Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 157
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 252-253
Capítulo 29—Los embajadores de Babilonia
En medio de su próspero reinado, el rey Ezequías se vió repentinamente aquejado de una enfermedad fatal. Estaba “enfermo para morir,” y no había remedio para su caso en el poder humano. Parecía perdido el último vestigio de esperanza cuando el profeta Isaías se presentó ante él con el mensaje: “Jehová dice así: Ordena tu casa, porque tú morirás, y no vivirás.” Isaías 38:1.
La perspectiva parecía sombría en absoluto; y sin embargo podía el rey orar todavía a Aquel que había sido hasta entonces su “amparo y fortaleza,” su “pronto auxilio en las tribulaciones.” Salmos 46:1. Así que “volvió él su rostro a la pared, y oró a Jehová, y dijo: Ruégote, oh Jehová, ruégote hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad e íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezechías con gran lloro.” 2 Reyes 20:2, 3.
Desde los tiempos de David, no había reinado rey alguno que hubiese obrado tan poderosamente para la edificación del reino de Dios en un tiempo de apostasía y desaliento. El moribundo rey había servido fielmente a su Dios, y había fortalecido la confianza del pueblo en Jehová como su Gobernante supremo. Y, como David, podía ahora interceder así:
“Entre mi oración en tu presencia:
inclina tu oído a mi clamor.
Porque mi alma está harta de males,
y mi vida cercana al sepulcro.” Salmos 88:2, 3.
“Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza:
Seguridad mía desde mi juventud.
Por ti he sido sustentado.”
“No me deseches en el tiempo de la vejez.”
“Oh Dios, no te alejes de mí:
Dios mío, acude presto a mi socorro.”
“Oh Dios, no me desampares,
hasta que denuncie tu brazo a la posteridad,
tus valentías a todos los que han de venir.”
Aquel cuyas “compasiones nunca se acaban” (Lamentaciones 3:22 (VM)), oyó la oración de su siervo. “Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, fué palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Vuelve, y di a Ezechías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas: he aquí yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor de mí, y por amor de David mi siervo.” 2 Reyes 20:4-6.
El profeta volvió gozosamente con palabras de promesa y de esperanza. Ordenó que se pusiese una masa de higos sobre la parte enferma, y comunicó al rey el mensaje referente a la misericordia de Dios y su cuidado protector.
Como Moisés en la tierra de Madián, como Gedeón en presencia del mensajero celestial, como Eliseo antes de la ascensión de su maestro, Ezequías rogó que se le concediese alguna señal de que el mensaje provenía del cielo. Preguntó al profeta: “¿Qué señal tendré de que Jehová me sanará, y que subiré a la casa de Jehová al tercer día?”
El profeta contestó: “Esta señal tendrás de Jehová, de que hará Jehová esto que ha dicho: ¿Avanzará la sombra diez grados, o retrocederá diez grados? Y Ezechías respondió: Fácil cosa es que la sombra decline diez grados: pero, que la sombra vuelva atrás diez grados.”
Únicamente por intervención divina podía la sombra del cuadrante retroceder diez grados; y un suceso tal sería para Ezequías indicio de que el Señor había oído su oración. Por
Profetas y Reyes · Ellen G. White