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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 686-689

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Capítulo 69—David llevado al trono

Este capítulo está basado en 2 Samuel 2 a 5:5.

La muerte de Saúl eliminó los peligros que habían obligado a David a permanecer en el destierro. Ya no había nada que le impidiera volver a su tierra. Cuando terminaron los días de luto por la muerte de Saúl y Jonatán, “David consultó a Jehová diciendo: “¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá?” Jehová le respondió: “Sube”. David volvió a preguntar: “¿A dónde subiré?” “A Hebrón””. Véase 2 Samuel 2-4; 5:1-10.

Hebrón se hallaba a unos treinta kilómetros al norte de Beer-seba, y como a medio camino entre esa ciudad y el sitio futuro de Jerusalén. Originalmente se la llamaba Kiriat-Arba, “ciudad de Arba”, padre de Anac. Más tarde fue llamada Mamré, y era el sitio donde estaban sepultados los patriarcas, en “la cueva de Macpela”. Hebrón había sido posesión de Caleb, y era ahora la ciudad principal de Judá. Estaba situada en un valle rodeado de fértiles colinas y tierras fructíferas. Los viñedos más hermosos de Palestina se encontraban en sus linderos, así como también muchos olivares y plantaciones de árboles frutales.

David y sus compañeros se dispusieron inmediatamente a obedecer las instrucciones que habían recibido de Dios. Pronto los seiscientos hombres armados, con sus esposas e hijos, sus rebaños y manadas, estaban en camino hacia Hebrón. Al entrar la caravana en la ciudad, los hombres de Judá la aguardaban para dar la bienvenida a David y saludarlo como al futuro rey de Israel. En seguida se hicieron arreglos para su coronación. “Y ungieron allí a David por rey sobre la casa de Judá”. Pero no se hizo ningún esfuerzo para establecer su autoridad por medio de la fuerza sobre las otras tribus.

Uno de los primeros actos del monarca recién coronado consistió en expresar su tierna consideración y afecto por la memoria de Saúl y Jonatán. Al saber del acto heroico de los hombres de Jabes de Galaad, que habían rescatado los cuerpos de los jefes caídos en la batalla y les habían dado sepultura honorable, David envió a Jabes una embajada con el siguiente mensaje: “Benditos seáis vosotros de Jehová, por haber hecho esta obra de misericordia con vuestro señor, con Saúl, dándole sepultura. Ahora, pues, que Jehová os trate con misericordia y verdad. También yo os trataré bien por esto que habéis hecho”. Anunció luego su ascensión al trono de Judá, y solicitó la lealtad de quienes habían demostrado tanta sinceridad.

Los filisteos no se opusieron al acuerdo de Judá para hacer rey a David. Le habían manifestado amistad cuando estaba desterrado, para molestar y debilitar el reino de Saúl, y ahora esperaban que, gracias a la bondad que habían mostrado a David, los beneficiaría la extensión de su poder. Pero el reinado de David no había de ser exento de dificultades. Con su coronación empezaron los anales negros de la conspiración y de la rebelión. David no se sentó en el trono como traidor; Dios lo había escogido para ser rey de Israel, y no había dado ocasión para la desconfianza o la oposición. Sin embargo, apenas reconocieron su autoridad los hombres de Judá, cuando bajo la influencia de Abner, Is-boset, el hijo de Saúl, fue proclamado rey, y se estableció un trono rival en Israel.

Is-boset no era sino un débil e incompetente representante de la casa de Saúl, en tanto que David era preeminentemente capacitado para desempeñar las responsabilidades del reino. Abner, el principal instrumento de la elevación de Is-boset al poder regio, había sido comandante en jefe del ejército de Saúl, y era el hombre más distinguido de Israel. Abner sabía que David había sido designado por el Señor para ocupar el trono de Israel, pero como lo había buscado

y perseguido por tanto tiempo, no quería ahora que el hijo de Isaí sucediera en el reino que Saúl había gobernado.

Las circunstancias que rodeaban a Abner sirvieron para desenmascarar su verdadero carácter, y revelaron que era ambicioso y falto de principios. Había estado vinculado estrechamente con Saúl, y en él había influido el espíritu del rey para hacerle despreciar al hombre que Dios había escogido para que gobernara a Israel. El odio que le tenía había aumentado por el mordaz reproche que David le había dirigido cuando quitó del lado de Saúl el jarro de agua y la lanza del rey, mientras éste dormía en su campamento. Recordaba cómo David había gritado a oídos del rey y del pueblo de Israel: “¿No eres tú un hombre? ¿Quién hay como tú en Israel? ¿Por qué, pues, no has guardado al rey tu señor? [...] Esto que has hecho no está bien. ¡Vive Jehová!, que sois dignos de muerte, porque no habéis guardado a vuestro señor, al ungido de Jehová”. 1 Samuel 26:15, 16. Este reproche se había clavado en su pecho; decidió llevar a cabo sus propósitos de venganza, y crear una división en Israel que pudiera exaltarle. Se valió de los representantes del monarca fallecido para fomentar sus ambiciones y fines egoístas. Sabía que el pueblo amaba a Jonatán, que se le recordaba con afecto, y las primeras campañas victoriosas de Saúl no habían sido olvidadas por el ejército. Con una decisión digna de una causa mejor, este jefe rebelde siguió adelante con sus planes.

Como residencia real, eligió Mahanaim, localidad situada al otro lado del Jordán, porque ofrecía más seguridad contra un ataque de parte de David o los filisteos. Allí se realizó la coronación de Is-boset. Su reinado fue aceptado primeramente por las tribus del este del Jordán, y se extendió finalmente por toda la tierra de Israel a excepción de Judá. Durante dos años el hijo de Saúl gozó de los honores reales en su capital aislada. Pero Abner, decidido a extender su poder sobre todo Israel, preparó una guerra de agresión. “Hubo una larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David; pero David se iba fortaleciendo, mientras que la casa de Saúl se iba debilitando”. 2 Samuel 3:1.

Por último, la perfidia derrocó el trono que la malicia y la ambición habían establecido. Abner, indignado contra la debilidad y la incompetencia de Is-boset, desertó y se pasó a las filas de David, con el ofrecimiento de traerle todas las tribus de Israel. Las propuestas que hizo Abner fueron aceptadas por el rey, quien lo despachó con honor para que llevara a cabo su propósito. Pero el favorable recibimiento de un guerrero tan valiente y tan famoso despertó los

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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