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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 11-12

Introducción—La viña del señor

Cuando Dios llamó a Abrahán para que saliese de entre su parentela idólatra, y le invitó a que morase en la tierra de Canaán, lo hizo con el fin de otorgar los más ricos dones del Cielo a todos los pueblos de la tierra. “Haré de ti—le dijo—una nación grande, y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.”. Génesis 12:2. Abrahán recibió la alta distinción de ser padre del pueblo que durante siglos habría de custodiar y conservar la verdad de Dios para el mundo, el pueblo por medio del cual todas las naciones iban a ser bendecidas en el advenimiento del Mesías prometido.

Casi habían perdido los hombres el conocimiento del Dios verdadero. Sus intelectos estaban entenebrecidos por la idolatría. En lugar de los estatutos divinos, cada uno de los cuales es “santo, y justo, y bueno” (Romanos 7:12), procuraban substituir leyes en armonía con los designios de sus propios corazones crueles y egoístas. Sin embargo, en su misericordia, Dios no los raía de la existencia. Se proponía darles la oportunidad de conocerle mediante su iglesia. Quería que los principios revelados por su pueblo fuesen el medio de restaurar la imagen moral de Dios en el hombre.

La ley de Dios debía ser exaltada, su autoridad mantenida; y esta obra grande y noble fué confiada a la casa de Israel. Dios la separó del mundo para poder entregarle un cometido sagrado. La hizo depositaria de su ley y quiso conservar por su medio el conocimiento de sí mismo entre los hombres. Así debía brillar la luz del cielo sobre un mundo envuelto en tinieblas y debía oírse una voz que suplicara a todos los pueblos que se apartasen de la idolatría para servir al Dios viviente.

“Con gran fortaleza, y con mano fuerte” (Éxodo 32:11), Dios sacó a su pueblo elegido de la tierra de Egipto. “Envió a su siervo Moisés, y a Aarón al cual escogió. Pusieron en ellos las palabras de sus señales, y sus prodigios en la tierra de Cham.” “Y reprendió al mar Bermejo, y secólo; e hízoles ir por el abismo.”. Salmos 105:26, 27; 106:9. El los rescató de su condición servil, para poder llevarlos a una buena tierra, una tierra que había preparado en su providencia para que les sirviese de refugio que los protegiese de sus enemigos. Quería atraerlos a sí, y rodearlos con sus brazos eternos; y en reconocimiento de su bondad y misericordia, debían ellos exaltar su nombre y hacerlo glorioso en la tierra.

“Porque la parte de Jehová es su pueblo; Jacob la cuerda de su heredad. Hallólo en tierra de desierto, y en desierto horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, guardólo como la niña de su ojo. Como el águila despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas: Jehová solo le guió, que no hubo con él dios ajeno.”. Deuteronomio 32:9-12. De este modo acercó a sí a los israelitas, para que morasen como a la sombra del Altísimo. Milagrosamente protegidos de los peligros que arrostraron en su peregrinación por el desierto, quedaron finalmente establecidos en la tierra de promisión como nación favorecida.

Mediante una parábola, Isaías relató patéticamente cómo Dios llamó y preparó a Israel para que sus hijos se destacasen en el mundo como representantes de Jehová, fructíferos en toda buena obra:

“Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en un recuesto, lugar fértil. Habíala cercado, y despedregádola, y plantádola de vides escogidas: había edificado en medio de ella una torre, y también asentado un lagar en ella; y esperaba que llevase uvas.”. Isaías 5:1, 2.

Mediante la nación escogida, Dios había querido impartir bendiciones a toda la humanidad. “La viña de Jehová de los

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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