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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 279-282

Capítulo 33—Trabajos y dificultades

Aunque Pablo tenía cuidado de presentar a sus conversos las sencillas enseñanzas de las Escrituras en cuanto al debido sostén de la obra de Dios y reclamaba, como ministro del Evangelio, la “potestad de no trabajar” (1 Corintios 9:6) en empleos seculares como medio de sostén propio, en diversas ocasiones durante su ministerio en los grandes centros de civilización, trabajó en un oficio manual para mantenerse.

Entre los judíos no se consideraba el trabajo físico como cosa extraña o degradante. Mediante Moisés se había enseñado a los hebreos a desarrollar en sus hijos hábitos de laboriosidad; y se consideraba como un pecado permitir que los jóvenes crecieran sin conocer el trabajo físico. Aun cuando se educara a un hijo para un cargo sagrado, se consideraba esencial un conocimiento de la vida práctica. A todo joven, ya fueran sus padres ricos o pobres, se le enseñaba un oficio. Se consideraba que los padres que descuidaban el impartimiento de esa enseñanza a sus hijos se apartaban de la instrucción del Señor. De acuerdo con esta costumbre, Pablo había aprendido temprano el oficio de tejedor de tiendas.

Antes de llegar a ser discípulo de Cristo, Pablo había ocupado un alto puesto, y no dependía del trabajo manual para su sostén. Pero más tarde, cuando hubo usado todos sus medios para promover la causa de Cristo, recurrió algunas veces a su oficio para ganarse la vida. Especialmente hacía eso cuando trabajaba en lugares donde podían entenderse mal sus motivos.

Tesalónica es el primer lugar acerca del cual leemos que trabajó Pablo con sus manos para sostenerse mientras predicaba la Palabra. Escribiendo a la iglesia de creyentes de allí, les

recordó que podía haberles sido “carga,” y añadió: “Hermanos, os acordáis de nuestro trabajo y fatiga: que trabajando de noche y de día por no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.” 1 Tesalonicenses 2:6, 9. Y de nuevo, en su segunda Epístola a los Tesalonicenses, declaró que él y sus colaboradores, durante el tiempo que habían estado con ellos, no habían comido “el pan de ninguno de balde.” Noche y día trabajamos, escribió, “por no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos potestad, sino por daros en nosotros un dechado, para que nos imitaseis.” 2 Tesalonicenses 3:8, 9.

En Tesalónica Pablo había encontrado personas que se negaban a trabajar con las manos. Respecto a esta clase escribió más tarde: “Andan algunos entre vosotros fuera de orden, no trabajando en nada, sino ocupados en curiosear. Y a los tales requerimos y rogamos por nuestro Señor Jesucristo, que, trabajando con reposo, coman su pan.” Mientras trabajaba en Tesalónica, Pablo había tenido cuidado de presentar a los tales un ejemplo correcto. “Porque aun estando con vosotros—escribió,—os denunciábamos esto: Que si alguno no quisiere trabajar, tampoco coma.” 2 Tesalonicenses 3:11, 12, 10.

En todo tiempo Satanás ha tratado de perjudicar los esfuerzos de los siervos de Dios introduciendo en la iglesia un espíritu de fanatismo. Así era en los días de Pablo, y así fué en los siglos ulteriores, durante el tiempo de la Reforma. Wiclef, Lutero, y muchos otros que beneficiaron al mundo por su influencia y fe, afrontaron los ardides por los cuales el enemigo procura arrastrar a un fanatismo excesivamente celoso las mentes desequilibradas y profanas. Ciertas almas extraviadas han enseñado que la adquisición de la verdadera santidad eleva la mente por encima de todo pensamiento terrenal e induce a los hombres a abstenerse enteramente del trabajo. Otros, interpretando con extremismo cierto texto de la Escritura, han enseñado que es un pecado trabajar, que los cristianos no debieran preocuparse de su bienestar temporal y del de sus familias, sino que deberían dedicar sus días enteramente a las cosas

espirituales. La enseñanza y el ejemplo del apóstol Pablo son un reproche contra semejantes conceptos extremos.

Pablo no dependía enteramente de la labor de sus manos para sostenerse en Tesalónica. Refiriéndose ulteriormente a lo que le sucedió en esa ciudad, escribió a los creyentes filipenses en reconocimiento de los dones que había recibido de ellos mientras estaba allí: “Aun a Tesalónica me enviasteis lo necesario una y dos veces.” Filipenses 4:16. No obstante el hecho de que había recibido esta ayuda, tuvo cuidado de presentar a los tesalonicenses un ejemplo de diligencia, de modo que nadie pudiera acusarlo con razón de codicia, y también para que aquellos que tenían conceptos fanáticos en cuanto al trabajo manual recibieran una reprensión práctica.

Cuando Pablo visitó por primera vez a Corinto, se encontró entre gente que desconfiaba de los motivos de los extranjeros. Los griegos de la costa del mar eran hábiles traficantes. Tanto tiempo habían seguido sus inescrupulosas prácticas comerciales, que habían llegado a creer que la granjería era piedad, y que el obtener dinero, fuera por medios limpios o sucios, era encomiable. Pablo estaba familiarizado con sus características, y no quería darles ocasión para decir que predicaba el Evangelio a fin de enriquecerse. Hubiera podido con justicia pedir a sus oyentes corintios que le sostuvieran; pero estaba dispuesto a renunciar a este derecho, no fuera que su utilidad y éxito como ministro fueran perjudicados por la sospecha injusta de que predicaba el Evangelio por ganancia. Trataba de eliminar toda ocasión de ser mal interpretado, para que su mensaje no perdiera fuerza.

Poco después de llegar a Corinto, Pablo encontró “a un Judío llamado Aquila, natural del Ponto, que hacía poco que había venido de Italia, y a Priscila su mujer.” Estos eran “de su oficio.” Desterrados por el decreto de Claudio, que ordenaba a todos los judíos que abandonaran Roma, Aquila y Priscila habían ido a Corinto, donde establecieron un negocio como fabricantes de tiendas. Pablo averiguó en cuanto a ellos,

y al descubrir que temían a Dios y trataban de evitar las contaminadoras influencias que los rodeaban, “posó con ellos, y trabajaba.... Y disputaba en la sinagoga todos los sábados, y persuadía a Judíos y a Griegos.” Hechos 18:2-4.

Más tarde, Silas y Timoteo se unieron a Pablo en Corinto. Estos hermanos trajeron consigo fondos para el sostén de la obra, contribuidos por las iglesias de Macedonia.

En su segunda carta a los creyentes de Corinto, escrita después que se hubo levantado una fuerte iglesia allí, Pablo reseñó su manera de vivir entre ellos. “¿Pequé yo—preguntó,—humillándome a mí mismo, para que vosotros fueseis ensalzados, porque os he predicado el evangelio de Dios de balde? He despojado las otras iglesias, recibiendo salario para ministraros a vosotros. Y estando con vosotros y teniendo necesidad, a ninguno fuí carga; porque lo que me faltaba, suplieron los hermanos que vinieron de Macedonia: y en todo me guardé de seros gravoso, y me guardaré. Es la verdad de Cristo en mí, que esta gloria no me será cerrada en las partes de Acaya.” 2 Corintios 11:7-10.

Pablo dice por qué había obrado así en Corinto. Era para no dar ocasión de crítica a “aquellos que la desean.” 2 Corintios 11:12. Mientras trabajaba haciendo tiendas, actuaba también fielmente en la proclamación del Evangelio. Declara respecto a sus labores: “Con todo esto, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, en señales, y en prodigios, y en maravillas.” Y añade: “Porque ¿qué hay en que habéis sido menos que las otras iglesias, sino en que yo mismo no os he sido carga? Perdonadme esta injuria. He aquí estoy aparejado para ir a vosotros la tercera vez, y no os seré gravoso; porque no busco vuestras cosas, sino a vosotros.... De muy buena gana despenderé y seré despendido por vuestras almas.” 2 Corintios 12:12-15.

Durante el largo período de su ministerio en Efeso, donde por tres años realizó un agresivo esfuerzo evangélico en esa región, Pablo trabajó de nuevo en su oficio. En Efeso, como

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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