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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 157-160

Capítulo 9—Se enciende una luz en Suiza

En la elección de los instrumentos que sirvieron para reformar la iglesia se nota el mismo plan divino que en la de quienes la establecieron. El Maestro celestial pasó por alto a los grandes de la tierra, a los hombres que gozaban de reputación y de riquezas, y estaban acostumbrados a recibir alabanzas y homenajes como caudillos del pueblo. Eran tan orgullosos y tenían tanta confianza en la superioridad de que se jactaban, que no hubieran podido amoldarse a simpatizar con sus semejantes ni convertirse en colaboradores del humilde Nazareno. Fue a los indoctos y rudos pescadores de Galilea a quienes dirigió él su llamamiento: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”. Mateo 4:19. Estos sí que eran humildes y dóciles. Cuanto menos habían sentido la influencia de las falsas doctrinas de su tiempo, tanto más fácil era para Cristo instruirlos y educarlos para su servicio. Otro tanto sucedió cuando la Reforma. Los principales

reformadores eran hombres de humilde condición y más ajenos que sus coetáneos a todo sentimiento de orgullo de casta así como a la influencia del fanatismo clerical. El plan de Dios es valerse de instrumentos humildes para la realización de grandes fines. La gloria no se tributa entonces a los hombres, sino a Aquel que obra por medio de ellos el querer y el hacer según su buena voluntad.

Pocas semanas después que naciera Lutero en la cabaña de un minero de Sajonia, nació Ulrico Zuinglio, en la choza de un pastor de los Alpes. Las circunstancias de que Zuinglio se vio rodeado en su niñez y su primera educación contribuyeron a prepararlo para su futura misión. Criado entre bellezas naturales imponentes, quedó desde temprano impresionado por el sentimiento de la inmensidad, el poder y la majestad de Dios. La historia de las hazañas que tuvieran por teatro sus montes natales inflamó las aspiraciones de su juventud. Junto a su piadosa abuela oyó los pocos relatos bíblicos que ella espigara entre las leyendas y tradiciones de la iglesia. Con verdadero interés oía él hablar de los grandes hechos de los patriarcas y de los profetas, de los pastores que velaban sobre sus ganados en los cerros de Palestina donde los ángeles les hablaron del Niño de Belén y del Hombre del Calvario.

Lo mismo que Juan Lutero, el padre de Zuinglio deseaba dar educación a su hijo, para lo cual dejó este su valle natal en temprana edad. Su espíritu se desarrolló pronto, y resultó difícil saber dónde podrían hallarle profesores competentes. A los trece años fue a Berna, que poseía entonces la mejor escuela de Suiza. Sin embargo, surgió un peligro que amenazaba dar en tierra con lo que de él se esperaba. Los frailes hicieron esfuerzos muy resueltos para seducirlo a que entrara en un convento. Los monjes franciscanos y los dominicos rivalizaban por ganarse el favor del pueblo, y al efecto se esmeraban a porfía en el adorno de los templos, en la pompa de las ceremonias y en lo atractivo de las reliquias y de las imágenes milagrosas.

Los dominicos de Berna vieron que si les fuera posible ganar a un joven de tanto talento obtendrían ganancias y honra. Su tierna juventud, sus dotes de orador y escritor, y su genio musical y poético, serían de más efecto que la pompa y el fausto desplegados en los servicios, para atraer al pueblo y aumentar las rentas de su orden. Valiéndose de engaños y lisonjas, intentaron inducir a Zuinglio a que entrara en su convento. Cuando Lutero era estudiante se encerró voluntariamente en una celda y se habría perdido para el

mundo si la providencia de Dios no le hubiera libertado. No se le dejó a Zuinglio correr el mismo riesgo. Supo providencialmente su padre cuáles eran los designios de los frailes, y como no tenía intención de que su hijo siguiera la vida indigna y holgazana de los monjes, vio que su utilidad para el porvenir estaba en inminente peligro, y le ordenó que regresara a su casa sin demora.

El mandato fue obedecido; pero el joven no podía sentirse contento por mucho tiempo en su valle natal, y pronto volvió a sus estudios, yéndose a establecer después de algún tiempo en Basilea. En esta ciudad fue donde Zuinglio oyó por primera vez el evangelio de la gracia de Dios. Wittenbach, profesor de idiomas antiguos, había sido llevado, en su estudio del griego y del hebreo, al conocimiento de las Sagradas Escrituras, y por su medio la luz divina esparcía sus rayos en las mentes de los estudiantes que recibían de él enseñanza. Declaraba el catedrático que había una verdad más antigua y de valor infinitamente más grande que las teorías enseñadas por los filósofos y los escolásticos. Esta antigua verdad consistía en que la muerte de Cristo era el único rescate del pecador. Estas palabras fueron para Zuinglio como el primer rayo de luz que alumbra al amanecer.

Pronto fue llamado Zuinglio de Basilea, para entrar en la que iba a ser la obra de su vida. Su primer campo de acción fue una parroquia alpina no muy distante de su valle natal. Habiendo recibido las órdenes sacerdotales, “se aplicó con ardor a investigar la verdad divina; porque estaba bien enterado—dice un reformador de su tiempo—de cuánto deben saber aquellos a quienes les está confiado el cuidado del rebaño del Señor” (Wylie, lib. 8, cap. 5). A medida que escudriñaba las Escrituras, más claro le resultaba el contraste entre las verdades en ellas encerradas y las herejías de Roma. Se sometía a la Biblia y la reconocía como la Palabra de Dios y única regla suficiente e infalible. Veía que ella debía ser su propio intérprete. No se atrevía a tratar de explicar las Sagradas Escrituras para sostener una teoría o doctrina preconcebida, sino que consideraba su deber aprender lo que ellas enseñan directamente y de un modo evidente. Procuraba valerse de toda ayuda posible para obtener un conocimiento correcto y pleno de sus enseñanzas, e invocaba al Espíritu Santo, el cual, declaraba él, quería revelar la verdad a todos los que la investigasen con sinceridad y en oración.

“Las Escrituras—decía Zuinglio—vienen de Dios, no del hombre. Y ese mismo Dios que brilla en ellas te dará a entender que las

palabras son de Dios. La Palabra de Dios [...] no puede errar. Es brillante, se explica a sí misma, se descubre, ilumina el alma con toda salvación y gracia, la consuela en Dios, y la humilla hasta que se anonada, se niega a sí misma, y se acoge a Dios”. Zuinglio mismo había experimentado la verdad de estas palabras. Hablando de ello, escribió lo siguiente: “Cuando [...] comencé a consagrarme enteramente a las Sagradas Escrituras, la filosofía y la teología [escolástica] me suscitaban objeciones sin número, y al fin resolví dejar a un lado todas estas quimeras y aprender las enseñanzas de Dios en toda su pureza, tomándolas de su preciosa Palabra. Desde entonces pedí a Dios luz y las Escrituras llegaron a ser mucho más claras para mí” (ibíd., cap. 6).

Zuinglio no había recibido de Lutero la doctrina que predicaba. Era la doctrina de Cristo. “Si Lutero predica a Jesucristo—decía el reformador suizo—hace lo que yo hago. Los que por su medio han llegado al conocimiento de Jesucristo son más que los conducidos por mí. Pero no importa. Yo no quiero llevar otro nombre que el de Jesucristo, de quien soy soldado, y no reconozco otro jefe. No he escrito una sola palabra a Lutero, ni Lutero a mí. Y ¿por qué? [...] Pues para que se viese de qué modo el Espíritu de Dios está de acuerdo consigo mismo, ya que, sin acuerdo previo, enseñamos con tanta uniformidad la doctrina de Jesucristo” (D’Aubigné, lib. 8, cap. 9).

En 1516 fue llamado Zuinglio a predicar regularmente en el convento de Einsiedeln, donde iba a ver más de cerca las corrupciones de Roma y donde iba a ejercer como reformador una influencia que se dejaría sentir más allá de sus Alpes natales. Entre los principales atractivos de Einsiedeln había una virgen de la que se decía que estaba dotada del poder de hacer milagros. Sobre la puerta de la abadía estaba grabada esta inscripción: “Aquí se consigue plena remisión de todos los pecados” (ibíd., cap. 5). En todo tiempo acudían peregrinos a visitar el santuario de la virgen, pero en el día de la gran fiesta anual de su consagración venían multitudes de toda Suiza y hasta de Francia y Alemania. Zuinglio, muy afligido al ver estas cosas, aprovechó la oportunidad para proclamar la libertad por medio del evangelio a aquellas almas esclavas de la superstición.

“No penséis—decía—que Dios esté en este templo de un modo más especial que en cualquier otro lugar de la creación. Sea la que fuere la comarca que vosotros habitáis, Dios os rodea y os oye [...]. ¿Será acaso con obras muertas, largas peregrinaciones, ofrendas, imágenes, la invocación de la virgen o de los santos, con lo que

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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