Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 21
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 66-68
servicio a Dios.” “Mas os he dicho esto, para que cuando aquella hora viniere, os acordéis de que yo os lo había dicho.” Juan 15:20, 21; 16:2, 4.
El Dios del cielo, el poderoso Gobernador del universo, tomó por su cuenta el asunto del encarcelamiento de los discípulos, porque los hombres guerreaban contra su obra. Por la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y dijo a los discípulos: “Id, y estando en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida.”
Este mandato era directamente contrario a la orden dada por los gobernantes judíos; pero ¿dijeron los apóstoles: No podemos hacerlo hasta que consultemos a los magistrados, y recibamos su permiso? No; Dios había dicho: “Id,” y ellos obedecieron. “Entraron de mañana en el templo, y enseñaban.”
Cuando Pedro y Juan se presentaron ante los fieles y les refirieron cómo el ángel los había guiado por entre la tropa de soldados que guardaban la cárcel, ordenándoles que reanudaran la obra interrumpida, los hermanos se llenaron de admiración y de gozo.
Entretanto, el príncipe de los sacerdotes y los que estaban con él “convocaron el concilio, y a todos los ancianos de los hijos de Israel.” Los sacerdotes y magistrados decidieron acusar a los discípulos de insurrección, de haber asesinado a Ananías y Safira, y de conspirar para desposeer a los sacerdotes de su autoridad. Con ello esperaban excitar a las turbas para que interviniesen en el asunto y tratar a los discípulos como habían tratado a Jesús. Sabían que muchos de los que no aceptaron las enseñanzas de Cristo, cansados del gobierno arbitrario de las autoridades judías, deseaban algún cambio. Los sacerdotes temían que, si estos desconformes aceptaban las verdades proclamadas por los apóstoles y, por lo tanto, a Jesús como el Mesías, la ira de todo el pueblo se levantaría contra ellos y se les haría entonces rendir cuenta del asesinato de Cristo. Decidieron tomar vigorosas medidas para evitar esto.
Cuando enviaron por los presos para que comparecieran
ante su presencia, grande fué el asombro general al recibirse la noticia de que se habían hallado las puertas de la cárcel cerradas con toda seguridad y a los guardas delante de ellas, pero que los presos no parecían por ninguna parte.
Pronto llegó este sorprendente informe: “He aquí, los varones que echasteis en la cárcel, están en el templo, y enseñan al pueblo. Entonces fué el magistrado con los ministros, y trájolos sin violencia; porque temían del pueblo ser apedreados.”
Aunque los apóstoles fueron milagrosamente libertados de la cárcel, no se libraron de la indagatoria y el castigo. Cristo les había dicho, estando con ellos: “Mirad por vosotros: porque os entregarán en los concilios.” Marcos 13:9. Al enviarles un ángel para libertarlos, Dios les dió una muestra de su amor y una seguridad de su presencia. Ahora les tocaba a ellos, por su parte, sufrir por causa de Aquel cuyo Evangelio predicaban.
La historia de los profetas y apóstoles nos ofrece muchos nobles ejemplos de lealtad a Dios. Los testigos de Cristo han sufrido cárcel, tormento y la misma muerte antes de quebrantar los mandamientos de Dios. El ejemplo de Pedro y Juan es heroico cual ninguno en la dispensación evangélica. Al presentarse por segunda vez ante los hombres que parecían resueltos a destruirlos, no se advirtió señal alguna de temor ni vacilación en sus palabras o actitud. Y cuando el pontífice les dijo: “¿No os denunciamos estrechamente, que no enseñaseis en este nombre? y he aquí, habéis llenado a Jerusalem de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de este hombre,” Pedro respondió: “Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.” Un ángel del cielo los había librado de la cárcel y ordenádoles que enseñaran en el templo. Al seguir sus instrucciones, obedecían el divino mandato, y así debían proseguir haciéndolo a pesar de cuantos impedimentos encontraran para ello.
Entonces el espíritu de la inspiración descendió sobre los discípulos. Los acusados se convirtieron en acusadores, inculpando de la muerte de Cristo a quienes componían el concilio.
Pedro declaró: “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole de un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.”
Tan airados se pusieron los judíos al oír estas palabras, que resolvieron juzgar por sí mismos y, sin más proceso ni consentimiento de los magistrados romanos condenar a muerte a los reos. Culpables ya de la sangre de Cristo, ansiaban ahora mancharse las manos con la sangre de los discípulos.
Pero había en el concilio un varón que reconoció la voz de Dios en las palabras de los discípulos. Era Gamaliel, un fariseo de buena reputación, hombre erudito y de elevada categoría social. Su claro criterio comprendió que la violenta medida propuesta por los sacerdotes tendría terribles consecuencias. Antes de hablar a sus compañeros de concilio, pidió Gamaliel que se hiciese salir a los presos, pues sabía con quienes trataba y que los que habían matado a Cristo no vacilarían en cumplir su propósito.
Con mucha mesura y serenidad, Gamaliel dijo entonces: “Varones Israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis de hacer. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; al que se agregó un número de hombres como cuatrocientos: el cual fué matado; y todos los que le creyeron fueron dispersos, y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y llevó mucho pueblo tras sí. Pereció también aquél; y todos los que consintieron con él, fueron derramados. Y ahora os digo: Dejaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá: mas si es de Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo a Dios.”
Los sacerdotes comprendieron lo razonable de esta opinión, y no pudieron menos que convenir con Gamaliel. Sin
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White