Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 515-518

devoción son prodigados al que no ve ni oye. Si esas palabras se hubiesen dicho cuando el espíritu fatigado las necesitaba mucho; cuando el oído podía oír y el corazón sentir, ¡cuán preciosa habría sido su fragancia!

María no conocía el significado pleno de su acto de amor. No podía contestar a sus acusadores. No podía explicar por qué había escogido esa ocasión para ungir a Jesús. El Espíritu Santo había pensado en lugar suyo, y ella había obedecido sus impulsos. La Inspiración no se humilla a dar explicaciones. Una asistencia invisible habla a la mente y al alma, y mueve el corazón a la acción. Es su propia justificación.

Cristo le dijo a María el significado de su acción, y con ello le dió más de lo que había recibido. “Porque echando este ungüento sobre mi cuerpo—dijo él,—para sepultarme lo ha hecho.” De la manera en que el alabastro fué quebrado y se llenó la casa entera con su fragancia, así Cristo había de morir, su cuerpo había de ser quebrantado; pero él había de resucitar de la tumba y la fragancia de su vida llenaría la tierra. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor suave.”Efesios 5:2.

“De cierto os digo—declaró Cristo,—que donde quiera que este evangelio fuere predicado en todo el mundo, también será dicho para memoria de ella, lo que ésta ha hecho.” Mirando en lo futuro, el Salvador habló con certeza concerniente a su Evangelio. Iba a predicarse en todo el mundo. Y hasta donde el Evangelio se extendiese, el don de María exhalaría su fragancia y los corazones serían bendecidos por su acción espontánea. Se levantarían y caerían los reinos; los nombres de los monarcas y conquistadores serían olvidados; pero la acción de esta mujer sería inmortalizada en las páginas de la historia sagrada. Hasta que el tiempo no fuera más, aquel vaso de alabastro contaría la historia del abundante amor de Dios para con la especie caída.

La acción de María estaba en pronunciado contraste con la que Judas estaba por realizar. ¡Cuán terminante lección pudiera haberle dado Cristo a aquel que había sembrado la semilla de la crítica y los malos pensamientos en la mente de los discípulos! ¡Cuán justamente el acusador pudiera haber sido acusado! Aquel que lee los motivos de cada corazón y

entiende toda acción, pudo haber abierto ante los que estaban en la fiesta los capítulos obscuros de la vida de Judas. Podría haber desenmascarado la falsa pretensión sobre la cual el traidor basaba sus palabras; porque en vez de tener simpatía para con los pobres, él les robaba el dinero destinado a aliviarlos. Podría Cristo haber excitado la indignación contra él porque oprimía a la viuda, al huérfano y al asalariado. Pero si Cristo hubiese desenmascarado a Judas, esto se hubiera considerado como un motivo de la traición. Y aunque acusado de ser ladrón, Judas hubiera ganado simpatía hasta entre los discípulos. El Salvador no le censuró, y así evitó darle una excusa para traicionarle.

Pero la mirada que Jesús dirigió a Judas le convenció de que el Salvador discernía su hipocresía y leía su carácter vil y despreciable. Al elogiar la acción de María, que había sido tan severamente condenada, Cristo había censurado a Judas. Antes de eso, nunca le había hecho el Salvador un reproche directo. Ahora la reprensión había provocado resentimiento en su corazón y resolvió vengarse. De la cena fué directamente al palacio del sumo sacerdote, donde estaba reunido el concilio, y ofreció entregar a Jesús en sus manos.

Los sacerdotes se alegraron mucho. A estos dirigentes de Israel se les había dado el privilegio de recibir a Cristo como su Salvador, sin dinero y sin precio. Pero rechazaron el precioso don que les fué ofrecido con el más tierno espíritu de amor constrictivo. Rehusaron aceptar la salvación que es de más alto valor que el oro, y compraron a su Salvador por treinta piezas de plata.

Judas se había entregado a la avaricia hasta que ésta había subyugado todo buen rasgo de su carácter. Envidiaba la ofrenda hecha a Jesús. Su corazón estaba lleno de celos porque el Salvador había sido objeto de un don digno de los monarcas de la tierra. Por una cantidad muy inferior a la que costaba el vaso de ungüento, entregó a su Señor.

Los discípulos no se parecían a Judas. Ellos amaban al Salvador. Pero no apreciaban debidamente su exaltado carácter. Si hubiesen comprendido lo que él había hecho por ellos, hubieran sentido que nada que se le ofrendaba era malgastado. Los sabios del Oriente, que conocían tan poco de Jesús, habían

manifestado mejor aprecio del honor debido a él. Trajeron sus preciosos dones al Salvador, y se inclinaron en homenaje delante de él, cuando no era sino un niño y yacía en un pesebre.

Cristo apreciaba los actos de cortesía que brotaban del corazón. Cuando alguien le hacía un favor, lo bendecía con cortesía celestial. No rechazaba la flor más sencilla arrancada por la mano de un niño, que se la ofrecía con amor. Aceptaba las ofrendas de los niños, bendecía a los donantes e inscribía sus nombres en el libro de la vida. En las Escrituras, se menciona el ungimiento de Jesús por María para distinguirla de las otras Marías. Los actos de amor y reverencia para con Jesús son una evidencia de la fe en él como Hijo de Dios. Y el Espíritu Santo menciona, como evidencia de la lealtad de una mujer a Cristo: “Si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha seguido toda buena obra.”1 Timoteo 5:10.

Cristo se deleitó en el ardiente deseo de María de hacer bien a su Señor. Aceptó la abundancia del afecto puro mientras que sus discípulos no lo comprendieron ni quisieron comprenderlo. El deseo que María tenía de prestar este servicio a su Señor era de más valor para Cristo que todo el ungüento precioso del mundo, porque expresaba el aprecio de ella por el Redentor del mundo. El amor de Cristo la constreñía. Llenaba su alma la sin par excelencia del carácter de Cristo. Aquel ungüento era un símbolo del corazón de la donante. Era la demostración exterior de un amor alimentado por las corrientes celestiales hasta que desbordaba.

El acto de María era precisamente la lección que necesitaban los discípulos para mostrarles que la expresión de su amor a Cristo le alegraría. El había sido todo para ellos, y no comprendían que pronto serían privados de su presencia, que pronto no podrían ofrecerle prueba alguna de gratitud por su grande amor. La soledad de Cristo, separado de las cortes celestiales, viviendo la vida de los seres humanos, nunca fué comprendida ni apreciada por sus discípulos como debiera haberlo sido. El se apenaba a menudo porque sus discípulos nunca le daban lo que hubiera debido recibir de ellos. Sabía que si hubiesen estado bajo la influencia de los ángeles celestiales que le acompañaban, ellos también hubieran pensado

que ninguna ofrenda era de suficiente valor para manifestar el afecto espiritual del corazón.

Su comprensión posterior les dió una verdadera idea de las muchas cosas que hubieran podido hacer para expresar a Jesús el amor y la gratitud de sus corazones, mientras estaban junto a él. Cuando ya no estaba con ellos y se sintieron en verdad como ovejas sin pastor, empezaron a ver cómo hubieran podido hacerle atenciones que hubieran infundido alegría a su corazón. Ya no cargaron de reproches a María, sino a sí mismos. ¡Oh, si hubiesen podido recoger sus censuras, su presentación del pobre como más digno del don que Cristo! Sintieron el reproche agudamente cuando quitaron de la cruz el cuerpo magullado de su Señor.

La misma necesidad es evidente en nuestro mundo hoy. Son pocos los que aprecian todo lo que Cristo es para ellos. Si lo hicieran expresarían el gran amor de María, ofrendarían libremente el ungüento, y no lo considerarían un derroche. Nada tendrían por demasiado costoso para darlo a Cristo, ningún acto de abnegación o sacrificio personal les parecería demasiado grande para soportarlo por amor a él.

Las palabras dichas con indignación: “¿Por qué se pierde esto?” recordaron vívidamente a Cristo el mayor sacrificio jamás hecho: el don de sí mismo en propiciación por un mundo perdido. El Señor quería ser tan generoso con su familia humana que no pudiera decirse que él habría podido hacer más. En el don de Jesús, Dios dió el cielo entero. Desde el punto de vista humano, tal sacrificio era un derroche desenfrenado. Para el raciocinio humano, todo el plan de la salvación es un derroche de mercedes y recursos. Podemos ver abnegación y sacrificio sincero en todas partes. Bien pueden las huestes celestiales mirar con asombro a la familia humana que rehusa ser elevada y enriquecida con el infinito amor expresado en Cristo. Bien pueden ellas exclamar: ¿Por qué se hace este gran derroche?

Pero la propiciación para un mundo perdido había de ser plena, abundante y completa. La ofrenda de Cristo era sumamente abundante para enriquecer a toda alma que Dios había creado. No debía restringirse de modo que no excediera al número de los que aceptarían el gran Don. No todos los

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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