Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 95
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Lectura bíblica
Mateo 8:1-4; Marcos 1:40-45
Mateo 8:1-4
1 Cuando descendió del monte, le siguió mucha gente. 2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él diciendo: --¡Señor, si quieres, puedes limpiarme! 3 Jesús extendió la mano y le tocó diciendo: --Quiero. ¡Sé limpio! Y al instante quedó limpio de la lepra. 4 Entonces Jesús le dijo: --Mira, no lo digas a nadie; pero ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés, para testimonio a ellos.
Marcos 1:40-45
40 Y vino a él un leproso implorándole, y de rodillas le dijo: --Si quieres, puedes limpiarme. 41 Jesús, movido a compasión, extendió la mano, le tocó y le dijo: --Quiero; sé limpio. 42 Y al instante desapareció la lepra de él, y quedó limpio. 43 En seguida, le despidió después de amonestarle 44 y le dijo: --Mira, no digas nada a nadie. Más bien ve, muéstrate al sacerdote y ofrece lo que mandó Moisés en cuanto a tu purificación, para testimonio a ellos. 45 Pero cuando salió, él comenzó a proclamar y a difundir mucho el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba afuera en lugares despoblados. Y venían a él de todas partes.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, página 227
Capítulo 27—“Puedes limpiarme”
Este capítulo está basado en Mateo 8:2-4; 9:1-8, 32-34; Marcos 1:40-45; 2:1-12; Lucas 5:12-28.
La lepra era la más temida de todas las enfermedades conocidas en el Oriente. Su carácter incurable y contagioso y sus efectos horribles sobre sus víctimas llenaban a los más valientes de temor. Entre los judíos, era considerada como castigo por el pecado, y por lo tanto se la llamaba el “azote,” “el dedo de Dios.” Profundamente arraigada, imposible de borrar, mortífera, era considerada como un símbolo del pecado. La ley ritual declaraba inmundo al leproso. Como si estuviese ya muerto, era despedido de las habitaciones de los hombres. Cualquier cosa que tocase quedaba inmunda y su aliento contaminaba el aire. El sospechoso de tener la enfermedad debía presentarse a los sacerdotes, quienes habían de examinarle y decidir su caso. Si le declaraban leproso, era aislado de su familia, separado de la congregación de Israel, y condenado a asociarse únicamente con aquellos que tenían una aflicción similar. La ley era inflexible en sus requerimientos. Ni aun los reyes y gobernantes estaban exentos. Un monarca atacado por esa terrible enfermedad debía entregar el cetro y huir de la sociedad.
Lejos de sus amigos y parentela, el leproso debía llevar la maldición de su enfermedad. Estaba obligado a publicar su propia calamidad, a rasgar sus vestiduras, y a hacer resonar la alarma para advertir a todos que huyesen de su presencia contaminadora. El clamor “¡Inmundo! ¡inmundo!” que en tono triste exhalaba el desterrado solitario, era una señal que se oía con temor y aborrecimiento.
En la región donde se desarrollaba el ministerio de Cristo, había muchos enfermos tales a quienes les llegaron nuevas de la obra que él hacía, y vislumbraron un rayo de esperanza. Pero desde los días del profeta Eliseo, no se había oído nunca que sanara una persona en quien se declarara esa enfermedad. No se atrevían a esperar que Jesús hiciese por ellos lo que por
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White