Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 722-725

irresoluto mientras que antes de su pecado había sido valiente y decidido. Había disminuido su influencia con el pueblo; y todo esto favorecía los designios de su hijo desnaturalizado.

Gracias a la influencia de Joab, Absalón fue nuevamente admitido en la presencia de su padre; pero aunque exteriormente hubo reconciliación, él continuó con sus proyectos ambiciosos. Asumió una condición casi de realeza, haciendo que carros y caballos, y cincuenta hombres, corrieran delante de él adonde quiera que iba. Y mientras que el rey se inclinaba cada vez más al deseo de retraimiento y soledad, Absalón buscaba con halagos el favor popular.

La influencia de la irresolución y apatía de David se extendía a sus subordinados; la negligencia y la dilación caracterizaban la administración de la justicia. Arteramente, Absalón sacaba ventaja de toda causa de desafecto. Día tras día, se podía ver a ese hombre de semblante noble a la puerta de la ciudad, donde una multitud de suplicantes aguardaba para presentarle sus agravios en procura de que fueran reparados. Absalón se rozaba con ellos, oía sus agravios, y expresaba cuánto se identificaba con ellos por sus sufrimientos y cuánto lamentaba la falta de eficiencia del gobierno. Después de escuchar la historia de un hombre de Israel, el príncipe respondía: “Mira, tus palabras son buenas y justas; pero no tienes quien te oiga de parte del rey. Y añadía Absalón: “¡Quién me pusiera por juez en el país, para que vinieran ante mí todos los que tienen pleito o negocio, y yo les haría justicia!”. Cuando alguno se acercaba para postrarse ante él, le tendía la mano, lo abrazaba y lo besaba”.

Fomentado por las arteras insinuaciones del príncipe, el descontento con el gobierno cundía rápidamente. Todos los labios alababan a Absalón. Se le tenía generalmente por heredero del trono; el pueblo lo consideraba con orgullo digno del alto puesto, y se encendió el deseo de que él ocupara el trono. “Así les robaba Absalón el corazón de los de Israel”. No obstante, el rey, cegado por el amor a su hijo, no sospechaba nada. La condición de realeza que Absalón había asumido era considerada por David como destinada a honrar su corte, como una expresión de júbilo por la reconciliación.

Una vez preparados los ánimos del pueblo para lo que había de seguir, Absalón envió secretamente entre las tribus a hombres escogidos, para que concertaran medidas tendientes a una revuelta. Adoptó entonces el manto de la devoción religiosa para ocultar sus propósitos traidores. Un voto que había hecho mucho tiempo antes, cuando estaba desterrado, debía cumplirse en Hebrón. Absalón dijo

al rey: “Te ruego que me permitas ir a Hebrón a pagar el voto que he prometido a Jehová. Porque cuando estaba en Gesur de Siria tu siervo hizo este voto: “Si Jehová me hace volver a Jerusalén, yo serviré a Jehová””. El padre cariñoso, consolado con esta evidencia de piedad en su hijo, lo despidió con su bendición.

La conspiración había madurado completamente. El acto culminante de hipocresía de Absalón tenía por objeto no solo cegar al rey, sino también afirmar la confianza del pueblo, y seguir incitándolo a la rebelión contra el rey que Dios había escogido.

Absalón salió para Hebrón, y fueron con él “doscientos hombres de Jerusalem por él convidados, los cuales iban inocentemente, sin saber nada”. Estos hombres fueron con Absalón sin soñar que su amor por el hijo los llevaba a la rebelión contra el padre. Al llegar a Hebrón, Absalón llamó inmediatamente a Ahitofel, uno de los principales consejeros de David, hombre de mucha fama por su sabiduría, cuya opinión era considerada tan segura y tan sabia como la de un oráculo. Ahitofel se unió a los conspiradores, y su apoyo hizo que pareciera asegurado el éxito de la causa de Absalón, y trajo a su estandarte a muchos hombres de influencia de todas partes del reino. Cuando la trompeta de la rebelión sonó, los espías que el príncipe tenía diseminados por todo el país difundieron la noticia de que Absalón era rey, y gran parte del pueblo se congregó alrededor de él.

Mientras tanto, la alarma se transmitió al rey en Jerusalén. David se despertó de repente, para ver estallar la rebelión cerca de su trono. Su propio hijo, al que amaba y en el cual confiaba, había estado conspirando para apoderarse de la corona e indudablemente para quitarle la vida. En su gran peligro, David sacudió la depresión que por tanto tiempo le había embargado, y con el ánimo de la juventud se preparó para hacer frente a esta terrible emergencia. Absalón estaba reuniendo sus fuerzas en Hebrón, a una distancia de solo treinta kilómetros. Pronto estarían los rebeldes a las puertas de Jerusalén.

Desde su palacio, David contemplaba su capital, “hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, [...] la ciudad del gran Rey”. Salmos 48:2. Lo estremecía el pensamiento de exponerla a la carnicería y a la devastación. ¿Debía llamar en su auxilio a los súbditos que seguían leales al trono, y resistir para conservar la capital? ¿Debía permitir que Jerusalén fuera bañada en sangre? Tomó su decisión. Los horrores de la guerra no caerían sobre la ciudad escogida.

Abandonaría Jerusalén, y luego probaría la fidelidad de su pueblo, dándole una oportunidad de reunirse para apoyarlo. En esta gran crisis, era su deber hacia Dios y hacia su pueblo mantener la autoridad de la cual el cielo lo había investido. Confiaría a Dios la resolución del conflicto.

Con humildad y dolor, David salió por la puerta de Jerusalén, alejado de su trono, de su palacio y del arca de Dios, por la insurrección de su hijo amado. El pueblo lo seguía en larga y triste procesión como un séquito fúnebre. Acompañaba al rey su guardia personal, compuesta de cereteos, peleteos y trescientos geteos de Gat bajo el mando de Itai. Pero David, con su altruísmo característico, no podía consentir que estos extranjeros, que habían buscado su protección, participaran en su calamidad. Expresó su sorpresa de que estuvieran dispuestos a hacer este sacrificio por él.

“Y dijo el rey a Itai, el geteo: “¿Para qué vienes tú también con nosotros? Vuelve y quédate con el rey, pues eres extranjero y estás desterrado también de tu lugar. Ayer viniste, ¿y voy a obligarte hoy a que andes con nosotros? En cuanto a mí, yo iré a donde pueda ir; tú vuélvete y haz volver a tus hermanos. ¡Que Jehová te muestre amor permanente y fidelidad!””.

Itai le contestó: “¡Vive Dios, y vive mi señor, el rey, que para muerte o para vida, donde esté mi señor, el rey, allí estará también tu siervo!” Estos hombres habían sido convertidos del paganismo al culto de Jehová, y ahora probaban noblemente su fidelidad a su Dios y a su rey. Con corazón agradecido, David aceptó la devoción de ellos en su causa que aparentemente se hundía, y todos cruzaron el arroyo de Cedrón, en camino hacia el desierto.

Nuevamente la procesión hizo alto. Una compañía vestida de indumentaria sagrada se aproximaba. “Iban también con él Sadoc y todos los levitas que llevaban el Arca del pacto de Dios”. Los que seguían a David vieron en esto un buen augurio. La presencia de aquel símbolo sagrado era para ellos una garantía de su liberación y de su victoria final. Inspiraría valor al pueblo para reunirse alrededor del rey. La ausencia del arca de Jerusalén infundiría terror a los partidarios de Absalón.

Al ver el arca, el corazón de David se llenó por un momento breve de regocijo y esperanza. Pero pronto le embargaron otros pensamientos. Como soberano designado para regir la herencia de Dios, le incumbía una solemne responsabilidad. Lo que más preocupaba al rey de Israel no eran sus intereses personales, sino la gloria de

Dios y el bienestar de su pueblo. Dios, que moraba entre los querubines, había dicho con respecto a Jerusalén: “Este es para siempre el lugar de mi reposo” (Salmos 132:14), y sin autorización divina, ni los sacerdotes ni el rey tenían derecho a remover de su lugar el símbolo de su presencia. Y David sabía que su corazón y su vida debían estar en armonía con los preceptos divinos; de lo contrario el arca sería un instrumento de desastre antes que de éxito. Recordaba siempre su gran pecado. Reconocía en esta conspiración el justo castigo de Dios. Había sido desenvainada la espada que no había de apartarse de su casa. Ignoraba cuáles serían los resultados de la lucha; y no le tocaba a él quitar de la capital de la nación los sagrados estatutos que representaban la voluntad del Soberano divino de ella, y que eran la constitución del reino y el fundamento de su prosperidad.

Ordenó a Sadoc: “Vuelve el arca de Dios a la ciudad; que si yo hallare gracia en los ojos de Jehová, él me volverá, y me hará ver a ella y a su tabernáculo: y si dijere: No me agradas: aquí estoy, haga de mí lo que bien le pareciere”.

David agregó: “¿No eres tú el vidente?” Es decir un hombre designado por Dios para instruir al pueblo. “Vuelve en paz a la ciudad y vuelvan con vosotros vuestros dos hijos: Ahimaas, tu hijo, y Jonatán hijo de Abiatar. Mirad, yo me detendré en los llanos del desierto, hasta que llegue una respuesta de vosotros que me traiga noticias”. En la ciudad los sacerdotes podrían prestarle buenos servicios averiguando todos los movimientos y propósitos de los rebeldes y comunicándolos secretamente al rey por medio de sus hijos, Ahimaas y Jonatán.

Al regresar los sacerdotes a Jerusalén, una sombra más densa cayó sobre la muchedumbre en retirada. Al ver a su rey fugitivo, y a sí misma desterrada y abandonada por el arca de Dios, le pareció el futuro oscuro y cargado de terror y negros presentimientos. “David subió la cuesta de los Olivos, e iba llorando, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Todo el pueblo que traía consigo cubrió también cada uno su cabeza, e iban llorando mientras subían.

“Dieron aviso entonces a David diciendo: “Ahitofel está entre los que conspiraron con Absalón””. Nuevamente, David se vio obligado a reconocer en sus calamidades los resultados de su propio pecado. La deserción de Ahitofel, el más capaz y astuto de los dirigentes políticos, fue motivada por un deseo de vengar el deshonor de familia entrañado en el agravio hecho a Betsabé, que era su nieta. “Y David exclamó: “¡Entorpece ahora, oh Jehová, el consejo de Ahitofel!””.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

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