Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 265
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 559-561
otros seis, que definen los deberes del hombre para con sus semejantes. Como resultado, les faltaba piedad práctica. Jesús había demostrado a la gente su gran deficiencia y había enseñado la necesidad de las buenas obras, declarando que se conoce el árbol por sus frutos. Por esta razón, le habían acusado de exaltar los últimos seis mandamientos más que los primeros cuatro.
El escriba se acercó a Jesús con una pregunta directa: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?” La respuesta de Cristo es directa y categórica: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento.” El segundo es semejante al primero, dijo Cristo; porque se desprende de él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.” “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.”
Los primeros cuatro mandamientos del Decálogo están resumidos en el primer gran precepto: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón.” Los últimos seis están incluídos en el otro: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos son la expresión del principio del amor. No se puede guardar el primero y violar el segundo, ni se puede guardar el segundo mientras se viola el primero. Cuando Dios ocupe en el trono del corazón su lugar legítimo, nuestro prójimo recibirá el lugar que le corresponde. Le amaremos como a nosotros mismos. Únicamente cuando amemos a Dios en forma suprema, será posible amar a nuestro prójimo imparcialmente.
Y puesto que todos los mandamientos están resumidos en el amor a Dios y al prójimo, se sigue que ningún precepto puede quebrantarse sin violar este principio. Así enseñó Cristo a sus oyentes que la ley de Dios no consiste en cierto número de preceptos separados, algunos de los cuales son de gran importancia, mientras otros tienen poca y pueden ignorarse con impunidad. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro y los últimos seis mandamientos como un conjunto divino, y enseña que el amor a Dios se manifestará por la obediencia a todos sus mandamientos.
El escriba que había interrogado a Jesús estaba bien instruído en la ley y se asombró de sus palabras. No esperaba que manifestase un conocimiento tan profundo y cabal de las Escrituras. Obtuvo una visión más amplia de los principios básicos de los preceptos sagrados. Delante de los sacerdotes y gobernantes congregados, reconoció honradamente que Cristo había dado la debida interpretación a la ley, diciendo:
“Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y que amarle de todo corazón, y de todo entendimiento, y de toda el alma, y de todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, más es que todos los holocaustos y sacrificios.”
La sabiduría de la respuesta de Cristo había convencido al escriba. Sabía que la religión judía consistía en ceremonias externas más bien que en piedad interna. Sentía en cierta medida la inutilidad de las ofrendas ceremoniales, y del derramamiento de sangre para la expiación del pecado si no iba acompañado de fe. El amor y la obediencia a Dios, la consideración abnegada para con el hombre, le parecían de más valor que todos estos ritos. La disposición de este hombre a reconocer la corrección del raciocinio de Cristo y su respuesta decidida y pronta delante de la gente, manifestaban un espíritu completamente diferente del de los sacerdotes y gobernantes. El corazón de Jesús se compadeció del honrado escriba que se había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y las amenazas de los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón. “Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dice: No estás lejos del reino de Dios.”
El escriba estaba cerca del reino de Dios porque reconocía que las obras de justicia son más aceptables para Dios que los holocaustos y sacrificios. Pero necesitaba reconocer el carácter divino de Cristo, y por la fe en él recibir el poder para hacer las obras de justicia. El servicio ritual no tenía ningún valor a menos que estuviese relacionado con Cristo por una fe viva. Aun la ley moral no cumple su propósito a menos que se entienda en su relación con el Salvador. Cristo había demostrado repetidas veces que la ley de su Padre contenía algo más profundo que sólo órdenes autoritarias. En la ley se encarnaba el mismo principio revelado en el Evangelio. La ley señala su
deber al hombre y le muestra su culpabilidad. Este debe buscar en Cristo perdón y poder para hacer lo que la ley ordena.
Los fariseos se habían acercado en derredor de Jesús mientras contestaba la pregunta del escriba. Ahora él les dirigió una pregunta: “¿Qué os parece del Cristo? ¿de quién es Hijo?” Esta pregunta estaba destinada a probar su fe acerca del Mesías, a demostrar si le consideraban simplemente como hombre o como Hijo de Dios. Un coro de voces contestó: “De David.” Tal era el título que la profecía había dado al Mesías. Cuando Jesús revelaba su divinidad por sus poderosos milagros, cuando sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, la gente se había preguntado entre sí: “¿No es éste el Hijo de David?” La mujer sirofenisa, el ciego Bartimeo y muchos otros, habían clamado a él por ayuda: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí.”Mateo 15:22. Mientras cabalgaba en dirección a Jerusalén, había sido saludado con la gozosa aclamación: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”Mateo 21:9. Y en el templo los niñitos se habían hecho eco ese mismo día de este alegre reconocimiento. Pero muchos de los que llamaban a Jesús Hijo de David, no reconocían su divinidad. No comprendían que el Hijo de David era también el Hijo de Dios.
En respuesta a la declaración de que el Cristo era el Hijo de David, Jesús dijo: “¿Pues cómo David en Espíritu [el Espíritu de inspiración proveniente de Dios] le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, entre tanto que pongo tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.”
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White