena dice: “No pude sustraerme, en aquel momento, a la idea de que si todos los cuerpos luminosos del universo hubiesen quedado envueltos en impenetrable oscuridad, o hubiesen dejado de existir, las tinieblas no habrían podido ser más intensas” (Carta del Dr. S. Tenney, de Exeter, N. H., diciembre de 1785, Massachusetts Historical Society Collections, 1792, serie 1, tomo 1, p. 97). Aunque la luna llegó aquella noche a su plenitud, “no logró en lo más mínimo disipar las sombras sepulcrales”. Después de media noche desapareció la oscuridad, y cuando la luna volvió a verse, parecía de sangre.

El 19 de mayo de 1780 figura en la historia como “el día oscuro”. Desde el tiempo de Moisés, no se ha registrado jamás período alguno de oscuridad tan densa y de igual extensión y duración. La descripción de este acontecimiento que han hecho los historiadores no es más que un eco de las palabras del Señor, expresadas por el profeta Joel, dos mil quinientos años antes de su cumplimiento: “El sol se tornará en tinieblas, y la luna en sangre, antes de que venga el día grande y espantoso de Jehová”. Joel 2:31.

Cristo había mandado a sus discípulos que se fijasen en las señales de su advenimiento, y que se alegrasen cuando viesen las pruebas de que se acercaba. “Cuando estas cosas comenzaren a hacerse—dijo—, mirad, y levantad vuestras cabezas, por que vuestra redención está cerca”. Llamó la atención de sus discípulos a los árboles a punto de brotar en primavera, y dijo: “Cuando ya brotan, viéndolo, de vosotros mismos entendéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando viereis hacerse estas cosas, entended que está cerca el reino de Dios”. Lucas 21:28, 30, 31.

Pero a medida que el espíritu de humildad y piedad fue reemplazado en la iglesia por el orgullo y formalismo, se enfriaron el amor a Cristo y la fe en su venida. Absorbido por la mundanalidad y la búsqueda de placeres, el profeso pueblo de Dios fue quedando

ciego y no vio las instrucciones del Señor referentes a las señales de su venida. La doctrina del segundo advenimiento había sido descuidada; los pasajes de las Sagradas Escrituras que a ella se refieren fueron oscurecidos por falsas interpretaciones, hasta quedar ignorados y olvidados casi por completo. Tal fue el caso especialmente en las iglesias de los Estados Unidos de Norteamérica. La libertad y comodidad de que gozaban todas las clases de la sociedad, el deseo ambicioso de riquezas y lujo, que creaba una atención exclusiva a juntar dinero, la ardiente persecución de la popularidad y del poder, que parecían estar al alcance de todos, indujeron a los hombres a concentrar sus intereses y esperanzas en las cosas de esta vida, y a posponer para el lejano porvenir aquel solemne día en que el presente estado de cosas habrá de acabar.

Cuando el Salvador dirigió la atención de sus discípulos hacia las señales de su regreso, predijo el estado de apostasía que existiría precisamente antes de su segundo advenimiento. Habría, como en los días de Noé, actividad febril en los negocios mundanos y sed de placeres, y los seres humanos iban a comprar, vender, sembrar, edificar, casarse y darse en matrimonio, olvidándose entre tanto de Dios y de la vida futura. La amonestación de Cristo para los que vivieran en aquel tiempo es: “Mirad, pues, por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones sean entorpecidos con la glotonería, y la embriaguez, y los cuidados de esta vida, y así os sobrevenga de improviso aquel día”. “Velad, pues, en todo tiempo, y orad, a fin de que logréis evitar todas estas cosas que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del hombre”. Lucas 21:34, 36 (VM).

La condición en que se hallaría entonces la iglesia está descrita en las palabras del Salvador en el Apocalipsis: “Tienes nombre que vives, y estás muerto”. Y a los que no quieren dejar su indolente descuido, se les dirige el solemne aviso: “Si no velares, vendré a ti como ladrón, y no sabrás en qué hora vendré a ti”. Apocalipsis 3:1, 3.

Era necesario despertar a los hombres y hacerles sentir su peligro para inducirlos a que se preparasen para los solemnes acontecimientos relacionados con el fin del tiempo de gracia. El profeta de Dios declara: “Grande es el día de Jehová, y muy terrible: ¿quién lo podrá sufrir?”. Joel 2:11. ¿Quién soportará la aparición de Aquel de quien está escrito: “Tú eres de ojos demasiado puros para mirar el mal, ni puedes contemplar la iniquidad”? Habacuc 1:13 (VM). Para los que claman: “Dios mío, te hemos conocido”, y sin embargo han quebrantado su pacto y se

apresuraron tras otro dios, encubriendo la iniquidad en sus corazones y amando las sendas del pecado, para los tales “será el día de Jehová tinieblas, y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor”. Oseas 8:2, 1; Salmos 16:4; Amós 5:20. “Sucederá en aquel tiempo—dice el Señor—que yo registraré a Jerusalén con lámparas, y castigaré a los hombres que, como vino, están asentados sobre sus heces; los cuales dicen en su corazón: ¡Jehová no hará bien, ni tampoco hará mal!” “Castigaré el mundo por su maldad, y los impíos por su iniquidad; y acabaré con la arrogancia de los presumidos, y humillaré la altivez de los terribles”. “No podrá librarlos su plata ni su oro”; “y sus riquezas vendrán a ser despojo, y sus casas una desolación”. Sofonías 1:12, 18, 13; Isaías 13:11 (VM).

El profeta Jeremías mirando hacia lo por venir, hacia aquel tiempo terrible, exclamó: “¡Se conmueve mi corazón; no puede estarse quieto, por cuanto has oído, oh alma mía, el sonido de la trompeta y la alarma de guerra! ¡Destrucción sobre destrucción es anunciada!” Jeremías 4:19, 20 (VM).

“Día de ira es aquel día; día de apretura y de angustia, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de espesa oscuridad, día de nubes y densas tinieblas; día de trompeta y de grito de guerra”. “He aquí que viene el día de Jehová, [...] para convertir la tierra en desolación, y para destruir de en medio de ella sus pecadores”. Sofonías 1:15, 16; Isaías 13:9 (VM).

Ante la perspectiva de aquel gran día, la Palabra de Dios exhorta a su pueblo del modo más solemne y expresivo a que despierte de su letargo espiritual, y a que busque su faz con arrepentimiento y humillación: “¡Tocad trompeta en Sión, y sonad alarma en mi santo monte!, ¡tiemblen todos los moradores de la tierra!, porque viene el día de Jehová, porque está ya cercano”. “¡Proclamad riguroso ayuno! ¡Convocad asamblea solemnísima! ¡Reunid al pueblo! ¡Proclamad una convocación obligatoria! ¡Congregad a los ancianos! ¡Juntad a los muchachos! [...] ¡Salga el novio de su recámara, y la novia de su tálamo! Entre el pórtico y el altar, lloren los sacerdotes, ministros de Jehová”. “Volveos a mí de todo vuestro corazón; con ayuno también, y con llanto, y con lamentos; rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y volveos a Jehová vuestro Dios; porque él es clemente y compasivo, lento en iras y grande en misericordia”. Joel 2:1, 15-17, 12, 13 (VM).

Una gran obra de reforma debía realizarse para preparar a un pueblo que pudiese subsistir en el día de Dios. El Señor vio que

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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