Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 297
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Lectura bíblica
Nehemias 1, 2
Nehemias 1
1 Las palabras de Nehemías hijo de Hacalías: Sucedió en el mes de Quislev del año 20, estando yo en Susa la capital, 2 que Hanani, uno de mis hermanos, llegó de Judá, con algunos hombres. Les pregunté por los judíos que habían escapado, que habían quedado de la cautividad, y por Jerusalén. 3 Ellos me dijeron: "El remanente, los que han quedado de la cautividad allí en la provincia, está en gran dificultad y afrenta. La muralla de Jerusalén está derribada, y sus puertas quemadas a fuego." 4 Cuando escuché estas palabras, me senté, lloré e hice duelo por algunos días. Ayuné y oré delante del Dios de los cielos, 5 y dije: "Oh Jehovah, Dios de los cielos, Dios grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia para con los que le aman y guardan sus mandamientos: 6 Por favor, estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para escuchar la oración de tu siervo, que yo hago ahora delante de ti, de día y de noche, por los hijos de Israel, tus siervos. Confieso los pecados que los hijos de Israel hemos cometido contra ti. Sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. 7 Hemos actuado muy inicuamente contra ti y no hemos guardado los mandamientos, las leyes y los decretos que mandaste a tu siervo Moisés. 8 Acuérdate, por favor, de la palabra que mandaste a tu siervo Moisés, diciendo: 'Si sois infieles, yo os esparciré entre los pueblos. 9 Pero si os volvéis a mí, guardáis mis mandamientos y los ponéis por obra, aunque vuestros desterrados estén en el extremo de los cielos, de allí los reuniré y los traeré al lugar que escogí para hacer habitar allí mi nombre.' 10 Ellos son tus siervos y tu pueblo, a quienes redimiste con tu gran poder y con tu poderosa mano. 11 Oh Jehovah, por favor, esté atento tu oído a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos que quieren reverenciar tu nombre. Prospera, por favor, a tu siervo hoy, y concédele gracia ante aquel hombre." Entonces yo servía de copero al rey.
Nehemias 2
1 Sucedió en el mes de Nisán, en el año 20 del rey Artajerjes, que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y se lo di al rey. Y como yo no había estado antes triste en su presencia, 2 el rey me preguntó: --¿Por qué está triste tu rostro, ya que tú no estás enfermo? Esto no es otra cosa que quebranto de corazón. Entonces tuve muchísimo temor. 3 Y respondí al rey: --Viva el rey para siempre. ¿Cómo no estará triste mi rostro, cuando la ciudad donde están los sepulcros de mis padres está destruida, y sus puertas están consumidas por el fuego? 4 El rey me preguntó: --¿Qué es lo que pides? Entonces oré al Dios de los cielos 5 y respondí al rey: --Si le agrada al rey y si tu servidor es acepto delante de ti, envíame a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, para que yo la reedifique. 6 Entonces el rey (y la reina estaba sentada junto a él) me preguntó: --¿Hasta cuándo durará tu viaje, y cuándo volverás? Le agradó al rey enviarme, y le señalé un plazo. 7 Además dije al rey: --Si al rey le agrada, séanme dadas cartas para los gobernadores de la región de Más Allá del Río, para que me dejen pasar hasta que yo llegue a Judá; 8 y otra carta para Asaf, guarda de los bosques del rey, para que me dé madera para poner vigas a las puertas de la ciudadela del templo, para la muralla de la ciudad y para la casa donde yo estaré. El rey me lo concedió, pues la bondadosa mano de Dios estaba conmigo. 9 Entonces fui a los gobernadores de Más Allá del Río, y les entregué las cartas del rey. El rey había enviado conmigo jefes del ejército y jinetes. 10 Pero cuando lo oyeron Sanbalat el horonita y Tobías el siervo amonita, se disgustaron en extremo de que alguien viniese para procurar el bien de los hijos de Israel. 11 Llegué, pues, a Jerusalén; y después de estar allí tres días, 12 me levanté de noche, yo y unos cuantos hombres conmigo, sin declarar a nadie lo que mi Dios había puesto en mi corazón que hiciese por Jerusalén. No llevé conmigo animales, excepto aquel en que yo cabalgaba. 13 Salí de noche por la puerta del Valle hacia el manantial del Dragón y la puerta del Muladar, y examiné los muros de Jerusalén, que estaban derribados, y sus puertas, que estaban consumidas por el fuego. 14 Luego pasé hacia la puerta de la Fuente y el estanque del Rey, pero no había lugar por donde pasase el animal en que cabalgaba. 15 Subí de noche por el arroyo y examiné la muralla. Y de nuevo entré por la puerta del Valle, y regresé. 16 Los oficiales no sabían a dónde me había ido, ni qué había hecho, pues hasta entonces yo no lo había declarado a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los nobles, ni a los oficiales, ni a los demás que habían de hacer la obra. 17 Luego les dije: --Vosotros veis el mal estado en que nos encontramos: Jerusalén está destruida, y sus puertas están consumidas por el fuego. ¡Venid, reedifiquemos la muralla de Jerusalén, y no seamos más una afrenta! 18 Les declaré cómo la mano de mi Dios estaba conmigo para bien, y también las palabras que el rey me había dicho. Y ellos dijeron: --¡Levantémonos y edifiquemos! Entonces esforzaron sus manos para bien. 19 Pero cuando lo oyeron Sanbalat el horonita, Tobías el siervo amonita y Gesem el árabe, se burlaron de nosotros y nos menospreciaron. Preguntaron: --¿Qué es esto que estáis haciendo? ¿Os rebeláis contra el rey? 20 Les respondí diciendo: --El Dios de los cielos, él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y reedificaremos. Pero vosotros no tenéis ni parte, ni derecho, ni memoria en Jerusalén.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Profetas y Reyes, página 464
Capítulo 52—Un hombre oportuno
Este capítulo está basado en Nehemías 1, 2.
Nehemías, uno de los desterrados hebreos, ocupaba un cargo de influencia y honor en la corte de Persia. Como copero del rey, tenía libre acceso a la presencia real. En virtud de su puesto, y gracias a su capacidad y fidelidad, había llegado a ser amigo y consejero del rey. Sin embargo, y a pesar de gozar del favor real y de verse rodeado de pompa y esplendor, no olvidaba a su Dios ni a su pueblo. Con el más hondo interés, su corazón se volvía hacia Jerusalén y sus esperanzas y goces se vinculaban con la prosperidad de esa ciudad. Por medio de este hombre, al que la residencia en la corte persa había preparado para la obra a la cual se le iba a llamar, Dios se proponía bendecir a su pueblo en la tierra de sus padres.
Mediante mensajeros de Judea, el patriota hebreo había sabido que habían llegado días de prueba para Jerusalén, la ciudad escogida. Los desterrados que habían regresado sufrían aflicción y oprobio. Se habían reedificado el templo y porciones de la ciudad; pero la obra de restauración se veía estorbada, los servicios del templo eran perturbados, y el pueblo mantenido en constante alarma por el hecho de que las murallas de la ciudad permanecían mayormente en ruinas.
Abrumado de pesar, Nehemías no podía comer ni beber. Confiesa: “Lloré, y enlutéme por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.” Fielmente, confesó sus pecados y los pecados de su pueblo. Rogó a Dios que sostuviese la causa de Israel, que devolviese a su pueblo valor y fuerza y le ayudase a edificar los lugares asolados de Judá.
Mientras Nehemías oraba, se fortalecieron su fe y su valor.
Profetas y Reyes · Ellen G. White