Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 243
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 372-373
Dios era Rey de reyes y Señor de señores; ante ningún otro se postrarían.
A Nabucodonosor, entusiasmado por su triunfo, se le comunicó que entre sus súbditos había algunos que se atrevían a desobedecer su mandato. Ciertos sabios, celosos de los honores que se habían concedido a los fieles compañeros de Daniel, informaron al rey acerca de la flagrante violación de sus deseos. Exclamaron: “Rey, para siempre vive... Hay unos varones Judíos, los cuales pusiste tú sobre los negocios de la provincia de Babilonia; Sadrach, Mesach, y Abed-nego: estos varones, oh rey, no han hecho cuenta de ti; no adoran tus dioses, no adoran la estatua de oro que tú levantaste.”
El rey ordenó que esos hombres fuesen traídos delante de él. Preguntó: “¿Es verdad Sadrach, Mesach, y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?” Por medio de amenazas procuró inducirlos a unirse con la multitud. Señalando el horno de fuego, les recordó el castigo que los esperaba si persistían en su negativa a obedecer su voluntad. Pero con firmeza los hebreos atestiguaron su fidelidad al Dios del cielo, y su fe en su poder para librarlos. Todos comprendían que el acto de postrarse ante la imagen era un acto de culto. Y sólo a Dios podían ellos rendir un homenaje tal.
Mientras los tres hebreos estaban delante del rey, él se convenció de que poseían algo que no tenían los otros sabios de su reino. Habían sido fieles en el cumplimiento de todos sus deberes. Les daría otra oportunidad. Si tan sólo indicaban buena disposición a unirse con la multitud para adorar la imagen, les iría bien; pero “si no la adorareis—añadió,—en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo.” Y con la mano extendida hacia arriba en son de desafío, preguntó: “¿Qué dios será aquel que os libre de mis manos?”
Vanas fueron las amenazas del rey. No podía desviar a esos hombres de su fidelidad al Príncipe del universo. De la
historia de sus padres habían aprendido que la desobediencia a Dios resulta en deshonor, desastre y muerte; y que el temor de Jehová es el principio de la sabiduría, el fundamento de toda prosperidad verdadera. Mirando con calma el horno, dijeron: “No cuidamos de responderte sobre este negocio. He aquí nuestro Dios a quien honramos, puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.” Su fe quedó fortalecida cuando declararon que Dios sería glorificado libertándolos, y con una seguridad triunfante basada en una fe implícita en Dios, añadieron: “Y si no, sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos, ni tampoco honraremos la estatua que has levantado.”
La ira del rey no conoció límites. “Lleno de ira, ... demudóse la figura de su rostro sobre Sadrach, Mesach, y Abednego,” representantes de una raza despreciada y cautiva. Ordenando que se calentase el horno siete veces más que de costumbre, mandó a hombres fuertes de su ejército que atasen a los adoradores del Dios de Israel para ejecutarlos sumariamente.
“Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, y sus calzas, y sus turbantes, y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. Y porque la palabra del rey daba priesa, y había procurado que se encendiese mucho, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrach, Mesach, y Abed-nego.”
Pero el Señor no olvidó a los suyos. Cuando sus testigos fueron arrojados al horno, el Salvador se les reveló en persona, y juntos anduvieron en medio del fuego. En la presencia del Señor del calor y del frío, las llamas perdieron su poder de consumirlos.
Desde su solio real, el rey miraba esperando ver completamente destruidos a los hombres que le habían desafiado. Pero sus sentimientos de triunfo cambiaron repentinamente. Los nobles que estaban cerca vieron que su rostro palidecía mientras se levantaba del trono y miraba intensamente hacia las
Profetas y Reyes · Ellen G. White