Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 239
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, página 364
pueden enseñar al rey. Mas hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer a cabo de días.
“Tu sueño—declaró Daniel—y las visiones de tu cabeza sobre tu cama, es esto: Tú, oh rey, en tu cama subieron tus pensamientos por saber lo que había de ser en lo por venir; y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser. Y a mí ha sido revelado este misterio, no por sabiduría que en mí haya más que en todos los vivientes, sino para que yo notifique al rey la declaración, y que entendieses los pensamientos de tu corazón.
“Tú, oh rey, veías, y he aquí una grande imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de fino oro; sus pechos y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de metal; sus piernas de hierro; sus pies, en parte de hierro, y en parte de barro cocido.
“Estabas mirando, hasta que una piedra fué cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fué también desmenuzado el hierro, el barro cocido, el metal, la plata y el oro, y se tornaron como tamo de las eras del verano; y levantólos el viento, y nunca más se les halló lugar. Mas la piedra que hirió a la imagen, fué hecha un gran monte, que hinchió toda la tierra.
“Este es el sueño,” declaró confiadamente Daniel; y el rey, escuchando todo detalle con la más concentrada atención, reconoció que se trataba del mismo sueño que tanto le había perturbado. Su mente quedó así preparada para recibir favorablemente la interpretación. El Rey de reyes estaba por comunicar una gran verdad al monarca babilónico. Dios iba a revelarle que él ejerce el poder sobre los reinos del mundo, el poder de entronizar y de destronar a los reyes. La atención de Nabucodonosor fué despertada para que sintiera, si era posible, su responsabilidad para con el Cielo. Iban a serle
Profetas y Reyes · Ellen G. White