Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 524-526

ocasiones anteriores, Jesús había viajado siempre a pie, y los discípulos se extrañaban al principio de que decidiese ahora ir cabalgando. Pero la esperanza nació en sus corazones al pensar gozosos que estaba por entrar en la capital para proclamarse rey y hacer valer su autoridad real. Mientras cumplían su diligencia, comunicaron sus brillantes esperanzas a los amigos de Jesús y, despertando hasta lo sumo la expectativa del pueblo, la excitación se extendió lejos y cerca.

Cristo seguía la costumbre de los judíos en cuanto a una entrada real. El animal en el cual cabalgaba era el que montaban los reyes de Israel, y la profecía había predicho que así vendría el Mesías a su reino. No bien se hubo sentado sobre el pollino cuando una algazara de triunfo hendió el aire. La multitud le aclamó como Mesías, como su Rey. Jesús aceptaba ahora el homenaje que nunca antes había permitido que se le rindiera, y los discípulos recibieron esto como una prueba de que se realizarían sus gozosas esperanzas y le verían establecerse en el trono. La multitud estaba convencida de que la hora de su emancipación estaba cerca. En su imaginación, veía a los ejércitos romanos expulsados de Jerusalén, y a Israel convertido una vez más en nación independiente. Todos estaban felices y alborozados; competían unos con otros por rendirle homenaje. No podían exhibir pompa y esplendor exteriores, pero le tributaban la adoración de corazones felices. Eran incapaces de presentarle dones costosos, pero extendían sus mantos como alfombra en su camino, y esparcían también en él ramas de oliva y palmas. No podían encabezar la procesión triunfal con estandartes reales, pero esparcían palmas, emblema natural de victoria, y las agitaban en alto con sonoras aclamaciones y hosannas.

A medida que avanzaba, la multitud aumentaba continuamente con aquellos que habían oído de la venida de Jesús y se apresuraban a unirse a la procesión. Los espectadores se mezclaban continuamente con la muchedumbre, y preguntaban: ¿Quién es éste? ¿Qué significa toda esta conmoción? Todos habían oído hablar de Jesús y esperaban que fuese a Jerusalén; pero sabían que había desalentado hasta entonces todo esfuerzo que se hiciera para colocarle en el trono, y se asombraban grandemente al saber que realmente era él. Se

maravillaban de que se hubiese producido este cambio en Aquel que había declarado que su reino no era de este mundo.

Esas voces son acalladas por un clamor de triunfo. Es muchas veces repetido por la ansiosa muchedumbre; es recogido por el pueblo a gran distancia, y repercute en las colinas y los valles circunvecinos. Y ahora la procesión es engrosada por las muchedumbres de Jerusalén. De las multitudes reunidas para asistir a la Pascua, miles salen para dar la bienvenida a Jesús. Le saludan agitando palmas y prorrumpiendo en cantos sagrados. Los sacerdotes hacen sonar en el templo la trompeta para el servicio de la tarde, pero pocos responden, y los gobernantes se dicen el uno al otro con alarma: “He aquí, el mundo se va tras de él.”

Nunca antes en su vida terrenal había permitido Jesús una demostración semejante. Previó claramente el resultado. Le llevaría a la cruz. Pero era su propósito presentarse públicamente de esta manera como el Redentor. Deseaba llamar la atención al sacrificio que había de coronar su misión en favor de un mundo caído. Mientras el pueblo estaba reunido en Jerusalén para celebrar la Pascua, él, el verdadero Cordero de Dios representado por los sacrificios simbólicos, se puso aparte como una oblación. Iba a ser necesario que su iglesia, en todos los siglos subsiguientes, hiciese de su muerte por los pecados del mundo un asunto de profunda meditación y estudio. Cada hecho relacionado con ella debía comprobarse fuera de toda duda. Era necesario, entonces, que los ojos de todo el pueblo se dirigieran ahora a él; los sucesos precedentes a su gran sacrificio debían ser tales que llamasen la atención al sacrificio mismo. Después de una demostración como la que acompañó a su entrada triunfal en Jerusalén, todos los ojos seguirían su rápido avance hacia la escena final.

Los sucesos relacionados con la cabalgata triunfal iban a ser el tema de cada lengua, y pondrían a Jesús en todo pensamiento. Después de su crucifixión, muchos recordarían estos sucesos en relación con su proceso y muerte. Serían inducidos a escudriñar las profecías y se convencerían de que Jesús era el Mesías; y en todos los países los conversos a la fe se multiplicarían.

En esta escena de triunfo de su vida terrenal, el Salvador

pudiera haber aparecido escoltado por ángeles celestiales y anunciado por la trompeta de Dios; pero una demostración tal hubiera sido contraria al propósito de su misión, contraria a la ley que había gobernado su vida. El permaneció fiel a la humilde suerte que había aceptado. Debía llevar la carga de la humanidad hasta el momento de dar su vida por la del mundo.

Este día, que parecía a los discípulos el día culminante de su propia existencia, habría sido obscurecido con nubes muy tenebrosas si ellos hubiesen sabido que esta escena de regocijo no era sino un preludio de los sufrimientos y la muerte de su Señor. Aunque repetidas veces les había hablado de su seguro sacrificio, sin embargo, en el alegre triunfo presente, olvidaron sus tristes palabras, y miraron adelante a su próspero reinado sobre el trono de David.

Continuamente se unía más gente a la procesión y, con pocas excepciones, todos se contagiaban del entusiasmo de la hora, para acrecentar los hosannas que repercutían de colina en colina y de valle en valle. El clamor subía continuamente: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”

Nunca antes había visto el mundo tal escena de triunfo. No se parecía en nada a la de los famosos conquistadores de la tierra. Ningún séquito de afligidos cautivos la caracterizaba como trofeo del valor real. Pero alrededor del Salvador estaban los gloriosos trofeos de sus obras de amor por los pecadores. Los cautivos que él había rescatado del poder de Satanás alababan a Dios por su liberación. Los ciegos a quienes había restaurado la vista abrían la marcha. Los mudos cuya lengua él había desatado voceaban las más sonoras alabanzas. Los cojos a quienes había sanado saltaban de gozo y eran los más activos en arrancar palmas para hacerlas ondear delante del Salvador. Las viudas y los huérfanos ensalzaban el nombre de Jesús por sus misericordiosas obras para con ellos. Los leprosos a quienes había limpiado extendían a su paso sus inmaculados vestidos y le saludaban Rey de gloria. Aquellos a quienes su voz había despertado del sueño de la muerte estaban en la multitud. Lázaro, cuyo cuerpo se había corrompido en el sepulcro, pero que ahora se gozaba en la fuerza de una gloriosa virilidad, guiaba a la bestia en la cual cabalgaba el Salvador.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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