Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 67
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, página 177
Al ver a su hermano cojo y doliente, “Esaú corrió a su encuentro y, echándose sobre su cuello, lo abrazó y besó; los dos lloraron”. Génesis 33:4. Hasta los corazones de los rudos soldados de Esaú fueron conmovidos, cuando presenciaron esta escena. A pesar de que él les había relatado su sueño no podían explicarse el cambio que se había efectuado en su jefe. Aunque vieron la flaqueza del patriarca, nunca pensaron que esa debilidad se había convertido en su fuerza.
En la noche angustiosa pasada a orillas del Jaboc, cuando la muerte parecía inminente, Jacob había comprendido lo vano que es el auxilio humano, lo mal fundada que está toda confianza en el poder del hombre. Vio que su única ayuda había de venir de Aquel contra quien había pecado tan gravemente. Desamparado e indigno, invocó la divina promesa de misericordia hacia el pecador arrepentido. Aquella promesa era su garantía de que Dios lo perdonaría y aceptaría. Los cielos y la tierra habrían de perecer antes de que aquella palabra faltara, y esto fue lo que lo sostuvo durante aquella horrible lucha.
La experiencia de Jacob durante aquella noche de lucha y angustia representa la prueba que habrá de soportar el pueblo de Dios inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo. El profeta Jeremías, contemplando en santa visión nuestros días, dijo: “Así ha dicho Jehová: “¡Hemos oído gritos de terror y espanto! ¡No hay paz! [...] y que se han puesto pálidos todos los rostros. ¡Ah, cuán grande es aquel día! Tanto, que no hay otro semejante a él. Es un tiempo de angustia para Jacob, pero de ella será librado””. Jeremías 30:5-7.
Cuando Cristo acabe su obra mediadora en favor de la humanidad, entonces empezará ese tiempo de aflicción. Para ese momento la suerte de cada alma habrá sido decidida, y ya no habrá sangre expiatoria para limpiarnos del pecado. Cuando Cristo deje su posición de intercesor ante Dios, se anunciará solemnemente: “El que es injusto, sea injusto todavía; el que es impuro, sea impuro todavía; el que es justo, practique la justicia todavía, y el que es santo, santifíquese más todavía”. Apocalipsis 22:11. Entonces el Espíritu que reprime el mal se retirará de la tierra. Como Jacob estuvo bajo la amenaza de muerte de su airado hermano, así también el pueblo de Dios estará en peligro de los impíos que tratarán de destruirlo. Y como el patriarca luchó toda la noche pidiendo ser librado de la mano de Esaú, así clamarán los justos a Dios día y noche que los libre de los enemigos que los rodean.
Satanás había acusado a Jacob ante los ángeles de Dios, reclamando el derecho de destruirlo por su pecado; había incitado contra él a
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White