Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 172
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Lectura bíblica
Mateo 16:1-12
Mateo 16:1-12
1 Se acercaron los fariseos y los saduceos, y para probarle le pidieron que les mostrase una señal del cielo. 2 Pero él les respondió diciendo: "Al atardecer decís: 'Hará buen tiempo, porque el cielo está enrojecido'; 3 y al amanecer decís: 'Hoy habrá tempestad, porque el cielo está enrojecido y sombrío.' Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no podéis discernir las señales de los tiempos. 4 Una generación malvada y adúltera pide señal, pero no le será dada ninguna señal, sino la señal de Jonás." Y dejándolos se fue. 5 Cuando los discípulos cruzaron a la otra orilla, se olvidaron de tomar consigo pan. 6 Entonces Jesús les dijo: --Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos. 7 Ellos discutían entre sí, diciendo: --Es porque no trajimos pan. 8 Pero como Jesús lo entendió, les dijo: --¿Por qué discutís entre vosotros que no tenéis pan, hombres de poca fe? 9 ¿Todavía no entendéis, ni os acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres, y cuántas canastas recogisteis? 10 ¿Ni tampoco de los siete panes para los cuatro mil y cuántas cestas recogisteis? 11 ¿Cómo es que no entendéis que no os hablé del pan? ¡Pero guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos! 12 Entonces entendieron que no les habló de guardarse de la levadura del pan, sino más bien de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 373-374
“Hipócritas—dijo Jesús,—que sabéis hacer diferencia en la faz del cielo”—pues estudiando el cielo podían predecir el tiempo;—“¿y en las señales de los tiempos no podéis?” Las palabras que Cristo pronunciaba con el poder del Espíritu Santo que los convencía de pecado eran la señal que Dios había dado para su salvación. Y habían sido dadas señales directas del cielo para atestiguar la misión de Cristo. El canto de los ángeles a los pastores, la estrella que guió a los magos, la paloma y la voz del cielo en ocasión de su bautismo, eran testimonios en su favor.
“Y gimiendo en su espíritu, dice: ¿Por qué pide señal esta generación?” “Mas señal no le será dada, sino la señal de Jonás profeta.” Como Jonás había estado tres días y tres noches en el vientre de la ballena, Cristo había de pasar el mismo tiempo “en el corazón de la tierra.” Y como la predicación de Jonás era una señal para los habitantes de Nínive, la predicación de Cristo era una señal para su generación. Pero, ¡qué contraste en la manera de recibir la palabra! Los habitantes de la gran ciudad pagana temblaron al oír la amonestación de Dios. Reyes y nobles se humillaron; encumbrados y humildes juntos clamaron al Dios del cielo, y su misericordia les fué concedida. “Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación—había dicho Cristo,—y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; y he aquí más que Jonás en este lugar.”Mateo 12:40, 41.
Cada milagro que Cristo realizaba era una señal de su divinidad. El estaba haciendo la obra que había sido predicha acerca del Mesías, pero para los fariseos estas obras de misericordia eran una ofensa positiva. Los dirigentes judíos miraban con despiadada indiferencia el sufrimiento humano. En muchos casos, su egoísmo y opresión habían causado la aflicción que Cristo aliviaba. Así que sus milagros les eran un reproche.
Lo que indujo a los judíos a rechazar la obra del Salvador era la más alta evidencia de su carácter divino. El mayor significado de sus milagros se ve en el hecho de que eran para bendición de la humanidad. La más alta evidencia de que él provenía de Dios estriba en que su vida revelaba el carácter de Dios. Hacía las obras y pronunciaba las palabras de Dios. Una vida tal es el mayor de todos los milagros.
Cuando se presenta el mensaje de verdad en nuestra época, son muchos los que, como los judíos, claman: Muéstrenos una señal. Realice un milagro. Cristo no ejecutó milagro a pedido de los fariseos. No hizo milagro en el desierto en respuesta a las insinuaciones de Satanás. No nos imparte poder para justificarnos a nosotros mismos o satisfacer las demandas de la incredulidad y el orgullo. Pero el Evangelio no queda sin una señal de su origen divino. ¿No es acaso un milagro que podamos libertarnos de la servidumbre de Satanás? La enemistad contra Satanás no es natural para el corazón humano; es implantada por la gracia de Dios. Cuando el que ha estado dominado por una voluntad terca y extraviada queda libertado y se entrega de todo corazón a la atracción de los agentes celestiales de Dios, se ha realizado un milagro; así también ocurre cuando un hombre que ha estado bajo un engaño poderoso, llega a comprender la verdad moral. Cada vez que un alma se convierte y aprende a amar a Dios y a guardar sus mandamientos, se cumple la promesa de Dios: “Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.”Ezequiel 36:26. El cambio verificado en los corazones humanos, la transformación del carácter humano, es un milagro que revela a un Salvador que vive eternamente y obra para rescatar a las almas. Una vida consecuente en Cristo es un gran milagro. En la predicación de la Palabra de Dios, la señal que debe manifestarse ahora y siempre es la presencia del Espíritu Santo para hacer de la Palabra un poder regenerador para quienes la oyen. Tal es el testimonio que de la divina misión de su Hijo Dios da ante al mundo.
Los que deseaban obtener una señal de Jesús habían endurecido de tal manera su corazón en la incredulidad que no discernían en el carácter de él la semejanza de Dios. No querían ver que su misión cumplía las Escrituras. En la parábola del rico y Lázaro, Jesús dijo a los fariseos: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos.”Lucas 16:31. Ninguna señal que se pudiese dar en el cielo o en la tierra los habría de beneficiar.
Jesús, “gimiendo en su espíritu,” y apartándose del grupo de caviladores, volvió al barco con sus discípulos. En silencio pesaroso, cruzaron de nuevo el lago. No regresaron, sin
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White