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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 497-498

posición encumbrada, gobernantes a quienes el pueblo tenía derecho a considerar como consejeros y buenos ejemplos. Previendo la ruina que aguardaba a la nación si se dejaba subsistir ese mal, Nehemías razonó fervorosamente con los que lo cometían. Señalando el caso de Salomón, les recordó que entre todas las naciones no se había levantado un rey como él, a quien Dios hubiese dado tanta sabiduría; y sin embargo las mujeres idólatras habían apartado de Dios su corazón, y su ejemplo había corrompido a Israel. Nehemías preguntó severamente: “¿Obedeceremos a vosotros para cometer todo este mal tan grande?” “No daréis vuestras hijas a sus hijos, y no tomaréis de sus hijas para vuestros hijos, o para vosotros.”

Cuando les hubo presentado los mandatos y las amenazas de Dios, así como los terribles castigos que en lo pasado habían caído sobre Israel por ese preciso pecado, se les despertó la conciencia, y se inició una obra de reforma que desvió de ellos la ira de Dios y les atrajo su aprobación y bendición.

Algunos, que desempeñaban cargos sagrados rogaron por sus esposas paganas, declarando que no podían separarse de ellas. Pero no se hizo distinción alguna ni se respetaron la jerarquía ni los puestos. Cualquiera de los sacerdotes o gobernantes que rehusó cortar sus vínculos con los idólatras quedó inmediatamente separado del servicio del Señor. Un nieto del sumo sacerdote, casado con una hija del notorio Sambalat, no sólo fué destituído de su cargo sino prestamente desterrado de Israel. Nehemías oró así: “¡Acuérdate de ellos, oh Dios mío, en orden a sus profanaciones del sacerdocio, y del pacto del sacerdocio, y del de los levitas!” (V.M.)

Sólo el día del juicio revelará la angustia que sintió en su alma ese fiel obrero de Dios por tener que actuar con tanta severidad. Había que luchar constantemente contra elementos opositores; y sólo se lograba progresar con ayuno, humillación y oración.

Muchos de los que se habían casado con mujeres idólatras prefirieron acompañarlas en el destierro; y los tales,

juntamente con los que habían sido expulsados de la congregación, se unieron a los samaritanos. Allí los siguieron también algunos que habían ocupado altos cargos en la obra de Dios, y después de un tiempo echaron su suerte con ellos. Deseosos de fortalecer esta alianza, los samaritanos prometieron adoptar más plenamente la fe y las costumbres judaicas; y los apóstatas, resueltos a superar a los que antes fueron sus hermanos, erigieron un templo en el monte Gerizim, en oposición a la casa de Dios en Jerusalén. Su religión continuó siendo una mezcla de judaísmo y paganismo; y su aserto de ser el pueblo de Dios fué fuente de cisma, emulación y enemistad entre las dos naciones de generación en generación.

En la obra de reforma que debe ejecutarse hoy, se necesitan hombres que, como Esdras y Nehemías, no reconocerán paliativos ni excusas para el pecado, ni rehuirán de vindicar el honor de Dios. Aquellos sobre quienes recae el peso de esta obra no callarán cuando vean que se obra mal ni cubrirán a éste con un manto de falsa caridad. Recordarán que Dios no hace acepción de personas y que la severidad hacia unos pocos puede resultar en misericordia para muchos. Recordarán también que el que reprende el mal debe revelar siempre el espíritu de Cristo.

En su obra, Esdras y Nehemías se humillaron delante de Dios, confesaron sus pecados y los del pueblo, y pidieron perdón como si ellos mismos hubiesen sido los culpables. Con paciencia trabajaron, oraron y sufrieron. Lo que más dificultó su obra no fué la franca hostilidad de los paganos, sino la oposición secreta de los que se decían sus amigos, quienes, al prestar su influencia al servicio del mal, decuplicaban la carga de los siervos de Dios. Esos traidores proveían a los enemigos del Señor material para que guerreasen contra su pueblo. Sus malas pasiones y voluntades rebeldes estaban siempre en pugna con los claros requerimientos de Dios.

El éxito que acompañó los esfuerzos de Nehemías revela lo que lograrán la oración, la fe y la acción sabia y enérgica.

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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