Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 256
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 300-304
iglesia de Roma. Había inducido a los cristianos a que se aliasen, no con los paganos, sino con aquellos que por su devoción a las cosas de este mundo demostraban ser tan idólatras como los mismos adoradores de imágenes. Y los resultados de esta unión no fueron menos perniciosos entonces que en épocas anteriores; el orgullo y el despilfarro fueron fomentados bajo el disfraz de la religión, y se corrompieron las iglesias. Satanás siguió pervirtiendo las doctrinas de la Biblia, y empezaron a echar profundas raíces las tradiciones que iban a perder a millones de almas. La iglesia amparaba y defendía estas tradiciones, en lugar de defender “la fe que una vez fue entregada a los santos”. Así se degradaron los principios que los reformadores sustentaron y por los cuales sufrieran tanto.
Capítulo 18—Heraldos de una nueva era
Una de las verdades más solemnes y más gloriosas que revela la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar la gran obra de la redención. Al pueblo peregrino de Dios, que por tanto tiempo hubo de morar “en región y sombra de muerte”, le es dada una valiosa esperanza inspiradora de alegría con la promesa de la venida de Aquel que es “la resurrección y la vida” para hacer “volver a su propio desterrado”. La doctrina del segundo advenimiento es verdaderamente la nota tónica de las Sagradas Escrituras. Desde el día en que la primera pareja se alejara apesadumbrada del Edén, los hijos de la fe han esperado la venida del Prometido que había de aniquilar el poder destructor de Satanás y volverlos a llevar al paraíso perdido. Hubo santos desde los antiguos tiempos que miraban hacia el tiempo del advenimiento glorioso del Mesías como hacia la consumación de sus esperanzas. Enoc, que se
contó entre la séptima generación descendiente de los que moraran en el Edén y que por tres siglos anduvo con Dios en la tierra, pudo contemplar desde lejos la venida del Libertador. “He aquí que viene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos”. Judas 14, 15 (VM). El patriarca Job, en la lobreguez de su aflicción, exclamaba con confianza inquebrantable: “Pues yo sé que mi Redentor vive, y que en lo venidero ha de levantarse sobre la tierra; [...] aun desde mi carne he de ver a Dios; a quien yo tengo de ver por mí mismo, y mis ojos le mirarán; y ya no como a un extraño”. Job 19:25-27 (VM).
La venida de Cristo que ha de inaugurar el reino de la justicia, ha inspirado los más sublimes y conmovedores acentos de los escritores sagrados. Los poetas y profetas de la Biblia hablaron de ella con ardientes palabras de fuego celestial. El salmista cantó el poder y la majestad del Rey de Israel: “¡Desde Sión, perfección de la hermosura, ha resplandecido Dios! Vendrá nuestro Dios, y no guardará silencio [...]. Convocará a los altos cielos, y a la tierra, para juzgar a su pueblo”. “Alégrense los cielos, y gócese la tierra [...] delante de Jehová; porque viene, sí, porque viene a juzgar la tierra. ¡Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad!” Salmos 50:2-4; 96:11-13 (VM).
El profeta Isaías dice: “¡Despertad, y cantad, vosotros que moráis en el polvo! porque como el rocío de hierbas es tu rocío, y la tierra echará fuera los muertos”. “¡Vivirán tus muertos; los cadáveres de mi pueblo se levantarán!” “¡Tragado ha a la muerte para siempre; y Jehová el Señor enjugará las lágrimas de sobre todas las caras, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra! porque Jehová así lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: ¡He aquí, este es nuestro Dios; le hemos esperado, y él nos salvará! ¡este es Jehová, le hemos esperado; estaremos alegres, y nos regocijaremos en su salvación!” Isaías 26:19; 25:8, 9 (VM).
Habacuc también, arrobado en santa visión, vio la venida de Cristo. “¡Viene Dios desde Temán, y el Santo desde el monte Parán: su gloria cubre los cielos, y la tierra se llena de su alabanza! También su resplandor es como el fuego”. “¡Se para y mide la tierra! ¡echa una mirada, y hace estremecer a las naciones! se esparcen también como polvo las montañas sempiternas, se hunden los collados eternos; ¡suyos son los senderos de la eternidad!” “Para que cabalgues sobre tus caballos, sobre tus carros de salvación”.
“¡Te ven las montañas, y se retuercen en angustia: [...] el abismo da su voz y levanta en alto sus manos! ¡El sol y la luna se paran en sus moradas! a la luz de sus flechas pasan adelante, al brillo de su relumbrante lanza”. “Sales para la salvación de tu pueblo, para la salvación de tu ungido”. Habacuc 3:3-13 (VM).
Cuando el Señor estuvo a punto de separarse de sus discípulos, los consoló en su aflicción asegurándoles que volvería: “¡No se turbe vuestro corazón! [...] En la casa de mi Padre muchas moradas hay; [...] voy a prepararos el lugar. Y si yo fuere y os preparare el lugar, vendré otra vez, y os recibiré conmigo”. “Cuando el Hijo del hombre vendrá en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y delante de él serán juntadas todas las naciones”. Juan 14:1-3; Mateo 25:31, 32 (VM).
Los ángeles que estuvieron en el Monte de los Olivos después de la ascensión de Cristo, repitieron a los discípulos la promesa de volver que él les hiciera: “Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros arriba al cielo, así vendrá del mismo modo que le habéis visto ir al cielo”. Y el apóstol Pablo, hablando por inspiración, asegura: “El Señor mismo descenderá del cielo con mandato soberano, con la voz del arcángel y con trompeta de Dios”. El profeta de Patmos dice: “¡He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá!” Hechos 1:11; 1 Tesalonicenses 4:16; Apocalipsis 1:7 (VM).
En torno de su venida se agrupan las glorias de “la restauración de todas las cosas, de la cual habló Dios por boca de sus santos profetas, que ha habido desde la antigüedad”. Entonces será quebrantado el poder del mal que tanto tiempo duró; “¡el reino del mundo” vendrá “a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará para siempre jamás!” “¡Será manifestada la gloria de Jehová, y la verá toda carne juntamente!” “Jehová hará crecer justicia y alabanza en presencia de todas las naciones”. Él “será corona de gloria y diadema de hermosura para el resto de su pueblo”. Hechos 3:21; Apocalipsis 11:15; Isaías 40:5; 61:11; 28:5 (VM).
Entonces el reino de paz del Mesías esperado por tan largo tiempo, será establecido por toda la tierra. “Jehová ha consolado a Sión, ha consolado todas sus desolaciones; y ha convertido su desierto en un Edén, y su soledad en jardín de Jehová”. “La gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón”. “Ya no serás llamada Azuba [dejada], y tu tierra en adelante no será llamada Asolamiento; sino que serás llamada Héfzi-ba [mi deleite en
ella], y tu tierra, Beúla [casada]”. “De la manera que el novio se regocija sobre la novia, así tu Dios se regocijará sobre ti”. Isaías 51:3; 35:2; 62:4, 5 (VM).
La venida del Señor ha sido en todo tiempo la esperanza de sus verdaderos discípulos. La promesa que hizo el Salvador al despedirse en el Monte de los Olivos, de que volvería, iluminó el porvenir para sus discípulos al llenar sus corazones de una alegría y una esperanza que las penas no podían apagar ni las pruebas disminuir. Entre los sufrimientos y las persecuciones, “el aparecimiento en gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” era la “esperanza bienaventurada”. Cuando los cristianos de Tesalónica, agobiados por el dolor, enterraban a sus amados que habían esperado vivir hasta ser testigos de la venida del Señor, Pablo, su maestro, les recordaba la resurrección, que había de verificarse cuando viniese el Señor. Entonces los que hubiesen muerto en Cristo resucitarían, y juntamente con los vivos serían arrebatados para recibir a Cristo en el aire. “Y así—dijo—estaremos siempre con el Señor. Consolaos pues los unos a los otros con estas palabras”. 1 Tesalonicenses 4:16-18 (VM).
En la peñascosa isla de Patmos, el discípulo amado oyó la promesa: “Ciertamente, vengo en breve”. Y su anhelante respuesta expresa la oración que la iglesia exhaló durante toda su peregrinación: “¡Ven, Señor Jesús!” Apocalipsis 22:20.
Desde la cárcel, la hoguera y el patíbulo, donde los santos y los mártires dieron testimonio de la verdad, llega hasta nosotros a través de los siglos la expresión de su fe y esperanza. Estando “seguros de la resurrección personal de Cristo, y, por consiguiente, de la suya propia, a la venida de Aquel—como dice uno de estos cristianos—, ellos despreciaban la muerte y la superaban”. Daniel T. Taylor, The Reign of Christ on Earth; or, The Voice of the Church in all ages, 33. Estaban dispuestos a bajar a la tumba, a fin de que pudiesen “resucitar libertados”. Esperaban al “Señor que debía venir del cielo entre las nubes con la gloria de su Padre”, “trayendo para los justos el reino eterno”. Los valdenses acariciaban la misma fe. Wiclef aguardaba la aparición del Redentor como la esperanza de la iglesia. Ibíd., 54, 129-134.
Lutero declaró: “Estoy verdaderamente convencido de que el día del juicio no tardará más de trescientos años. Dios no quiere ni puede sufrir por más tiempo a este mundo malvado”. “Se acerca el gran día en que el reino de las abominaciones será derrocado”. Ibíd., 158, 134.
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White