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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 374-377

Capítulo 45—Cartas escritas desde Roma

Este capítulo está basado en Colosenses y Filipenses.

En los primeros años de la experiencia cristiana del apóstol Pablo, le fueron dadas oportunidades especiales de aprender la voluntad de Dios concerniente a los seguidores de Jesús. Fué “arrebatado hasta el tercer cielo,” “al paraíso, donde oyó palabras secretas que el hombre no puede decir.” El mismo reconoció que muchas “visiones y revelaciones” le fueron dadas “del Señor.” Su comprensión de los principios de las verdades evangélicas, era igual a la de “los sumos apóstoles.” 2 Corintios 12:2, 4, 1, 11. Tenía una clara y amplia comprensión de “la anchura, y la longitud, y la altura y la profundidad” del “amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento.” Efesios 3:18, 19 (VM).

Pablo no podía decir todo lo que había visto en visión, porque entre sus oidores había algunos que habrían hecho mal uso de sus palabras. Pero aquello que le fué revelado, le habilitó para trabajar como dirigente y sabio maestro, y también modeló los mensajes que en años ulteriores envió a las iglesias. La impresión que recibió cuando estuvo en visión le acompañaba siempre y le habilitaba para dar una correcta representación del carácter cristiano. A viva voz y por carta expresó su mensaje que en todo momento trajo ayuda y fuerza a la iglesia de Dios. Para los creyentes de la actualidad, sus mensajes hablan claramente de los peligros que amenazarán a la iglesia y las falsas doctrinas que tendrán que arrostrar.

El deseo del apóstol para aquellos a quienes escribía sus cartas de consejo y admonición era que no fuesen “niños fluctuantes y llevados por doquiera de todo viento de doctrina,”

sino que todos llegaran “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo.” Rogó a aquellos que eran seguidores de Cristo y que vivían en comunidades paganas, que no anduviesen “como los otros Gentiles, que andan en la vanidad de su sentido, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios ... por la dureza de su corazón,” sino “avisadamente; no como necios, mas como sabios; redimiendo el tiempo.” Efesios 4:14, 13, 17, 18; 5:15, 16. Animó a los creyentes a mirar hacia el tiempo cuando Cristo, que “amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella,” podría “presentársela gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante,” una iglesia “santa y sin mancha.” Efesios 5:25, 27.

Estos mensajes, escritos, no con poder humano, sino con el de Dios, contienen lecciones que deben ser estudiadas por todos, lecciones que será provechoso repetir frecuentemente. En ellas encontramos delineada la piedad práctica, se formulan principios que deben ser seguidos en cada iglesia y se define el camino que lleva a la vida eterna.

En su carta “a los santos y hermanos fieles en Cristo que están en Colosas,” escrita mientras estaba preso en Roma, Pablo hace mención de su regocijo por la constancia de ellos en la fe, cuyas buenas nuevas le fueron traídas por Epafras, quien, escribió el apóstol, “nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu. Por lo cual—continúa,—también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y espiritual inteligencia; para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios: corroborados de toda fortaleza, conforme a la potencia de su gloria, para toda tolerancia y largura de ánimo con gozo.”

De este modo Pablo expresó en palabras sus deseos para con los creyentes de Colosas. ¡Cuán elevado es el ideal que

mantienen estas palabras ante el seguidor de Cristo! Muestran las maravillosas posibilidades de la vida cristiana y hacen bien claro que no hay límites para las bendiciones que los hijos de Dios pueden recibir. Creciendo constantemente en el conocimiento de Dios, podían ir de fortaleza en fortaleza, de altura en altura en la experiencia cristiana, hasta que por “la potencia de su gloria,” llegasen a ser “aptos para participar de la suerte de los santos en luz.”

El apóstol exaltó a Cristo delante de sus hermanos como aquel por quien Dios había creado todas las cosas, y por quien había labrado su redención. Declaró que la mano que sostiene los mundos en el espacio y mantiene en su ordenada distribución e infatigable actividad todas las cosas en el universo, es la que fué clavada por ellos en la cruz. “Por él fueron criadas todas las cosas—escribió Pablo—que están en los cielos, y que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fué criado por él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten.” “A vosotros también que erais en otro tiempo extraños y enemigos de ánimo en malas obras, ahora empero os ha reconciliado en el cuerpo de su carne por medio de muerte, para haceros santos y sin mancha, e irreprensibles delante de él.”

El Hijo de Dios se humilló para levantar al caído. Por ello dejó los mundos celestiales que no han conocido el pecado, los noventa y nueve que le amaban, y vino a esta tierra para ser “herido por nuestras rebeliones,” y “molido por nuestros pecados.” Isaías 53:5. Fué hecho, en todas las cosas, semejante a sus hermanos. Se revistió de carne humana igualándose a nosotros.

El sabía lo que significaba tener hambre, sed y cansancio. Fué sustentado por el alimento y refrigerado por el sueño. Fué un extranjero y advenedizo sobre la tierra,—en el mundo, pero no del mundo. Tentado y probado como lo son los hombres de la actualidad, vivió, sin embargo, una vida libre del pecado.

Lleno de ternura, compasión, simpatía, siempre considerado con los demás, representó el carácter de Dios. “Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros, ... lleno de gracia y de verdad.” Juan 1:14.

Rodeados por prácticas e influencias paganas, los creyentes de Colosas estaban en peligro de ser inducidos a dejar la sencillez del Evangelio, y Pablo, amonestándoles contra eso, les señaló a Cristo como el único guía seguro. “Porque quiero que sepáis—escribió—cuán gran solicitud tengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca vieron mi rostro en carne; para que sean confortados sus corazones, unidos en amor, y en todas riquezas de cumplido entendimiento para conocer el misterio de Dios, y del Padre, y de Cristo, en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento.

“Y esto digo, para que nadie os engañe con palabras persuasivas.... Por tanto de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él: arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis aprendido, creciendo en ella con hacimiento de gracias. Mirad que ninguno os engañe por filosofías y vanas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo: porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente: y en él estáis cumplidos, el cual es la cabeza de todo principado y potestad.”

Cristo había anticipado que se levantarían engañadores, por cuya influencia la maldad se multiplicaría y la caridad de muchos se enfriaría. Mateo 24:12. Advirtió a sus discípulos que la iglesia estaría en mayor peligro por este mal que por las persecuciones de sus enemigos. Una y otra vez Pablo previno a los creyentes contra esos falsos maestros. De este peligro, más que de cualquier otro, deberían prevenirse; pues, al recibir falsos maestros, abrirían la puerta a errores por los cuales el enemigo podría empañar las percepciones espirituales y hacer tambalear la confianza de los nuevos conversos al Evangelio.

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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