Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 98
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Lectura bíblica
Exodo 10
Exodo 10
1 Jehovah dijo a Moisés: --Ve al faraón, porque yo he endurecido su corazón y el corazón de sus servidores para manifestar entre ellos estas señales mías, 2 y para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto, las señales que yo hice en medio de ellos, para que sepáis que yo soy Jehovah. 3 Entonces Moisés y Aarón fueron al faraón y le dijeron: --Jehovah, el Dios de los hebreos, ha dicho así: "¿Hasta cuándo rehusarás humillarte ante mí? Deja ir a mi pueblo para que me sirva. 4 Si rehúsas dejarlo ir, he aquí mañana yo traeré la langosta a tu territorio; 5 y cubrirá la superficie de la tierra, de modo que ésta no pueda verse. Devorará el resto de lo que ha escapado, lo que os ha quedado del granizo. Devorará también todos los árboles que crecen en el campo. 6 Y llenará tus casas, las casas de tus servidores y las casas de todos los egipcios, como nunca vieron tus padres ni tus abuelos desde que existieron sobre la tierra, hasta el día de hoy." Moisés dio media vuelta y salió de la presencia del faraón. 7 Entonces los servidores del faraón le dijeron: --¿Hasta cuándo ha de sernos éste una trampa? Deja ir a esos hombres para que sirvan a Jehovah su Dios. ¿Todavía no te das cuenta de que Egipto está destruido? 8 Moisés y Aarón volvieron a ser traídos ante el faraón, quien les dijo: --Id y servid a Jehovah vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir? 9 Moisés respondió: --Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros ancianos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; hemos de ir con nuestras ovejas y con nuestras vacas, porque tendremos una fiesta de Jehovah. 10 Y él les dijo: --¡Sea Jehovah con vosotros, si yo os dejo ir a vosotros y a vuestros niños! ¡Ved cómo vuestras malas intenciones están a la vista! 11 ¡No será así! Id vosotros los varones y servid a Jehovah, pues esto es lo que vosotros habéis pedido. Y los echaron de la presencia del faraón. 12 Entonces Jehovah dijo a Moisés: --Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto, para que la langosta suba sobre la tierra de Egipto. Ella devorará toda la hierba de la tierra y todo lo que ha dejado el granizo. 13 Moisés extendió su vara sobre la tierra de Egipto, y Jehovah trajo un viento del oriente sobre el país, todo aquel día y toda aquella noche. Al amanecer, el viento del oriente trajo la langosta. 14 Esta subió sobre toda la tierra de Egipto y se posó muy densamente en todos los rincones del país. Nunca antes hubo tal plaga de langosta, ni la habrá después. 15 Cubrieron la superficie de toda la tierra, de modo que la tierra se oscureció. Devoraron toda la hierba de la tierra y todo el fruto de los árboles que había dejado el granizo. En toda la tierra de Egipto no quedó nada verde, ni en los árboles, ni en la hierba del campo. 16 Entonces el faraón hizo llamar apresuradamente a Moisés y a Aarón, y les dijo: --He pecado contra Jehovah vuestro Dios y contra vosotros. 17 Pero perdonad, por favor, mi pecado sólo una vez más y rogad a Jehovah vuestro Dios para que él aparte de mí solamente esta mortandad. 18 Moisés salió de la presencia del faraón y oró a Jehovah. 19 Jehovah hizo soplar un fortísimo viento del occidente que llevó la langosta y la arrojó al mar Rojo. Ni una sola langosta quedó en todo el territorio de Egipto. 20 Pero Jehovah endureció el corazón del faraón, y éste no dejó ir a los hijos de Israel. 21 Jehovah dijo a Moisés: --Extiende tu mano hacia el cielo para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tinieblas que hasta puedan ser palpadas. 22 Moisés extendió su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas por toda la tierra de Egipto, durante tres días. 23 No se podían ver unos a otros, ni nadie se movió de su lugar durante tres días. Pero todos los hijos de Israel tenían luz en sus moradas. 24 Luego el faraón hizo llamar a Moisés y le dijo: --Id y servid a Jehovah. Vayan también vuestros niños con vosotros. Solamente que sean dejadas vuestras ovejas y vuestras vacas. 25 Moisés respondió: --Entonces tú nos tendrás que dar animales para sacrificar y ofrecer en holocausto a Jehovah nuestro Dios. 26 ¡También nuestro ganado irá con nosotros! No quedará ni una pezuña de ellos, porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehovah nuestro Dios. No sabemos con qué hemos de servir a Jehovah, hasta que lleguemos allá. 27 Pero Jehovah endureció el corazón del faraón, y no quiso dejarlos ir. 28 Y el faraón dijo a Moisés: --¡Retírate de mi presencia! ¡Guárdate de volver a ver mi cara; porque el día en que veas mi cara, morirás! 29 Y Moisés respondió: --Bien has dicho. ¡Jamás volveré a ver tu cara!
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 232-234
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Capítulo 23—Las plagas de Egipto
Este capítulo está basado en Éxodo 5.
Después de recibir instrucciones de los ángeles, Aarón salió a recibir a su hermano, de quien había estado tanto tiempo separado. Se encontraron en las soledades del desierto cerca de Horeb. Allí conversaron, y “contó Moisés a Aarón todas las palabras de que le enviaba Jehová, y todas las señales que le había dado”. Juntos hicieron el viaje a Egipto; y cuando llegaron a la tierra de Gosén, procedieron a reunir a los ancianos de Israel. Aarón les explicó cómo Dios se había comunicado con Moisés, y este reveló al pueblo las señales que Dios le había dado. “El pueblo creyó, y al oír que Jehová había visitado a los hijos de Israel y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron”. Éxodo 4:28, 31.
A Moisés se le había dado también un mensaje para el rey. Los dos hermanos entraron en el palacio del faraón como embajadores del Rey de reyes, y hablaron en su nombre: “Jehová, el Dios de Israel, dice así: “Deja ir a mi pueblo para que me celebre una fiesta en el desierto””. Véase Éxodo 5-11.
“¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel”.
“Ellos dijeron: “El Dios de los hebreos se nos ha manifestado; iremos, pues, ahora, tres días de camino por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová, nuestro Dios, para que no venga sobre nosotros con peste o con espada””.
Ya el rey había oído hablar de ellos y del interés que estaban despertando entre el pueblo. Se encendió su ira y les dijo: “Moisés y Aarón, ¿por qué buscáis apartar al pueblo de su trabajo? Volved a vuestras tareas”. Ya el reino había sufrido una gran pérdida debido a la intervención de estos forasteros. Al pensar en ello, añadió: “Ahora que el pueblo de la tierra es numeroso, vosotros queréis apartarlo de sus tareas”.
Durante su esclavitud los israelitas habían perdido hasta cierto punto el conocimiento de la ley de Dios, y se habían apartado de sus preceptos. El sábado había sido despreciado por la generalidad, y las exigencias de los “comisarios de tributos” habían hecho imposible su observancia. Pero Moisés había mostrado a su pueblo que la obediencia a Dios era la primera condición para su liberación; y los esfuerzos hechos para restaurar la observancia del sábado habían llegado a los oídos de sus opresores (véase el Apéndice, nota 4).
El rey, lleno de ira, sospechaba que los israelitas tenían el propósito de rebelarse contra su servicio. El descontento era el resultado de la ociosidad; trataría de que no tuvieran tiempo para dedicarlo a proyectos peligrosos. Inmediatamente dictó medidas para hacer más severo su trabajo y aplastar el espíritu de independencia. El mismo día, ordenó hacer aun más cruel y opresiva su labor.
En aquel país el material de construcción más común eran los ladrillos secados al sol; las paredes de los mejores edificios se construían de este material, y luego se recubrían de piedra; y la fabricación de los ladrillos requería una gran cantidad de siervos. Como el barro se mezclaba con paja, para que se adhiriera bien, se requerían grandes cantidades de este último elemento; el rey ordenó ahora que no se suministrara más paja; que los obreros debían buscarla ellos mismos, y esto exigiéndoseles que fabricaran la misma cantidad de ladrillos.
Esta orden causó gran consternación entre los israelitas por todos los lugares del país. Los comisarios egipcios habían nombrado a capataces hebreos para dirigir el trabajo del pueblo, y estos capataces eran responsables de la producción de los que estaban bajo su cuidado.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White