Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 491-494

externas de la escena que estaba delante de él, dijeron suavemente: “Mirad cómo le amaba.” Otros, tratando de sembrar incredulidad en el corazón de los presentes, decían con irrisión: “¿No podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriera?” Si Jesús era capaz de salvar a Lázaro, ¿por qué le dejó morir?

Con ojo profético, Cristo vió la enemistad de los fariseos y saduceos. Sabía que estaban premeditando su muerte. Sabía que algunos de los que ahora manifestaban aparentemente tanta simpatía, no tardarían en cerrarse la puerta de la esperanza y los portales de la ciudad de Dios. Estaba por producirse, en su humillación y crucifixión, una escena que traería como resultado la destrucción de Jerusalén, y en esa ocasión nadie lloraría los muertos. La retribución que iba a caer sobre Jerusalén quedó plenamente retratada delante de él. Vió a Jerusalén rodeada por las legiones romanas. Sabía que muchos de los que estaban llorando a Lázaro morirían en el sitio de la ciudad, y sin esperanza.

No lloró Cristo sólo por la escena que tenía delante de sí. Descansaba sobre él el peso de la tristeza de los siglos. Vió los terribles efectos de la transgresión de la ley de Dios. Vió que en la historia del mundo, empezando con la muerte de Abel, había existido sin cesar el conflicto entre lo bueno y lo malo. Mirando a través de los años venideros, vió los sufrimientos y el pesar, las lágrimas y la muerte que habían de ser la suerte de los hombres. Su corazón fué traspasado por el dolor de la familia humana de todos los siglos y de todos los países. Los ayes de la raza pecaminosa pesaban sobre su alma, y la fuente de sus lágrimas estalló mientras anhelaba aliviar toda su angustia.

“Y Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro.” Lázaro había sido puesto en una cueva rocosa, y una piedra maciza había sido puesta frente a la entrada. “Quitad la piedra,” dijo Cristo. Pensando que él deseaba tan sólo mirar al muerto, Marta objetó diciendo que el cuerpo había estado sepultado cuatro días y que la corrrupción había empezado ya su obra. Esta declaración, hecha antes de la resurrección de Lázaro, no dejó a los enemigos de Cristo lugar para decir que había subterfugio. En lo pasado, los fariseos habían

hecho circular falsas declaraciones acerca de las más maravillosas manifestaciones del poder de Dios. Cuando Cristo devolvió la vida a la hija de Jairo, había dicho: “La muchacha no es muerta, mas duerme.”Marcos 5:39. Como ella había estado enferma tan sólo un corto tiempo y fué resucitada inmediatamente después de su muerte, los fariseos declararon que la niña no había muerto; que Cristo mismo había dicho que estaba tan sólo dormida. Habían tratado de dar la impresión de que Cristo no podía sanar a los enfermos, que había engaños en sus milagros. Pero en este caso, nadie podía negar que Lázaro había muerto.

Cuando el Señor está por hacer una obra, Satanás induce a alguno a objetar. “Quitad la piedra,” dijo Cristo. En cuanto sea posible, preparad el camino para mi obra. Pero la naturaleza positiva y ambiciosa de Marta se manifestó. Ella no quería que el cuerpo ya en descomposición fuese expuesto a las miradas. El corazón humano es tardo para comprender las palabras de Cristo, y la fe de Marta no había asimilado el verdadero significado de su promesa.

Cristo reprendió a Marta, pero sus palabras fueron pronunciadas con la mayor amabilidad. “¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?” ¿Por qué habríais de dudar de mi poder? ¿Por qué razonar contrariamente a mis requerimientos? Tenéis mi palabra. Si queréis creer, veréis la gloria de Dios. Las imposibilidades naturales no pueden impedir la obra del Omnipotente. El escepticismo y la incredulidad no son humildad. La creencia implícita en la palabra de Cristo es verdadera humildad, verdadera entrega propia.

“Quitad la piedra.” Cristo podría haber ordenado a la piedra que se apartase, y habría obedecido a su voz. Podría haber ordenado a los ángeles que estaban a su lado que la sacasen. A su orden, manos invisibles habrían removido la piedra. Pero había de ser sacada por manos humanas. Así Cristo quería mostrar que la humanidad ha de cooperar con la divinidad. No se pide al poder divino que haga lo que el poder humano puede hacer. Dios no hace a un lado la ayuda del hombre. Le fortalece y coopera con él mientras emplea las facultades y capacidades que se le dan. La orden se cumplió. La piedra fué puesta a un lado. Todo fué hecho abierta y deliberadamente.

Se dió a todos oportunidad de ver que no había engaño. Allí estaba el cuerpo de Lázaro en su tumba rocosa, frío y silencioso en la muerte. Los clamores de los plañidores se acallan. Sorprendida y expectante, la congregación está alrededor del sepulcro, esperando lo que ha de seguir.

Sereno, Cristo está de pie delante de la tumba. Una solemnidad sagrada descansa sobre todos los presentes. Cristo se acerca aun más al sepulcro y, alzando los ojos al cielo, dice: “Padre, gracias te doy que me has oído.” No mucho tiempo antes de esto, los enemigos de Cristo le habían acusado de blasfemia y habían recogido piedras para arrojárselas porque aseveraba ser Hijo de Dios. Le acusaron de realizar milagros por el poder de Satanás. Pero aquí Cristo llama a Dios su Padre y con perfecta confianza declara que es Hijo de Dios.

En todo lo que hacía, Cristo cooperaba con su Padre. Siempre se esmeraba por hacer evidente que no realizaba su obra independientemente; era por la fe y la oración cómo hacía sus milagros. Cristo deseaba que todos conociesen su relación con su Padre. “Padre—dijo,—gracias te doy que me has oído. Que yo sabía que siempre me oyes; mas por causa de la compañía que está alrededor, lo dije, para que crean que tú me has enviado.” En esta ocasión, los discípulos y la gente iban a recibir la evidencia más convincente de la relación que existía entre Cristo y Dios. Se les había de demostrar que el aserto de Cristo no era una mentira.

“Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz: Lázaro, ven fuera.” Su voz, clara y penetrante, entra en los oídos del muerto. La divinidad fulgura a través de la humanidad. En su rostro, iluminado por la gloria de Dios, la gente ve la seguridad de su poder. Cada ojo está fijo en la entrada de la cueva. Cada oído está atento al menor sonido. Con interés intenso y doloroso, aguardan todos la prueba de la divinidad de Cristo, la evidencia que ha de comprobar su aserto de que es Hijo de Dios, o extinguir esa esperanza para siempre. Hay agitación en la tumba silenciosa, y el que estaba muerto se pone de pie a la puerta del sepulcro. Sus movimientos son trabados por el sudario en que fuera puesto, y Cristo dice a los espectadores asombrados: “Desatadle, y dejadle ir.” Vuelve a serles demostrado que el obrero humano ha de cooperar con Dios. La

humanidad ha de trabajar por la humanidad. Lázaro queda libre, y está de pie ante la congregación, no demacrado por la enfermedad, ni con miembros débiles y temblorosos, sino como un hombre en la flor de la vida, provisto de una noble virilidad. Sus ojos brillan de inteligencia y de amor por su Salvador. Se arroja a los pies de Jesús para adorarle.

Los espectadores quedan al principio mudos de asombro. Luego sigue una inefable escena de regocijo y agradecimiento. Las hermanas reciben a su hermano vuelto a la vida como el don de Dios, y con lágrimas de gozo expresan en forma entrecortada su agradecimiento al Salvador. Y mientras el hermano, las hermanas y los amigos se regocijan en esta reunión, Jesús se retira de la escena. Cuando buscan al Dador de la vida, no le pueden hallar.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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