Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 145
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 360-361
palabras revelaron prudencia y bondad. No estaba buscando atención o simpatía personal, sino defender la verdad y mantener el honor del Evangelio.
En respuesta, sus oyentes afirmaron que no habían recibido ninguna acusación contra él por carta pública o privada, y que ninguno de los judíos que habían venido a Roma le había acusado de algún crimen. Igualmente expresaron un marcado deseo de oír personalmente las razones de su fe en Cristo. “Porque de esta secta—dijeron,—notorio nos es que en todos lugares es contradicha.”
Ya que ellos mismos lo deseaban, Pablo les pidió que fijaran un día para presentarles la verdad del Evangelio. Al tiempo señalado, muchos concurrieron “a los cuales declaraba y testificaba el reino de Dios, persuadiéndoles lo concerniente a Jesús, por la ley de Moisés y por los profetas, desde la mañana hasta la tarde.” Les relató su propia experiencia, y les presentó argumentos de los escritos del Antiguo Testamento con sencillez, sinceridad y poder.
El apóstol mostró que la religión no consiste en ritos y ceremonias, credos y teorías. Si así fuera, el hombre natural podría entenderla por investigación, así como entiende las cosas del mundo. Pablo enseñó que la religión es un positivo poder salvador, un principio proveniente enteramente de Dios, una experiencia personal del poder renovador de Dios en el alma.
Les mostró cómo Moisés enseñó a Israel a mirar a Cristo como al Profeta a quien ellos debían oír; cómo todos los profetas testificaron de él como el gran remedio de Dios para el pecado, el Inocente que había de llevar los pecados del culpable. Pablo no censuró la observancia de sus ritos y ceremonias, pero les mostró que al mismo tiempo que ellos mantenían el servicio ritual con gran exactitud, rechazaban al que se tipificaba en todo el sistema de ritos.
Pablo declaró que siendo inconverso, conoció a Cristo, no por una relación personal, sino únicamente por el concepto que él, juntamente con otros, abrigaba concerniente al carácter y
obra del Mesías que había de venir. Había rechazado a Jesús de Nazaret como impostor, porque no se ajustó a ese concepto. Pero ahora sus ideas tocante a Cristo y su misión eran mucho más espirituales y exaltadas, porque había experimentado la conversión. El apóstol afirmó que no les presentaba a Cristo según la carne. Herodes vió a Cristo en los días de su humanidad; Anás también lo vió, y asimismo Pilato y los sacerdotes y gobernantes, y los soldados romanos. Pero ellos no le vieron con los ojos de la fe, como al Redentor glorificado. Comprender a Cristo por fe y tener un conocimiento espiritual de él era más deseable que una relación personal con él tal como apareció en la tierra. La comunión con Cristo que Pablo gozaba ahora, era más íntima, duradera, que un mero compañerismo terrestre y humano.
Mientras Pablo hablaba de lo que conocía y testificaba de aquello que había visto concerniente a Jesús de Nazaret como la esperanza de Israel, los que honradamente buscaban la verdad fueron convencidos. Sobre algunas mentes, por lo menos, sus palabras hicieron una impresión que jamás se borró. Pero otros rehusaron tercamente aceptar el claro testimonio de las Escrituras, aun cuando les fuera presentado por uno que tenía la iluminación especial del Espíritu Santo. No podían refutar sus argumentos, pero rehusaron aceptar sus conclusiones.
Muchos meses pasaron desde la llegada de Pablo a Roma hasta la comparecencia de los judíos que vinieron de Jerusalén para acusarle. Habían sido repetidamente estorbados en sus propósitos; y ahora que Pablo iba a ser juzgado por el supremo tribunal del Imperio Romano, no deseaban exponerse a otro fracaso. Lisias, Félix, Festo y Agripa habían declarado que le juzgaban inocente. Sus enemigos sólo podían esperar inclinar al emperador en su favor por medio de intrigas. La demora favorecería sus propósitos, por cuanto les proporcionaría tiempo para perfeccionar y ejecutar sus planes; y al efecto aguardaron algún tiempo antes de presentar personalmente sus acusaciones contra el apóstol.
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White