Cristo El Camino

Plan Encuentro 1 Día 59

Día 59 ▾
Aa
Tamaño Letra Tema

Lectura bíblica

Juan 3:1-22

Juan 3:1-22

1 Y había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un gobernante de los judíos. 2 Éste vino a Jesús de noche y le dijo: --Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, a menos que Dios esté con él. 3 Respondió Jesús y le dijo: --De cierto, de cierto te digo que a menos que uno nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: --¿Cómo puede nacer un hombre si ya es viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? 5 Respondió Jesús: --De cierto, de cierto te digo que a menos que uno nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que ha nacido de la carne, carne es; y lo que ha nacido del Espíritu, espíritu es. 7 No te maravilles de que te dije: "Os es necesario nacer de nuevo." 8 El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu. 9 Respondió Nicodemo y le dijo: --¿Cómo puede suceder eso? 10 Respondió Jesús y le dijo: --Tú eres el maestro de Israel, ¿y no sabes esto? 11 De cierto, de cierto te digo que hablamos de lo que sabemos; y testificamos de lo que hemos visto. Pero no recibís nuestro testimonio. 12 Si os hablé de cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las celestiales? 13 Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del Hombre. 14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna. 16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que cree en él no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y ésta es la condenación: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que practica lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean censuradas. 21 Pero el que hace la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, que son hechas en Dios. 22 Después de esto, Jesús fue con sus discípulos a la tierra de Judea; y pasaba allí un tiempo con ellos y bautizaba.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 140-141

Capítulo 17—Nicodemo

Este capítulo está basado en Juan 3:1-17.

Nicodemo ocupaba un puesto elevado y de confianza en la nación judía. Era un hombre muy educado, y poseía talentos extraordinarios. Era un renombrado miembro del concilio nacional. Como otros, había sido conmovido por las enseñanzas de Jesús. Aunque rico, sabio y honrado, se había sentido extrañamente atraído por el humilde Nazareno. Las lecciones que habían caído de los labios del Salvador le habían impresionado grandemente, y quería aprender más de estas verdades maravillosas.

La autoridad que Cristo ejerciera al purificar el templo había despertado el odio resuelto de los sacerdotes y gobernantes. Temían el poder de este extraño. No habían de tolerar tanto atrevimiento de parte de un obscuro galileo. Se proponían acabar con su obra. Pero no estaban todos de acuerdo en este propósito. Algunos temían oponerse a quien estaba tan evidentemente movido por el Espíritu de Dios. Recordaban cómo los profetas habían sido muertos por reprender los pecados de los dirigentes de Israel. Sabían que la servidumbre de los judíos a una nación pagana era el resultado de su terquedad en rechazar las reprensiones de Dios. Temían que al maquinar contra Jesús, los sacerdotes y gobernantes estuviesen siguiendo en los pasos de sus padres, y hubiesen de traer nuevas calamidades sobre la nación. Nicodemo participaba de estos sentimientos. En un concilio del Sanedrín, cuando se consideraba la conducta que se debía seguir para con Jesús, Nicodemo aconsejó cautela y moderación. Hizo notar con insistencia que si Jesús estaba realmente investido de autoridad de parte de Dios, sería peligroso rechazar sus amonestaciones. Los sacerdotes no se atrevieron a despreciar este consejo, y por el momento no tomaron medidas abiertas contra el Salvador.

Desde que oyera a Jesús, Nicodemo había estudiado ansiosamente las profecías relativas al Mesías, y cuanto más las

escudriñaba, tanto más profunda se volvía su convicción de que era el que había de venir. Juntamente con muchos otros hijos de Israel, había sentido honda angustia por la profanación del templo. Había presenciado la escena cuando Jesús echó a los compradores y vendedores; contempló la admirable manifestación del poder divino; vió al Salvador recibir a los pobres y sanar a los enfermos; vió las miradas de gozo de éstos y oyó sus palabras de alabanza; y no podía dudar de que Jesús de Nazaret era el enviado de Dios.

Deseaba ardientemente entrevistarse con Jesús, pero no osaba buscarle abiertamente. Sería demasiado humillante para un príncipe de los judíos declararse simpatizante de un maestro tan poco conocido. Si su visita llegase al conocimiento del Sanedrín, le atraería su desprecio y denuncias. Resolvió, pues, verle en secreto, con la excusa de que si él fuese abiertamente, otros seguirían su ejemplo. Haciendo una investigación especial, llegó a saber dónde tenía el Salvador un lugar de retiro en el monte de las Olivas; aguardó hasta que la ciudad quedase envuelta por el sueño, y entonces salió en busca de Jesús.

En presencia de Cristo, Nicodemo sintió una extraña timidez, la que trató de ocultar bajo un aire de serenidad y dignidad. “Rabbí—dijo,—sabernos que has venido de Dios por maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no fuere Dios con él.” Hablando de los raros dones de Cristo como maestro, y también de su maravilloso poder de realizar milagros, esperaba preparar el terreno para su entrevista. Sus palabras estaban destinadas a expresar e infundir confianza; pero en realidad expresaban incredulidad. No reconocía a Jesús como el Mesías, sino solamente como maestro enviado de Dios.

En vez de reconocer este saludo, Jesús fijó los ojos en el que le hablaba, como si leyese en su alma. En su infinita sabiduría, vió delante de sí a uno que buscaba la verdad. Conoció el objeto de esta visita, y con el deseo de profundizar la convicción que ya había penetrado en la mente del que le escuchaba, fué directamente al tema que le preocupaba, diciendo solemne aunque bondadosamente: “En verdad, en verdad te digo: A menos que el hombre naciere de lo alto, no puede ver el reino de Dios.”1Margen, V.M.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

Abrir en su propia página