Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 586-589

contaminada por el prejuicio o el orgullo humanos. En ella se registran las luchas, las derrotas y las victorias de los mayores hombres que el mundo haya conocido jamás. En ella se desarrollan los grandes problemas del deber y del destino. Se levanta la cortina que separa el mundo visible del mundo invisible, y presenciamos el conflicto de las fuerzas encontradas del bien y del mal, desde la primera entrada del pecado hasta el triunfo final de la justicia y de la verdad; y todo ello no es sino una revelación del carácter de Dios.

En la contemplación reverente de las verdades presentadas en su Palabra, la mente del estudiante entra en comunión con la Mente infinita. Un estudio semejante no solo purifica y ennoblece el carácter, sino que inevitablemente amplía y fortalece las facultades mentales.

Las enseñanzas de la Biblia influyen en forma vital sobre la prosperidad del hombre en todas las relaciones de esta vida. Desarrolla los principios que son la base de la prosperidad de una nación, principios vinculados con el bienestar de la sociedad y que son la salvaguardia de la familia, principios sin los cuales ningún hombre puede alcanzar utilidad, felicidad u honra en esta vida, ni asegurarse la vida futura inmortal. No hay posición alguna en esta vida, ni fase alguna de la experiencia humana para la cual la enseñanza de la Biblia no constituya una preparación indispensable. Si se estudiara la Palabra de Dios y se la obedeciera, daría al mundo hombres de intelecto más enérgico y activo que cuantos puede producir la mayor aplicación al estudio de todas las materias abarcadas por la filosofía humana. Produciría hombres fuertes y firmes de carácter, de entendimiento agudo y sano juicio, hombres que glorificarían a Dios y beneficiarían al mundo.

Por el estudio de las ciencias también hemos de obtener un conocimiento del Creador. Toda ciencia verdadera no es más que una interpretación de lo que Dios ha escrito en el mundo material. Lo único que hace la ciencia es obtener de sus investigaciones nuevos testimonios de la sabiduría y del poder de Dios. Si se los comprende bien, tanto el libro de la naturaleza como la Palabra escrita nos hacen conocer a Dios al enseñarnos algo de las leyes sabias y benéficas por medio de las cuales él obra.

Se debe guiar al estudiante a ver a Dios en todas las obras de la creación. Los maestros deben imitar el ejemplo del gran Maestro, quien de las escenas familiares de la naturaleza sacaba ilustraciones que simplificaban sus enseñanzas y las grababan más

profundamente en los corazones de sus oyentes. Los pájaros que gorjeaban en las ramas frondosas, las flores del valle, los soberbios árboles, las tierras fructíferas, el cereal que germinaba, el suelo árido, el sol poniente que doraba los cielos con sus rayos, todo servía como medio de enseñanza. Él relacionaba las obras visibles del Creador con las palabras de vida que pronunciaba, para que cada vez que estos objetos se presentaran a los ojos de sus oyentes, estos recordaran las lecciones de verdad con las cuales las había vinculado.

El sello de la Deidad, manifestado en las páginas de la revelación, se ve en las altas montañas, los valles fructíferos, y en el ancho y profundo océano. Las cosas de la naturaleza hablan al hombre del amor de su Creador. Por señas innumerables en el cielo y en la tierra, nos ha unido consigo. Este mundo no consiste solo en tristeza y miseria. “Dios es amor”, está escrito en cada capullo que se abre, en los pétalos de toda flor y en cada tallo de hierba. Aunque la maldición del pecado ha hecho que la tierra produzca espinas y cardos, hay flores en los cardos, y las espinas son ocultadas por las rosas. Todas las cosas de la naturaleza dan testimonio del cuidado tierno y paternal de nuestro Dios, y su deseo de hacer felices a sus hijos. Sus prohibiciones y mandamientos no se destinan solamente a mostrar su autoridad, sino que en todo lo que hace, procura el bienestar de sus hijos. No exige que ellos renuncien a nada que les convendría guardar.

La opinión prevaleciente en algunas clases de la sociedad, de que la religión no favorece el logro de la salud o de la felicidad en esta vida, es uno de los errores más perniciosos. La Sagrada Escritura dice: “El temor de Jehová lleva a la vida: con él vive del todo tranquilo el hombre y no es visitado por el mal”. “¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela”. Las palabras de la sabiduría “son vida para los que las hallan y medicina para todo su cuerpo”. Proverbios 19:23; Salmos 34:12-14; Proverbios 4:22.

La verdadera religión pone al hombre en armonía con las leyes de Dios, físicas, mentales y morales. Enseña el dominio de sí mismo, la serenidad y la templanza. La religión ennoblece el intelecto, purifica el gusto y santifica el juicio. Hace al alma participante de la pureza del cielo. La fe en el amor de Dios y en su providencia soberana alivia las cargas de ansiedad y cuidado. Llena de regocijo y de contento el corazón de los encumbrados y los humildes. La religión

tiende directamente a fomentar la salud, alargar la vida y realzar nuestro goce de todas sus bendiciones. Abre al alma una fuente inagotable de felicidad.

¡Ojalá que todos aquellos que no han escogido a Cristo se dieran cuenta de que él tiene algo que ofrecerles que es mucho mejor de lo que ellos buscan! El hombre hace a su propia alma el mayor daño e injusticia cuando piensa y obra en forma contraria a la voluntad de Dios. No se puede hallar gozo verdadero en la senda prohibida por Aquel que sabe en qué consiste lo mejor, y procura el bien de sus criaturas. El sendero de la transgresión lleva a la miseria y a la perdición; pero los caminos de la sabiduría “son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz”. Proverbios 3:17.

Se puede estudiar con provecho tanto el adiestramiento físico como la disciplina religiosa que se practicaban en las escuelas de los hebreos. El valor de esta educación no se aprecia debidamente. Hay una estrecha relación entre la mente y el cuerpo, y para alcanzar un alto nivel de dotes morales e intelectuales, debemos acatar las leyes que gobiernan nuestro ser físico. Para alcanzar un carácter fuerte y bien equilibrado, deben ejercitarse y desarrollarse nuestras fuerzas, tanto mentales como corporales. ¿Qué estudio puede ser más importante para los jóvenes que el de este maravilloso organismo que Dios nos ha encomendado y de las leyes por las cuales ha de conservarse en buena salud?

Y ahora, como en los tiempos de Israel, cada joven debe recibir instrucción sobre los deberes de la vida práctica. Cada uno debe adquirir el conocimiento de algún ramo del trabajo manual, por el cual, en caso de necesidad, podrá ganarse la vida. Esto es indispensable, no solo como protección contra las vicisitudes de la vida, sino también a causa de la influencia que ejercerá en el desarrollo físico, mental y moral. Aunque hubiera seguridad de que uno no habría de depender del trabajo manual para mantenerse, debe sin embargo aprender a trabajar. Sin ejercicio físico nadie puede tener una constitución sana ni una salud vigorosa, y la disciplina del trabajo bien regulado no es menos esencial para desarrollar una inteligencia fuerte y activa y un carácter noble.

Todo estudiante debe dedicar una porción de cada día a un trabajo físico activo. Así se adquirirían hábitos de aplicación y laboriosidad, y se formaría un espíritu de confianza propia, al mismo tiempo que se escudaría al joven contra muchas prácticas malas y degradantes que tan a menudo son los resultados del ocio. Todo esto

cuadra con el fin principal de la educación; porque al estimular la actividad, la diligencia y la pureza, nos ponemos en armonía con el Creador.

Los jóvenes deben ser inducidos a comprender el propósito de su creación, que es honrar a Dios y beneficiar a sus semejantes; hágaseles ver el tierno amor que nuestro Padre celestial ha manifestado y el alto destino para el cual la disciplina de esta vida los ha de preparar, la dignidad y el honor a los cuales están llamados, a saber, ser hijos de Dios, y miles se apartarán con desprecio y repugnancia de los propósito bajos y egoístas y de los placeres frívolos que hasta ahora les han absorbido. Aprenderán a odiar y evitar el pecado, no meramente por la esperanza de la recompensa o por el miedo al castigo, sino por un sentido de su vileza inherente, porque degradaría las facultades que Dios les ha dado, mancharía su carácter de seres humanos semejantes a Dios.

Dios no ordena que los jóvenes tengan menos aspiraciones. Los rasgos de carácter que dan éxito y honores a un hombre entre sus semejantes; el deseo inextinguible de algún bien mayor; la voluntad indomable; los esfuerzos arduos; la perseverancia incansable, no deben eliminarse. Por la gracia de Dios, deben encauzarse hacia fines que superen los intereses egoístas y temporales como los cielos son más altos que la tierra.

Y la educación comenzada en esta vida continuará en la vida venidera. Un día tras otro revelarán a la mente con nueva belleza las maravillosas obras de Dios, las evidencias de su sabiduría y poder al crear y sostener el universo, así como el misterio infinito del amor y de la sabiduría en el plan de la redención. “Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman”. 1 Corintios 2:9. Hasta en esta vida podemos entrever su presencia y gozar de la comunión con el cielo; pero la plenitud de su gozo y de su bendición se ha de alcanzar en el más allá. La eternidad sola habrá de revelar el destino glorioso que el hombre, restaurado a la imagen de Dios, puede alcanzar.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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