Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 93
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 222-224
fascinante de los comienzos termina en las tinieblas de la desesperación o la locura de un alma arruinada.
El mismo mal espíritu que tentó a Cristo en el desierto y que poseía al endemoniado de Capernaúm dominaba a los judíos incrédulos. Pero con ellos asumía un aire de piedad, tratando de engañarlos en cuanto a sus motivos para rechazar al Salvador. Su condición era más desesperada que la del endemoniado; porque no sentían necesidad de Cristo, y por lo tanto estaban sometidos al poder de Satanás.
El período del ministerio personal de Cristo entre los hombres fué el tiempo de mayor actividad para las fuerzas del reino de las tinieblas. Durante siglos, Satanás y sus malos ángeles habían procurado dominar los cuerpos y las almas de los hombres, imponiéndoles el pecado y el sufrimiento; y acusando luego a Dios de causar toda esa miseria. Jesús estaba revelando a los hombres el carácter de Dios. Estaba quebrantando el poder de Satanás y libertando sus cautivos. Una nueva vida y el amor y poder del cielo estaban obrando en los corazones de los hombres y el príncipe del mal se había levantado para contender por la supremacía de su reino. Satanás había reunido todas sus fuerzas y a cada paso se oponía a la obra de Cristo.
Así sucederá en el gran conflicto final de la lucha entre la justicia y el pecado. Mientras bajan de lo alto nueva vida, luz y poder sobre los discípulos de Cristo, una nueva vida surge de abajo y da energía a los agentes de Satanás. Cierta intensidad se está apoderando de todos los elementos terrenos. Con una sutileza adquirida durante siglos de conflicto, el príncipe del mal obra disfrazado. Viene como ángel de luz, y las multitudes escuchan “a espíritus de error y a doctrinas de demonios.”1 Timoteo 4:1.
En los días de Cristo, los dirigentes y maestros de Israel no podían resistir la obra de Satanás. Estaban descuidando el único medio por el cual podrían haber resistido a los malos espíritus. Fué por la Palabra de Dios como Cristo venció al maligno. Los dirigentes de Israel profesaban exponer la Palabra de Dios, pero la habían estudiado sólo para sostener sus tradiciones e imponer sus observancias humanas. Por su interpretación, le hacían expresar sentidos que Dios no le había dado. Sus explicaciones místicas hacían confuso lo que él había hecho claro. Discutían insignificantes detalles técnicos, y
negaban prácticamente las verdades más esenciales. Así se propalaba la incredulidad. La Palabra de Dios era despojada de su poder, y los malos espíritus realizaban su voluntad.
La historia se repite. Con la Biblia abierta delante de sí y profesando reverenciar sus enseñanzas, muchos de los dirigentes religiosos de nuestro tiempo están destruyendo la fe en ella como Palabra de Dios. Se ocupan en disecarla y dan más autoridad a sus propias opiniones que a las frases más claras de esa Palabra de Dios, que pierde en sus manos su poder regenerador. Esta es la razón por la cual la incredulidad se desborda y la iniquidad abunda.
Una vez que Satanás ha minado la fe en la Biblia, conduce a los hombres a otras fuentes en busca de luz y poder. Así se insinúa. Los que se apartan de la clara enseñanza de las Escrituras y del poder convincente del Espíritu Santo de Dios, están invitando el dominio de los demonios. Las críticas y especulaciones acerca de las Escrituras han abierto la puerta al espiritismo y la teosofía—formas modernas del antiguo paganismo—para que penetren aun en las iglesias que profesan pertenecer a nuestro Señor Jesucristo.
Al par que se predica el Evangelio, hay agentes que trabajan y que no son sino intermediarios de los espíritus mentirosos. Muchos tratan con ellos por simple curiosidad, pero al ver pruebas de que obra un poder más que humano, quedan cada vez más seducidos hasta que llegan a estar dominados por una voluntad más fuerte que la suya. No pueden escapar de este poder misterioso.
Las defensas de su alma quedan derribadas. No tienen vallas contra el pecado. Nadie sabe hasta qué abismos de degradación puede llegar a hundirse una vez que rechazó las restricciones de la Palabra de Dios y de su Espíritu. Un pecado secreto o una pasión dominante puede mantener a un cautivo tan impotente como el endemoniado de Capernaúm. Sin embargo, su condición no es desesperada.
El medio por el cual se puede vencer al maligno, es aquel por el cual Cristo venció: el poder de la Palabra. Dios no domina nuestra mente sin nuestro consentimiento; pero si deseamos conocer y hacer su voluntad, se nos dirige su promesa: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
“Si alguno quisiere hacer su voluntad, conocerá de mi enseñanza.”Juan 8:32; 7:17 (VM). Apoyándose en estas promesas, cada uno puede quedar libre de las trampas del error y del dominio del pecado.
Cada hombre está libre para elegir el poder que quiera ver dominar sobre él. Nadie ha caído tan bajo, nadie es tan vil que no pueda hallar liberación en Cristo. El endemoniado, en lugar de oraciones, no podía sino pronunciar las palabras de Satanás; sin embargo, la muda súplica de su corazón fué oída. Ningún clamor de un alma en necesidad, aunque no llegue a expresarse en palabras, quedará sin ser oído. Los que consienten en hacer pacto con el Dios del cielo, no serán abandonados al poder de Satanás o a las flaquezas de su propia naturaleza. Son invitados por el Salvador: “Echen mano ... de mi fortaleza; y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!”Isaías 27:5 (VM). Los espíritus de las tinieblas contenderán por el alma que una vez estuvo bajo su dominio. Pero los ángeles de Dios lucharán por esa alma con una potencia que prevalecerá. El Señor dice: “¿Será quitada la presa al valiente? o ¿libertaráse la cautividad legítima? Así empero dice Jehová: Cierto, la cautividad será quitada al valiente, y la presa del robusto será librada; y tu pleito yo lo pleitearé, y yo salvaré a tus hijos.”Isaías 49:24, 25.
Mientras que la congregación que se hallaba en la sinagoga permanecía muda de asombro, Jesús se retiró a la casa de Pedro para descansar un poco. Pero allí también había caído una sombra. La suegra de Pedro estaba enferma de una “grande fiebre.” Jesús reprendió la dolencia, y la enferma se levantó y atendió las necesidades del Maestro y sus discípulos.
Las noticias de la obra de Cristo cundieron rápidamente por todo Capernaúm. Por temor a los rabinos, el pueblo no se atrevía a buscar curación durante el sábado; pero apenas hubo desaparecido el sol en el horizonte, se produjo una gran conmoción. De las casas, los talleres y las plazas, los habitantes de la ciudad se dirigieron hacia la humilde morada que albergaba a Jesús. Los enfermos eran traídos en sus camas; venían apoyándose en bastones o sostenidos por amigos; y se acercaban tambaleantes y débiles a la presencia del Salvador.
Durante horas y horas, llegaban y se iban; porque nadie sabía si al día siguiente encontrarían al Médico todavía entre ellos. Nunca antes había presenciado Capernaúm un día como
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White