Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 103
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 238-239
Capítulo 28—Leví Mateo
Este capítulo está basado en Mateo 9:9-17; Marcos 2:14-22; Lucas 5:27-39.
Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran simplemente instrumentos de la opresión romana; cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían a expensas del pueblo. Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad.
A esta clase pertenecía Leví Mateo, quien, después de los cuatro discípulos de Genesaret, fué el siguiente en ser llamado al servicio de Cristo. Los fariseos habían juzgado a Mateo según su empleo, pero Jesús vió en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad. Mateo había escuchado la enseñanza del Salvador. En la medida en que el convincente Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que este gran maestro se fijaría en él.
Sentado en su garita de peaje un día, el publicano vió a Jesús que se acercaba. Grande fué su asombro al oírle decir: “Sígueme.”
Mateo, “dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió.” No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a cambiar por la pobreza y las penurias. Le bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su obra.
Así había sido con los discípulos antes llamados. Cuando Jesús invitó a Pedro y sus compañeros a seguirle, dejaron inmediatamente sus barcos y sus redes. Algunos de esos discípulos tenían deudos que dependían de ellos para su sostén, pero
cuando recibieron la invitación del Salvador, no vacilaron ni preguntaron: ¿Cómo viviré y sostendré mi familia? Fueron obedientes al llamamiento, y cuando más tarde Jesús les preguntó: “Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo?” pudieron responder: “Nada.”Lucas 22:35.
A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba, y cada uno hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas de peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para dedicarse a la obra del Evangelio. Así también es probada cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con Cristo.
Los buenos principios son siempre exigentes. Nadie puede tener éxito en el servicio de Dios a menos que todo su corazón esté en la obra, y tenga todas las cosas por pérdida frente a la excelencia del conocimiento de Cristo. Nadie que haga reserva alguna puede ser discípulo de Cristo, y mucho menos puede ser su colaborador. Cuando los hombres aprecien la gran salvación, se verá en su vida el sacrificio propio que se vió en la de Cristo. Se regocijarán en seguirle adondequiera que los guíe.
El llamamiento de Mateo al discipulado excitó gran indignación. Que un maestro religioso eligiese a un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa contra las costumbres religiosas, sociales y nacionales. Apelando a los prejuicios de la gente, los fariseos esperaban volver contra Jesús la corriente del sentimiento popular.
Se creó un extenso interés entre los publicanos. Su corazón fué atraído hacia el divino Maestro. En el gozo de su nuevo discipulado, Mateo anhelaba llevar a Jesús sus antiguos asociados. Por consiguiente, dió un banquete en su casa, y convocó a sus parientes y amigos. No sólo fueron incluídos los publicanos, sino también muchos otros de reputación dudosa, proscritos por sus vecinos más escrupulosos.
El agasajo fué dado en honor de Jesús, y él no vaciló en aceptar la cortesía. Bien sabía que ésta ofendería al partido farisaico y le comprometería a los ojos del pueblo. Pero ninguna cuestión de política podía influir en sus acciones. Para él
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White