Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 338
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 703-705
intenciones. Escuchando a sus consejeros, Hanún consideró a los mensajeros de David como espías, y los abrumó con desprecios e insultos. A los amonitas se les permitió ejecutar sin restricción los malos designios de su corazón, para que su verdadero carácter sea revelado a David. Dios no quería que Israel se coligara con ese pueblo pagano y pérfido.
En los tiempos antiguos, como ahora, el cargo de embajador era considerado sagrado. De conformidad con el derecho universal de las naciones, aseguraba protección contra la violencia y los insultos personales. El embajador era representante de su soberano, y cualquier indignidad que se le infligiera exigía prontas represalias. Sabiendo los amonitas que el insulto hecho a Israel sería seguramente vengado, hicieron preparativos para la guerra. “Al ver los hijos de Amón que se habían hecho odiosos a David, Hanún y los hijos de Amón enviaron mil talentos de plata para tomar a sueldo carros y gente de a caballo de Mesopotamia, de Siria, de Maaca y de Soba. Y tomaron a sueldo treinta y dos mil carros [...]. Y se reunieron también los hijos de Amón en sus ciudades y acudieron a la guerra”. 1 Crónicas 19:6, 7.
Era en verdad una alianza formidable. Los habitantes de la región situada entre el río Eufrates y el Mediterráneo habían hecho una liga con los amonitas. Había al norte y al este de Canaán enemigos armados, unidos para aplastar a Israel.
Los hebreos no esperaron que fuera invadido su país. Sus fuerzas, bajo el mando de Joab, cruzaron el Jordán y avanzaron hacia la capital amonita. Mientras el capitán hebreo dirigía su ejército al campo, procuró alentarlo para el conflicto, diciéndole: “Esfuérzate, y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le parezca”. Vers. 13. Las fuerzas unidas de los aliados fueron vencidas en el primer encuentro. Pero aun no estaban dispuestas a renunciar a la lucha, y el año siguiente reanudaron la guerra. El rey de Siria reunió sus fuerzas, y amenazó a Israel con un ejército enorme. David, dándose cuenta de cuánto dependía del resultado de esta lucha, se encargó personalmente de la campaña, y por la bendición de Dios infligió a los aliados una derrota tan desastrosa que los sirios, desde el Líbano hasta el Eufrates, no solo renunciaron a la guerra, sino que pagaron tributo a Israel. David prosiguió con vigor la guerra contra Amón, hasta que cayeron sus fortalezas y toda la región quedó bajo el dominio de Israel.
Los peligros que habían amenazado a la nación con la destrucción total, resultaron, mediante la providencia de Dios, en medios
de llevarla a una grandeza sin precedente. Al conmemorar sus notorios libramientos, David cantó así:
“¡Viva Jehová y bendita sea mi roca!
Y enaltecido sea el Dios de mi salvación,
el Dios que venga mis agravios
y somete pueblos debajo de mí,
el que me libra de mis enemigos
e incluso me eleva sobre los que se levantan contra mí.
Me libraste de hombre violento.
Por tanto yo te confesaré entre las naciones,
Jehová, y cantaré a tu nombre.
Grandes triunfos da a su rey
y hace misericordia a su ungido,
a David y a su descendencia para siempre”.
Y mediante los cantos de David se repetía al pueblo el pensamiento de que Jehová era su fortaleza y su libertador:
“El rey no se salva por la multitud del ejército
ni escapa el valiente por la mucha fuerza.
Vano para salvarse es el caballo;
la grandeza de su fuerza a nadie podrá librar”.
“Tú, Dios, eres mi rey; ¡manda salvación a Jacob!
Por medio de ti sacudiremos a nuestros enemigos;
en tu nombre hollaremos a nuestros adversarios,
porque no confiaré en mi arco ni mi espada me salvará,
pues tú nos has guardado de nuestros enemigos,
has avergonzado a los que nos aborrecían”.
“Estos confían en carros, y aquellos en caballos;
mas nosotros del nombre de Jehová,
nuestro Dios, haremos memoria”. Salmos 33:16, 17; 44:4-7; 20:7.
El reino de Israel había alcanzado ahora en extensión el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham, y repetida después a Moisés: “A tu simiente daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates”. Génesis 15:18; Deuteronomio 11:22-25. Israel
se había convertido en una nación poderosa, respetada y temida de los pueblos vecinos. En su propio reino, el poder de David se había hecho muy grande. Gozaba de los afectos y de la lealtad de su pueblo como muy pocos soberanos, de cualquier época, los han podido gozar. Había honrado a Dios, y ahora Dios lo honraba a él.
Pero en medio de la prosperidad acechaba el peligro. En la época de mayor triunfo exterior, David estaba en el mayor de los peligros, y sufrió la derrota más humillante de su vida.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White