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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 154-156

Después de su partida, deseoso aún de manifestar que su firmeza no había que tomarla por rebelión, escribió Lutero al emperador, diciendo entre otras cosas: “Dios, que es el que lee en el interior de los corazones, me es testigo de que estoy pronto a obedecer con diligencia a vuestra majestad, así en lo próspero como en lo adverso; ya por la vida, ya por la muerte; exceptuando solo la Palabra de Dios por la que el hombre existe. En todas las cosas relativas al tiempo presente, mi fidelidad será perenne, puesto que en la tierra ganar o perder son cosas indiferentes a la salvación. Pero Dios prohibe que en las cosas concernientes a los bienes eternos, el hombre se someta al hombre. En el mundo espiritual la sumisión es un culto verdadero que no debe rendirse sino al Creador” (ibíd.).

En su viaje de regreso fue recibido en los pueblos del tránsito con más agasajos que los que se le tributaran al ir a Worms. Príncipes de la iglesia daban la bienvenida al excomulgado monje, y gobernantes civiles tributaban honores al hombre a quien el monarca había despreciado. Se le instó a que predicase, y a despecho de la prohibición imperial volvió a ocupar el púlpito. Dijo: “Nunca me comprometí a encadenar la Palabra de Dios, y nunca lo haré”. Martyn 1:420.

No hacía mucho que el reformador dejara a Worms cuando los papistas consiguieron que el emperador expidiera contra él un edicto en el cual se le denunciaba como “el mismo Satanás bajo la figura humana y envuelto con hábito de fraile” (D’Aubigné, lib. 7, cap. II). Se ordenaba que tan pronto como dejara de ser valedero su salvoconducto, se tomaran medidas para detener su obra. Se prohibía guarecerle, suministrarle alimento, bebida o socorro alguno, con obras o palabras, en público o en privado. Debía apresársele en cualquier parte donde se le hallara y entregársele a las autoridades. Sus adeptos debían ser encarcelados también y sus bienes confiscados. Los escritos todos de Lutero debían ser destruidos y, finalmente, cualquiera que osara obrar en contradicción con el decreto quedaba incluido en las condenaciones del mismo. El elector de Sajonia y los príncipes más adictos a Lutero habían salido ya de Worms, y el decreto del emperador recibió la sanción de la dieta. Los romanistas no cabían de gozo. Consideraban que la suerte de la Reforma estaba ya sellada.

Pero Dios había provisto un medio de escape para su siervo en aquella hora de peligro. Un ojo vigilante había seguido los movimientos de Lutero y un corazón sincero y noble se había resuelto a

ponerle a salvo. Fácil era echar de ver que Roma no había de quedar satisfecha sino con la muerte del reformador; y solo ocultándose podía este burlar las garras del león. Dios dio sabiduría a Federico de Sajonia para idear un plan que salvara la vida de Lutero. Ayudado por varios amigos verdaderos se llevó a cabo el propósito del elector, y Lutero fue efectivamente sustraído a la vista de amigos y enemigos. Mientras regresaba a su residencia, se vio rodeado de repente, separado de sus acompañantes y llevado por fuerza a través de los bosques al castillo de Wartburg, fortaleza que se alzaba sobre una montaña aislada. Tanto su secuestro como su escondite fueron rodeados de tanto misterio, que Federico mismo por mucho tiempo no supo dónde se hallaba el reformador. Esta ignorancia tenía un propósito, pues mientras el elector no conociera el paradero del reformador, no podía revelar nada. Se aseguró de que Lutero estuviera protegido, y esto le bastaba.

Pasaron así la primavera, el verano y el otoño, y llegó el invierno, y Lutero seguía aún secuestrado. Ya exultaban Aleandro y sus partidarios al considerar casi apagada la luz del evangelio. Pero, en vez de ser esto así, el reformador estaba llenando su lámpara en los almacenes de la verdad y su luz iba a brillar con deslumbrantes fulgores.

En la amigable seguridad que disfrutaba en la Wartburg, congratulábase Lutero por haber sido sustraído por algún tiempo al calor y al alboroto del combate. Pero no podía encontrar satisfacción en prolongado descanso. Acostumbrado a la vida activa y al rudo combate, no podía quedar mucho tiempo ocioso. En aquellos días de soledad, tenía siempre presente la situación de la iglesia, y exclamaba desesperado: “¡Ay! ¡y que no haya nadie en este último día de su ira, que quede en pie delante del Señor como un muro, para salvar a Israel!” (ibíd., lib. 9, cap. 2). También pensaba en sí mismo y tenía miedo de ser tachado de cobardía por haber huido de la lucha. Se reprochaba su indolencia y la indulgencia con que se trataba a sí mismo. Y no obstante esto, estaba haciendo diariamente más de lo que hubiera podido hacer un hombre solo. Su pluma no permanecía nunca ociosa. En el momento en que sus enemigos se lisonjeaban de haberle acallado, los asombraron y confundieron las pruebas tangibles de su actividad. Un sinnúmero de tratados, provenientes de su pluma, circulaban por toda Alemania. También prestó entonces valioso servicio a sus compatriotas al traducir al alemán el Nuevo Testamento. Desde su Patmos perdido

entre riscos siguió casi un año proclamando el evangelio y censurando los pecados y los errores de su tiempo.

Pero no fue únicamente para preservar a Lutero de la ira de sus enemigos, ni para darle un tiempo de descanso en el que pudiese hacer estos importantes trabajos, para lo que Dios separó a su siervo del escenario de la vida pública. Había otros resultados más preciosos que alcanzar. En el descanso y en la oscuridad de su montaña solitaria, quedó Lutero sin auxilio humano y fuera del alcance de las alabanzas y de la admiración de los hombres. Así fue salvado del orgullo y de la confianza en sí mismo, que a menudo son frutos del éxito. Por medio del sufrimiento y de la humillación fue preparado para andar con firmeza en las vertiginosas alturas adonde había sido llevado de repente.

A la vez que los hombres se regocijan en la libertad que les da el conocimiento de la verdad, se sienten inclinados a ensalzar a aquellos de quienes Dios se ha valido para romper las cadenas de la superstición y del error. Satanás procura distraer de Dios los pensamientos y los afectos de los hombres y hacer que se fijen en los agentes humanos; induce a los hombres a dar honra al mero instrumento, ocultándole la Mano que dirige todos los sucesos de la providencia. Con demasiada frecuencia acontece que los maestros religiosos así alabados y reverenciados, pierden de vista su dependencia de Dios y sin sentirlo empiezan a confiar en sí mismos. Resulta entonces que quieren gobernar el espíritu y la conciencia del pueblo, el cual está dispuesto a considerarlos como guías en vez de mirar a la Palabra de Dios. La obra de reforma ve así frenada su marcha por el espíritu que domina a los que la sostienen. Dios quiso evitar este peligro a la Reforma. Quiso que esa obra recibiese, no la marca de los hombres, sino la impresión de Dios. Los ojos de los hombres estaban fijos en Lutero como en el expositor de la verdad; pero él fue arrebatado de en medio de ellos para que todas las miradas se dirigieran al eterno Autor de la verdad.

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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