Cristo El Camino

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Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 487-490

Si Cristo hubiese estado en la pieza del enfermo, Lázaro no habría muerto; porque Satanás no hubiera tenido poder sobre él. La muerte no podría haber lanzado su dardo contra Lázaro en presencia del Dador de la vida. Por lo tanto, Cristo permaneció lejos. Dejó que el enemigo ejerciese su poder, para luego hacerlo retroceder como enemigo vencido. Permitió que Lázaro pasase bajo el dominio de la muerte; y las hermanas apenadas vieron a su hermano puesto en la tumba. Cristo sabía que mientras mirasen el rostro muerto de su hermano, su fe en el Redentor sería probada severamente. Pero sabía que a causa de la lucha por la cual estaban pasando ahora, su fe resplandecería con fuerza mucho mayor. Permitió todos los dolores y penas que soportaron. Su tardanza no indicaba que las amase menos, pero sabía que para ellas, para Lázaro, para él mismo y para sus discípulos, había de ganarse una victoria.

“Por vosotros,” “para que creáis.” A todos los que tantean para sentir la mano guiadora de Dios, el momento de mayor desaliento es cuando más cerca está la ayuda divina. Mirarán atrás con agradecimiento, a la parte más obscura del camino. “Sabe el Señor librar de tentación a los píos.”2 Pedro 2:9. Salen de toda tentación y prueba con una fe más firme y una experiencia más rica.

Al demorar en venir a Lázaro, Jesús tenía un propósito de misericordia para con los que no le habían recibido. Tardó, a fin de que al resucitar a Lázaro pudiese dar a su pueblo obstinado e incrédulo, otra evidencia de que él era de veras “la resurrección y la vida.” Le costaba renunciar a toda esperanza con respecto a su pueblo, las pobres y extraviadas ovejas de la casa de Israel. Su impenitencia le partía el corazón. En su misericordia, se propuso darles una evidencia más de que era el Restaurador, el único que podía sacar a luz la vida y la inmortalidad. Había de ser una evidencia que los sacerdotes no podrían interpretar mal. Tal fué la razón de su demora en ir a Betania. Este milagro culminante, la resurrección de Lázaro, había de poner el sello de Dios sobre su obra y su pretensión a la divinidad.

En su viaje a Betania, Jesús, de acuerdo con su costumbre, atendió a los enfermos y menesterosos. Al llegar a la aldea, mandó un mensajero a las hermanas para avisarlas de su

llegada. Cristo no entró en seguida en la casa, sino que permaneció en un lugar tranquilo al lado del camino. La gran ostentación externa manifestada por los judíos en ocasión de la muerte de un deudo no estaba en armonía con el espíritu de Cristo. Oía los lamentos de los plañidores, y no quería encontrarse con las hermanas en medio de la confusión. Entre los que lloraban estaban los parientes de la familia, algunos de los cuales ocupaban altos puestos de responsabilidad en Jerusalén. Entre ellos se contaban algunos de los más acerbos enemigos de Cristo. El conocía su propósito y por lo tanto no se hizo conocer en seguida.

El mensaje fué dado a Marta con tanta reserva que las otras personas que estaban en la pieza no lo oyeron. Absorta en su pesar, María no oyó las palabras. Levantándose en seguida, Marta salió al encuentro de su Señor, pero pensando que ella había ido al sepulcro donde estaba Lázaro, María permaneció sumida silenciosamente en su pesar.

Marta se apresuró a ir al encuentro de Jesús, con el corazón agitado por encontradas emociones. En el rostro expresivo de él, leyó ella la misma ternura y amor que siempre había habido allí. Su confianza en él no había variado, pero recordaba a su amado hermano a quien Jesús también amaba. Con el pesar que brotaba de su corazón porque Cristo no había venido antes y, sin embargo, con la esperanza de que aun ahora podría hacer algo para consolarlas, dijo: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto.” Vez tras vez, en medio del tumulto creado por los plañidores, las hermanas habían repetido estas palabras.

Con compasión humana y divina, Jesús miró el rostro entristecido y acongojado de Marta. Esta no tenía deseo de relatar lo sucedido; todo estaba expresado por las palabras patéticas: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto.” Pero mirando aquel rostro lleno de amor, añadió: “Mas también sé ahora, que todo lo que pidieres de Dios, te dará Dios.”

Jesús animó su fe diciendo: “Resucitará tu hermano.” Su respuesta no estaba destinada a inspirar esperanza en un cambio inmediato. Dirigía el Señor los pensamientos de Marta más allá de la restauración actual de su hermano, y los fijaba en la

resurrección de los justos. Lo hizo para que pudiese ver en la resurrección de Lázaro una garantía de la resurrección de todos los justos y la seguridad de que sucedería por el poder del Salvador.

Marta contestó: “Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero.”

Tratando todavía de dar la verdadera dirección a su fe, Jesús declaró: “Yo soy la resurrección y la vida.” En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra. “El que tiene al Hijo, tiene la vida.”1 Juan 5:12. La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna. “El que cree en mí—dijo Jesús,—aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees eso?” Cristo miraba hacia adelante, a su segunda venida. Entonces los justos muertos serán resucitados incorruptibles, y los justos vivos serán trasladados al cielo sin ver la muerte. El milagro que Cristo estaba por realizar, al resucitar a Lázaro de los muertos, representaría la resurrección de todos los justos muertos. Por sus palabras y por sus obras, se declaró el Autor de la resurrección. El que iba a morir pronto en la cruz, estaba allí con las llaves de la muerte, vencedor del sepulcro, y aseveraba su derecho y poder para dar vida eterna.

A las palabras del Salvador: “¿Crees esto?” Marta respondió: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.” No comprendía en todo su significado las palabras dichas por Cristo, pero confesó su fe en su divinidad y su confianza de que él podía hacer cuanto le agradase.

“Y esto dicho, fuése, y llamó en secreto a María su hermana, diciendo: El Maestro está aquí y te llama.” Dió su mensaje en forma tan queda como le fué posible; porque los sacerdotes y príncipes estaban listos para arrestar a Jesús en cuanto se les ofreciese la oportunidad. Los clamores de las plañideras impidieron que las palabras de Marta fuesen oídas.

Al recibir el mensaje, María se levantó apresuradamente y con mirada y rostro anhelantes salió de la pieza. Pensando que iba al sepulcro a llorar, las plañideras la siguieron. Cuando llegó al lugar donde Jesús estaba, se postró a sus pies y dijo con labios temblorosos: “Señor, si hubieras estado aquí, no

fuera muerto mi hermano.” Los clamores de las plañideras eran dolorosos; y ella anhelaba poder cambiar algunas palabras tranquilas a solas con Jesús. Pero conocía la envidia y los celos que albergaban contra Cristo en su corazón algunos de los presentes, y se limitó a expresar su pesar.

“Jesús entonces, como la vió llorando, y a los judíos que habían venido juntamente con ella llorando, se conmovió en espíritu, y turbóse.” Leyó el corazón de todos los presentes. Veía que, en muchos, lo que pasaba como demostración de pesar era tan sólo fingimiento. Sabía que algunos de los del grupo, que manifestaban ahora un pesar hipócrita, estarían antes de mucho maquinando la muerte, no sólo del poderoso taumaturgo, sino del que iba a ser resucitado de los muertos. Cristo podría haberlos despojado de su falso pesar. Pero dominó su justa indignación. No pronunció las palabras que podría haber pronunciado con toda verdad, porque amaba a la que, arrodillada a sus pies con tristeza, creía verdaderamente en él.

“¿Dónde le pusisteis?—preguntó.—Dícenle: Señor, ven y ve.” Juntos se dirigieron a la tumba. Era una escena triste. Lázaro había sido muy querido, y sus hermanas le lloraban con corazones quebrantados, mientras que los que habían sido sus amigos mezclaban sus lágrimas con las de las hermanas enlutadas. A la vista de esta angustia humana, y por el hecho de que los amigos afligidos pudiesen llorar a sus muertos mientras el Salvador del mundo estaba al lado, “lloró Jesús.” Aunque era Hijo de Dios, había tomado sobre sí la naturaleza humana y le conmovía el pesar humano. Su corazón compasivo y tierno se conmueve siempre de simpatía hacia los dolientes. Llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan.

No era sólo por su simpatía humana hacia María y Marta por lo que Jesús lloró. En sus lágrimas había un pesar que superaba tanto al pesar humano como los cielos superan a la tierra. Cristo no lloraba por Lázaro, pues iba a sacarle de la tumba. Lloró porque muchos de los que estaban ahora llorando por Lázaro maquinarían pronto la muerte del que era la resurrección y la vida. Pero ¡cuán incapaces eran los judíos de interpretar debidamente sus lágrimas! Algunos que no podían ver como causa de su pesar sino las circunstancias

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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