Cristo El Camino

Plan Encuentro 1 Día 113

Día 113 ▾
Aa
Tamaño Letra Tema

Lectura del libro

El Deseado de Todas las Gentes, páginas 262-264

mediación y el ministerio divinos; pero lección tras lección caía en los oídos de Judas sin que él le prestara atención.

Ninguna reprimenda viva por su avaricia le dirigió Jesús, sino que con paciencia divina soportó a ese hombre que estaba en error, al par que le daba evidencia de que leía en su corazón como en un libro abierto. Le presentó los más altos incentivos para hacer lo bueno, y al rechazar la luz del Cielo, Judas quedaría sin excusa.

En vez de andar en la luz, Judas prefirió conservar sus defectos. Albergó malos deseos, pasiones vengativas y pensamientos lóbregos y rencorosos, hasta que Satanás se posesionó plenamente de él. Judas llegó a ser un representante del enemigo de Cristo.

Cuando llegó a asociarse con Jesús, tenía algunos preciosos rasgos de carácter que podrían haber hecho de él una bendición para la iglesia. Si hubiese estado dispuesto a llevar el yugo de Cristo, podría haberse contado entre los principales apóstoles; pero endureció su corazón cuando le señalaron sus defectos, y con orgullo y rebelión prefirió sus egoístas ambiciones, y así se incapacitó para la obra que Dios quería darle.

Todos los discípulos tenían graves defectos cuando Jesús los llamó a su servicio. Aun Juan, quien vino a estar más íntimamente asociado con el manso y humilde Jesús, no era por naturaleza manso y sumiso. El y su hermano eran llamados “hijos del trueno.” Aun mientras andaba con Jesús, cualquier desprecio hecho a éste despertaba su indignación y espíritu combativo. En el discípulo amado, había mal genio, espíritu vengativo y de crítica. Era orgulloso y ambicionaba ocupar el primer puesto en el reino de Dios. Pero día tras día, en contraste con su propio espíritu violento, contempló la ternura y tolerancia de Jesús, y fué oyendo sus lecciones de humildad y paciencia. Abrió su corazón a la influencia divina y llegó a ser no solamente oidor sino hacedor de las obras del Salvador. Ocultó su personalidad en Cristo y aprendió a llevar el yugo y la carga de Cristo.

Jesús reprendía a sus discípulos. Los amonestaba y precavía; pero Juan y sus hermanos no le abandonaron; prefirieron quedar con Jesús a pesar de las reprensiones. El Salvador no se apartó de ellos por causa de sus debilidades y errores.

Ellos continuaron compartiendo hasta el fin sus pruebas y aprendiendo las lecciones de su vida. Contemplando a Cristo, llegó a transformarse su carácter.

En sus hábitos y temperamento, los apóstoles diferían grandemente. Entre ellos se contaba el publicano Leví Mateo y el zelote Simón, el intransigente enemigo de la autoridad de Roma; el generoso e impulsivo Pedro, y el ruin Judas; Tomás el fiel, aunque tímido y miedoso; Felipe, lento de corazón e inclinado a la duda, y los ambiciosos y jactanciosos hijos de Zebedeo, con sus hermanos. Estos fueron reunidos, con sus diferentes defectos, todos con tendencias al mal, heredadas y cultivadas; pero en Cristo y por su medio habían de habitar en la familia de Dios, aprendiendo a ser uno en fe, doctrina y espíritu. Iban a tener sus pruebas, sus agravios, sus diferencias de opinión; pero mientras Cristo habitase en el corazón de ellos, no habría disensión. Su amor los induciría a amarse unos a otros; las lecciones del Maestro harían armonizar todas las diferencias, poniendo a los discípulos en unidad hasta hacerlos de una mente y un mismo criterio. Cristo es el gran centro, y ellos se acercarían el uno al otro en la proporción en que se acercasen al centro.

Cuando Jesús hubo dado su instrucción a los discípulos congregó al pequeño grupo en derredor suyo, y arrodillándose en medio de ellos y poniendo sus manos sobre sus cabezas, ofreció una oración para dedicarlos a su obra sagrada. Así fueron ordenados al ministerio evangélico los discípulos del Señor.

Como representantes suyos entre los hombres, Cristo no elige ángeles que nunca cayeron, sino a seres humanos, hombres de pasiones iguales a las de aquellos a quienes tratan de salvar. Cristo mismo se revistió de la humanidad, para poder alcanzar a la humanidad. La divinidad necesitaba de la humanidad; porque se requería tanto lo divino como lo humano para traer la salvación al mundo. La divinidad necesitaba de la humanidad, para que ésta pudiese proporcionarle un medio de comunicación entre Dios y el hombre. Así sucede con los siervos y mensajeros de Cristo. El hombre necesita un poder exterior a sí mismo para restaurarle a la semejanza de Dios y habilitarle para hacer la obra de Dios; pero esto no hace que no sea esencial el agente humano. La humanidad hace

suyo el poder divino, Cristo mora en el corazón por la fe; y mediante la cooperación con lo divino el poder del hombre se hace eficiente para el bien.

El que llamó a los pescadores de Galilea está llamando todavía a los hombres a su servicio. Y está tan dispuesto a manifestar su poder por medio de nosotros como por los primeros discípulos. Por imperfectos y pecaminosos que seamos, el Señor nos ofrece asociarnos consigo, para que seamos aprendices de Cristo. Nos invita a ponernos bajo la instrucción divina para que unidos con Cristo podamos realizar las obras de Dios.

“Tenemos empero este tesoro en vasos de barro, para que la alteza del poder sea de Dios, y no de nosotros.”2 Corintios 4:7. Esta es la razón por la cual la predicación del Evangelio fué confiada a hombres sujetos a error más bien que a los ángeles. Es manifiesto que el poder que obra por la debilidad de la humanidad es el poder de Dios; y así se nos anima a creer que el poder que puede ayudar a otros tan débiles como nosotros puede ayudarnos a nosotros también. Y los que están sujetos a flaquezas deben poder compadecerse “de los ignorantes y extraviados.”Hebreos 5:2. Habiendo estado en peligro ellos mismos, conocen los riesgos y dificultades del camino, y por esta razón son llamados a buscar a los demás que están en igual peligro. Hay almas afligidas por la duda, cargadas de flaquezas, débiles en la fe e incapacitadas para comprender al Invisible; pero un amigo a quien pueden creer, que viene a ellos en lugar de Cristo, puede ser el vínculo que corrobore su temblorosa fe en Cristo.

Hemos de colaborar con los ángeles celestiales para presentar a Jesús al mundo. Con avidez casi impaciente, los ángeles aguardan nuestra cooperación; porque el hombre debe ser el medio de comunicación con el hombre. Y cuando nos entregamos a Cristo en una consagración de todo el corazón, los ángeles se regocijan de poder hablar por nuestras voces para revelar el amor de Dios.

El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

Abrir en su propia página