Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 268
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 409-410
Cuando el rey vió las palabras que habían predicho, más de cien años antes que él naciera, la manera en que Babilonia sería tomada; cuando leyó el mensaje que le dirigía el Gobernante del universo: “Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste; para que se sepa desde el nacimiento del sol, y desde donde se pone, que no hay más que yo;” cuando tuvo delante de los ojos la declaración del Dios eterno: “Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; púsete sobrenombre, aunque no me conociste;” cuando leyó en el registro inspirado: “Yo lo desperté en justicia, y enderezaré todos sus caminos; él edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones” (Isaías 45:5, 6, 4, 13), su corazón quedó profundamente conmovido y resolvió cumplir la misión que Dios le había asignado. Dejaría ir libres a los cautivos judíos y les ayudaría a restaurar el templo de Jehová.
En una proclamación escrita que se publicó “por todo su reino,” Ciro dió a conocer su deseo de proveer para el regreso de los hebreos y para la reedificación de su templo. El rey reconoció con agradecimiento en esa proclamación pública: “Jehová Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalem, que está en Judá. ¿Quién hay entre vosotros de todo su pueblo? Sea Dios con él, y suba a Jerusalem, ... y edifique la casa a Jehová Dios de Israel, (él es el Dios,) la cual está en Jerusalem. Y a cualquiera que hubiere quedado de todos los lugares donde peregrinare, los hombres de su lugar le ayuden con plata, y oro, y hacienda, y con bestias; con dones voluntarios.” Esdras 1:1-4.
Indicó, además, acerca de la estructura del templo, “que fuese la casa edificada para lugar en que sacrifiquen sacrificios, y que sus paredes fuesen cubiertas; su altura de sesenta codos, y de sesenta codos su anchura; los órdenes, tres de piedra de mármol, y un orden de madera nueva; y que el gasto sea dado de la casa del rey. Y también los vasos de oro y de plata de la casa de Dios, que Nabucodonosor sacó del templo que estaba
en Jerusalem y los pasó a Babilonia, sean devueltos y vayan al templo que está en Jerusalem.” Esdras 6:3-5.
Llegaron noticias de este decreto hasta las provincias más lejanas de los dominios del rey, y por doquiera hubo gran regocijo entre los hijos de la dispersión. Muchos, como Daniel, habían estado estudiando las profecías, y habían estado rogando a Dios que interviniera en favor de Sión según lo había prometido. Y ahora sus oraciones recibían contestación; y con gozo en el corazón podían cantar unidos:
“Cuando Jehová hiciere tornar la cautividad de Sión,
seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se henchirá de risa,
y nuestra lengua de alabanza;
entonces dirán entre las gentes:
Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos.
Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros;
estaremos alegres.” Salmos 126:1-3.
“Entonces se levantaron los cabezas de las familias de Judá y de Benjamín, y los sacerdotes y Levitas, todos aquellos cuyo espíritu despertó Dios.” Tal fué el residuo de los buenos, a saber unas cincuenta mil personas de entre los judíos desterrados que resolvieron valerse de la admirable oportunidad que se les ofrecía para “subir a edificar la casa de Jehová, la cual está en Jerusalem.” Sus amigos no les permitieron irse con las manos vacías, pues “todos los que estaban en sus alrededores confortaron las manos de ellos con vasos de plata y de oro, con hacienda y bestias, y con cosas preciosas.” A estas y otras muchas ofrendas voluntarias, se añadieron “los vasos de la casa de Jehová, que Nabucodonosor había traspasado de Jerusalem. ... Sacólos pues Ciro rey de Persia, por mano de Mitrídates tesorero, ... cinco mil y cuatrocientos,” para que se usasen en el templo que iba a ser reedificado. Esdras 1:5-11.
A un descendiente del rey David, llamado Zorobabel [conocido también como Sheshbazzar], confió Ciro la responsabilidad de actuar como gobernador de la compañía que volvía a
Profetas y Reyes · Ellen G. White