Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 76
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 190-193
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Capítulo 20—José en Egipto
Este capítulo está basado en Génesis 39 y 41.
Mientras tanto, José y sus amos iban en camino hacia Egipto. Cuando la caravana marchaba hacia el sur, hacia las fronteras de Canaán, el joven pudo divisar a lo lejos las colinas entre las cuales se hallaban las tiendas de su padre. Lloró amargamente al pensar en la soledad y el dolor de aquel padre amoroso. Una vez más recordó la escena de Dotán. Vio a sus airados hermanos y sintió sus miradas furiosas dirigidas hacia él. Las punzantes e injuriosas palabras con que habían contestado a sus súplicas angustiosas todavía resonaban en sus oídos. Con el corazón palpitante pensaba en qué le reservaría el futuro. ¡Qué cambio de condición! ¡De hijo tiernamente querido había pasado a ser esclavo menospreciado y desamparado! Solo y sin amigos, ¿cuál sería su suerte en la extraña tierra adonde iba? Durante algún tiempo José se entregó al terror y al dolor sin poder dominarse.
Pero, en la providencia de Dios, aun esto había de ser una bendición para él. Aprendió en pocas horas, lo que
de otra manera le hubiera requerido muchos años. Por fuerte y tierno que hubiera sido el cariño de su padre, le había hecho daño por su parcialidad y complacencia. Aquella preferencia poco juiciosa había enfurecido a sus hermanos, y los había inducido a llevar a cabo el cruel acto que lo había alejado de su hogar. Sus efectos se manifestaban también en su propio carácter. En él se habían fomentado defectos que ahora debía corregir. Estaba comenzando a confiar en sí mismo y a ser exigente. Acostumbrado al tierno cuidado de su padre, no se sintió preparado para afrontar las dificultades que surgían ante él en la amarga y desamparada vida de extranjero y esclavo.
Entonces sus pensamientos se dirigieron al Dios de su padre. En su niñez se le había enseñado a amarlo y temerlo. A menudo, en la tienda de su padre, había escuchado la historia de la visión que Jacob había presenciado cuando huyó de su casa desterrado y fugitivo. Se le había hablado de las promesas que el Señor le hizo a Jacob, y de cómo se habían cumplido; cómo en la hora de necesidad, los ángeles habían venido a instruirlo, confortarlo y protegerlo. Y había comprendido el amor manifestado por Dios al proveer un Redentor para los hombres. Ahora, todas estas lecciones preciosas se presentaron vivamente ante él. José creyó que el Dios de sus padres sería su Dios. Entonces, allí mismo, se entregó por completo al Señor, y oró para pedir que el Guardián de Israel estuviera con él en el país adonde iba desterrado.
Su alma se conmovió y tomó la decisión de ser fiel a Dios y de actuar en cualquier circunstancia como convenía a un súbdito del Rey de los cielos. Serviría al Señor con corazón íntegro; afrontaría con toda fortaleza las pruebas que le deparara su suerte, y cumpliría todo deber con fidelidad. La experiencia de ese día fue el punto decisivo en la vida de José. Su terrible calamidad lo transformó de un niño mimado a un hombre reflexivo, valiente, y sereno.
Al llegar a Egipto, José fue vendido a Potifar, jefe de la guardia real, a cuyo servicio permaneció durante diez años. Allí estuvo expuesto a tentaciones extraordinarias. Estaba en medio de la idolatría. La adoración de dioses falsos estaba rodeada de toda la pompa de la realeza, sostenida por la riqueza y la cultura de la nación más civilizada de aquel entonces. No obstante, José conservó su sencillez y fidelidad a Dios. Las escenas y la seducción del vicio lo rodeaban por todas partes, pero él permaneció como quien no veía ni oía. No permitió que sus pensamientos se detuvieran en asuntos prohibidos. El deseo de ganarse el favor de los egipcios no pudo inducirlo a
ocultar sus principios. Si hubiera tratado de hacer esto, habría sido vencido por la tentación; pero no se avergonzó de la religión de sus padres, y no hizo ningún esfuerzo por esconder el hecho de que adoraba a Jehová.
“Pero Jehová estaba con José, quien llegó a ser un hombre próspero [...]. Vio su amo que Jehová estaba con él, que Jehová lo hacía prosperar en todas sus empresas”. La confianza de Potifar en José aumentaba diariamente, y por fin lo ascendió a mayordomo, con dominio completo sobre todas sus posesiones. “Él mismo dejó todo lo que tenía en manos de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía”. Véase Génesis 39-47.
La notable prosperidad que acompañaba a todo lo que se encargara a José no era resultado de un milagro directo, sino que su trabajo, su interés y su energía fueron coronados con la bendición divina. José atribuyó su éxito al favor de Dios, y hasta su amo idólatra aceptó eso como el secreto de su impresionante prosperidad. Sin embargo, sin sus esfuerzos constantes y bien dirigidos, nunca habría podido alcanzar tal éxito. Dios fue glorificado por la fidelidad de su siervo. Era el propósito divino que por la pureza y la rectitud, el creyente en Dios apareciera en marcado contraste con los idólatras, para que así la luz de la gracia celestial brille en medio de las tinieblas del paganismo.
La dulzura y la fidelidad de José cautivaron el corazón del jefe de la guardia real, que llegó a considerarlo más como un hijo que como un esclavo. El joven entró en contacto con personajes de alta posición y de sabiduría, y adquirió conocimientos de las ciencias, los idiomas y los negocios; educación necesaria para quien sería más tarde primer ministro de Egipto.
Pero la fe e integridad de José habían de acrisolarse mediante pruebas de fuego. La esposa de su amo trató de seducir al joven a violar la ley de Dios. Hasta entonces había permanecido sin mancharse con la maldad que abundaba en aquella tierra págana; pero ¿cómo enfrentaría esta tentación, tan repentina, tan fuerte, tan seductora? José sabía muy bien cuál sería el resultado de su resistencia. Por un lado había encubrimiento, favor y premios; por el otro, desgracia, prisión, y posiblemente la muerte. Toda su vida futura dependía de la decisión de ese momento. ¿Triunfarían los buenos principios? ¿Se mantendría fiel a Dios? Los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad.
La respuesta de José revela el poder de los principios religiosos. No quiso traicionar la confianza de su amo terrenal, sin importar las
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White