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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 250-254

que jamás conociera hasta entonces. Suecia vino a ser uno de los baluartes del protestantismo. Un siglo más tarde, en tiempo de peligro inminente, esta pequeña y hasta entonces débil nación—la única en Europa que se atrevió a prestar su ayuda—intervino en auxilio de Alemania en el terrible conflicto de la guerra de treinta años. Toda la Europa del norte parecía estar a punto de caer otra vez bajo la tiranía de Roma. Fueron los ejércitos de Suecia los que habilitaron a Alemania para rechazar la ola romanista y asegurar tolerancia para los protestantes—calvinistas y luteranos—, y para devolver la libertad de conciencia a los pueblos que habían aceptado la Reforma.

Capítulo 15—La verdad progresa en Inglaterra

Al mismo tiempo que Lutero daba la Biblia al pueblo de Alemania, Tyndale era impulsado por el Espíritu de Dios a hacer otro tanto para Inglaterra. La Biblia de Wiclef había sido traducida del texto latino, que contenía muchos errores. No había sido impresa, y el costo de las copias manuscritas era tan crecido que, fuera de los ricos y de los nobles, pocos eran los que podían proporcionárselas, y como, además, la iglesia las proscribía terminantemente, solo alcanzaban una circulación muy escasa. En el año 1516, o sea un año antes de que aparecieran las tesis de Lutero, había publicado Erasmo su versión greco - latina del Nuevo Testamento. Era esta la primera vez que la Palabra de Dios se imprimía en el idioma original. En esta obra fueron corregidos muchos de los errores de que adolecían las versiones más antiguas, y el sentido de la Escritura era expresado con más claridad. Comunicó a muchos representantes de

las clases educadas un conocimiento mejor de la verdad, y dio poderoso impulso a la obra de la Reforma. Pero en su gran mayoría el vulgo permanecía apartado de la Palabra de Dios. Tyndale iba a completar la obra de Wiclef al dar a sus compatriotas la Biblia en su propio idioma.

Muy dedicado al estudio y sincero investigador de la verdad, había recibido el evangelio por medio del Testamento griego de Erasmo. Exponía sus convicciones sin temor alguno e insistía en que todas las doctrinas tienen que ser probadas por las Santas Escrituras. Al aserto papista de que la iglesia había dado la Biblia y de que solo la iglesia podía explicarla, contestaba Tyndale: “¿Sabéis quién enseñó a las águilas a buscarse su presa? Ese mismo Dios es el que enseña a sus hijos hambrientos a encontrar a su Padre en su Palabra. Lejos de habernos dado vosotros las Santas Escrituras, las habéis escondido de nuestra vista, y sois vosotros los que quemáis a los que las escudriñan; y, si pudierais, quemaríais también las mismas Escrituras” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation du seizième siècle, lib. 18, cap. 4).

La predicación de Tyndale despertó mucho interés y numerosas personas aceptaron la verdad. Pero los sacerdotes andaban alerta y no bien se hubo alejado del campo de sus trabajos cuando ellos, valiéndose de amenazas y de engaños, se esforzaron en destruir su obra, y con éxito muchas veces. “¡Ay!—decía él—, ¿qué hacer? Mientras que yo siembro en un punto, el enemigo destruye lo que dejé sembrado en otro. No me es posible estar a la vez en todas partes. ¡Oh! si los cristianos poseyesen la Biblia en su propio idioma serían capaces de resistir a estos sofistas. Sin las Santas Escrituras, es imposible confirmar a los legos en la verdad” (ibíd.).

Un nuevo propósito surgió entonces en su mente. “Era en la lengua de Israel—decía—en que se cantaban los salmos en el templo de Jehová; y ¿no resonará el evangelio entre nosotros en la lengua de Inglaterra? [...] ¿Será posible que la iglesia tenga menos luz a mediodía que al alba? [...] Los cristianos deben leer el Nuevo Testamento en su lengua materna”. Los doctores y maestros de la iglesia estaban en desacuerdo. Solamente por la Biblia podían los hombres llegar a la verdad. “Uno sostiene a este doctor, otro a aquel [...] y cada escritor contradice a los demás [...]. ¿De qué manera puede uno saber quién dice la verdad y quién enseña el error? [...] ¿Cómo? [...] En verdad, ello es posible solamente por medio de la Palabra de Dios” (ibíd.).

Fue poco después cuando un sabio doctor papista que sostenía con él una acalorada controversia, exclamó: “Mejor seria para nosotros estar sin la ley de Dios que sin la del papa”. Tyndale repuso: “Yo desafío al papa y todas sus leyes; y si Dios me guarda con vida, no pasarán muchos años sin que haga yo que un muchacho que trabaje en el arado sepa de las Santas Escrituras más que vos”. Anderson, Annals of the English Bible, 19.

Así confirmado su propósito de dar a su pueblo el Nuevo Testamento en su propia lengua, Tyndale puso inmediatamente manos a la obra. Echado de su casa por la persecución, se fue a Londres y allí, por algún tiempo, prosiguió sus labores sin interrupción. Pero al fin la saña de los papistas le obligó a huir. Toda Inglaterra parecía cerrársele y resolvió buscar refugio en Alemania. Allí dio principio a la publicación del Nuevo Testamento en inglés. Dos veces su trabajo fue suspendido; pero cuando le prohibían imprimirlo en una ciudad, se iba a otra. Finalmente se dirigió a Worms, donde unos cuantos años antes, Lutero había defendido el evangelio ante la dieta. En aquella antigua ciudad había muchos amigos de la Reforma, y allí prosiguió Tyndale sus trabajos sin más trabas. Pronto salieron de la imprenta tres mil ejemplares del Nuevo Testamento, y en el mismo año se hizo otra edición.

Con gran concentración de espíritu y perseverancia prosiguió sus trabajos. A pesar de la vigilancia con que las autoridades de Inglaterra guardaban los puertos, la Palabra de Dios llegó de varios modos a Londres y de allí circuló por todo el país. Los papistas trataron de suprimir la verdad, pero en vano. El obispo de Durham compró de una sola vez a un librero amigo de Tyndale todo el surtido de Biblias que tenía, para destruirlas, suponiendo que de esta manera estorbaría en algo la circulación de las Escrituras; pero, por el contrario, el dinero así conseguido, fue suficiente para hacer una edición nueva y más elegante, que: de otro modo no hubiera podido publicarse. Cuando Tyndale fue aprehendido posteriormente, le ofrecieron la libertad a condición de que revelase los nombres de los que le habían ayudado a sufragar los gastos de impresión de sus Biblias. Él contestó que el obispo de Durham le había ayudado más que nadie, porque al pagar una gran suma por las Biblias que había en existencia, le había ayudado eficazmente para seguir adelante con valor.

La traición entregó a Tyndale a sus enemigos, y quedó preso por mucho meses. Finalmente dio testimonio de su fe por el martirio,

pero las armas que él había preparado sirvieron para ayudar a otros soldados a seguir batallando a través de los siglos hasta el día de hoy.

Látimer sostuvo desde el púlpito que la Biblia debía ser leída en el lenguaje popular. El Autor de las Santas Escrituras, decía él, “es Dios mismo”, y ellas participan del poder y de la eternidad de su Autor. “No hay rey, ni emperador, ni magistrado, ni gobernador [...] que no esté obligado a obedecer [...] su santa Palabra”. “Cuidémonos de las sendas laterales y sigamos el camino recto de la Palabra de Dios. No andemos como andaban [...] nuestros padres, ni tratemos de saber lo que hicieron sino lo que hubieran debido hacer” (H. Látimer, First Sermon Preached before King Edward VI).

Barnes y Frith, fieles amigos de Tyndale, se levantaron en defensa de la verdad. Siguieron después Cranmer y los Ridley. Estos caudillos de la Reforma inglesa eran hombres instruidos, y casi todos habían sido muy estimados por su fervor y su piedad cuando estuvieron en la comunión de la iglesia romana. Su oposición al papado fue resultado del conocimiento que tuvieron de los errores de la “santa sede”. Por estar familiarizados con los misterios de Babilonia, tuvieron más poder para alegar contra ella.

“Ahora voy a hacer una pregunta peregrina—decía Látimer—, ¿sabéis cuál es el obispo y prelado más diligente de toda Inglaterra? [...] Veo que escucháis y que deseáis conocerle [...]. Pues, os diré quién es. Es el diablo [...]. Nunca está fuera de su diócesis; [...] id a verle cuando queráis, siempre está en casa; [...] siempre está con la mano en el arado [...]. Os aseguro que nunca lo encontraréis ocioso. En donde el diablo vive, [...] abajo los libros, vivan los cirios; mueran las Biblias y vivan los rosarios; abajo la luz del evangelio y viva la de los cirios, aun a mediodía; [...] afuera con la cruz de Cristo y vivan los rateros del purgatorio; [...] nada de vestir a los desnudos, a los pobres, los desamparados, y vamos adornando imágenes y ataviando alegremente piedras y palos; arriba las tradiciones y leyes humanas, abajo Dios y su santísima Palabra [...]. ¡Mal haya que no sean nuestros prelados tan diligentes en sembrar buenas doctrinas como Satanás lo es para sembrar abrojos y cizaña!” (ibíd., “Sermon of the Plough”).

El gran principio que sostenían estos reformadores—el mismo que sustentaron los valdenses, Wiclef, Juan Hus, Lutero, Zuinglio y los que se unieron a ellos—era la infalible autoridad de las Santas Escrituras como regla de fe y práctica. Negaban a los papas,

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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