Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 113
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 297-298
su disposición es ilimitado, y el ministro que en su gran necesidad se esconde en el Señor, puede estar seguro de que recibirá lo que será para sus oyentes un sabor de vida para vida.
Los escritos de Pablo muestran que el ministro evangélico debe ser un ejemplo de las verdades que enseña, “sin dar en nada ocasión de ofensa, para que no sea culpado el ministerio.” 2 Corintios 6:3 (VM). De su propia obra nos ha dejado un cuadro en su carta a los corintios: “En todo recomendándonos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en aflicciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en alborotos, en trabajos, en vigilias, en ayunos; con pureza, con ciencia, con longanimidad, con mansedumbre, con el Espíritu Santo, con amor no fingido, con palabra de verdad, con poder de Dios; por medio de la armadura de justicia, a diestra y a siniestra, por medio de honra y deshonra, por medio de mala fama y buena fama; como impostores, y sin embargo veraces; como desconocidos, y sin embargo bien conocidos; como moribundos, y he aquí que vivimos; como castigados, mas no muertos; como pesarosos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos.” Vers. 4-10 (VM).
A Tito escribió: “Exhorta asimismo a los mancebos a que sean comedidos; mostrándote en todo por ejemplo de buenas obras; en doctrina haciendo ver integridad, gravedad, palabra sana, e irreprensible; que el adversario se avergüence, no teniendo mal ninguno que decir de vosotros.” Tito 2:6-8.
No hay nada más precioso a la vista de Dios que los ministros de su Palabra, que penetran en los desiertos de la tierra para sembrar las semillas de verdad, esperando la cosecha. Ninguno sino Cristo puede medir la solicitud de sus siervos mientras buscan al perdido. El les imparte su Espíritu, y por sus esfuerzos las almas son inducidas a volverse del pecado a la justicia.
Dios llama a hombres dispuestos a dejar sus granjas, sus negocios, si es necesario sus familias, para llegar a ser misioneros suyos. Y el llamamiento hallará respuesta. En lo pasado hubo
hombres que, conmovidos por el amor de Cristo y las necesidades de los perdidos, dejaron las comodidades del hogar y la asociación de los amigos, aun la de la esposa y los hijos, para ir a tierras extranjeras, entre idólatras y salvajes, a proclamar el mensaje de misericordia. Muchos perdieron la vida en la empresa, pero se levantaron otros para continuar la obra. Así, paso a paso, la causa de Cristo ha progresado, y la semilla sembrada con tristeza ha producido una abundante cosecha. El conocimiento de Dios ha sido extendido ampliamente, y el estandarte de la cruz ha sido plantado en tierras paganas.
Por la conversión de un pecador, el ministro somete a máximo esfuerzo sus recursos. El alma que Dios ha creado y Cristo ha redimido es de gran valor, por causa de las posibilidades que tiene por delante, las ventajas espirituales que se le han concedido, las capacidades que puede poseer si la vivifica la Palabra de Dios, y la inmortalidad que puede obtener mediante la esperanza presentada en el Evangelio. Y si Cristo dejó las noventa y nueve para poder buscar y salvar a la única oveja perdida, ¿podemos justificarnos nosotros si hacemos menos que esto? El dejar de trabajar como Cristo trabajó, de sacrificarse como él se sacrificó, ¿no es una traición de los cometidos sagrados, un insulto a Dios?
El corazón del verdadero ministro rebosa de un intenso anhelo de salvar almas. Gasta tiempo y fuerza, no escatima el penoso esfuerzo, porque otros deben oír las verdades que le proporcionaron a su propia alma tal alegría y paz y gozo. El Espíritu de Cristo descansa sobre él. Vela por las almas como quien debe dar cuenta. Con los ojos fijos en la cruz del Calvario, contemplando al Salvador levantado, confiando en su gracia, creyendo que estará con él hasta el fin como su escudo, su fuerza, su eficiencia, trabaja por Dios. Con invitaciones y súplicas, mezcladas con la seguridad del amor de Dios, trata de ganar almas para Cristo, y en los cielos se lo cuenta entre los que “son llamados y elegidos, y fieles.” Apocalipsis 17:14.
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White