Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 546-548

Pero sus relaciones con los idólatras lo corrompieron. Como la ciudad de Sora estaba cerca de la región de los filisteos, Sansón trabó amistades entre ellos. Así se crearon en su juventud intimidades cuya influencia entenebreció toda su vida. Una joven que vivía en la ciudad filistea de Timnat-sera conquistó los afectos de Sansón, y él decidió hacerla su esposa. La única contestación que dio a sus padres temerosos de Dios, que trataban de disuadirle de su propósito, fue: “Esta agradó a mis ojos”. Los padres cedieron por fin a sus deseos, y la boda se efectuó.

Precisamente cuando llegaba a la adultez, cuando debía cumplir su misión divina, el momento en que debió haber sido más fiel a Dios, Sansón se emparentó con los enemigos de Israel. No se preguntó si al unirse con el objeto de su elección podría glorificar mejor a Dios o si se estaba colocando en una posición que no le permitiría cumplir el propósito que debía alcanzar su vida. A todos los que tratan primero de honrarle a él, Dios les ha prometido sabiduría; pero no existe promesa para los que se obstinan en satisfacer sus propios deseos.

¡Cuántos hay que siguen el mismo camino que siguió Sansón! ¡Cuán a menudo se formalizan casamientos entre fieles e impíos, porque la inclinación domina en la elección de marido o mujer! Los contrayentes no piden consejo a Dios, ni procuran glorificarle. El cristianismo debe tener una influencia dominadora sobre la relación matrimonial; pero con demasiada frecuencia los móviles que conducen a esta unión no se ajustan a los principios cristianos. Satanás está constantemente tratando de fortalecer su poderío sobre el pueblo de Dios induciéndolo a aliarse con sus súbditos; y para lograr esto, trata de despertar pasiones impuras en el corazón. Pero en Su Palabra el Señor ha indicado clara y terminantemente a su pueblo que no se una con aquellos en cuyo corazón no mora su amor. “¿Qué armonía puede haber entre Cristo y Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?” 2 Corintios 6:15, 16.

En el festín de su boda Sansón se relacionó familiarmente con los que odiaban al Dios de Israel. Quienquiera que voluntariamente entabla semejantes relaciones se verá en la necesidad de amoldarse, hasta cierto grado, a los hábitos y costumbres de sus compañeros. Pasar el tiempo así es peor que malgastarlo. Se despiertan y fomentan pensamientos, y se pronuncian palabras, que tienden a quebrantar los baluartes de los buenos principios y a debilitar la ciudadela del alma.

La esposa, para obtener cuya mano Sansón había transgredido el mandamiento de Dios, traicionó a su marido antes de que hubiera terminado el banquete de bodas. Indignado por la perfidia de ella, Sansón la abandonó momentáneamente, y regresó solo a su casa de Sora. Cuando, después de aplacársele el enojo, volvió por su novia, la halló casada con otro. La venganza que él se tomó al devastar todos los campos y viñedos de los filisteos, los indujo a asesinarla, a pesar de que las amenazas de ellos le habían hecho cometer el engaño que dio principio a la dificultad. Sansón ya había dado pruebas de su fuerza maravillosa al matar solo y sin armas un leoncito, y al dar muerte a treinta de los hombres de Ascalón. Ahora airado por el bárbaro asesinato de su esposa, atacó a los filisteos “y los hirió [...] con gran mortandad”. Y entonces, deseando encontrar un refugio seguro contra sus enemigos, se retiró a “la cueva de la peña de Etam”, en la tribu de Judá.

Fue perseguido a este sitio por una fuerza importante, y los habitantes de Judá, muy alarmados, convinieron vilmente en entregarlo a sus enemigos. Por lo tanto, tres mil hombres de Judá subieron adonde él estaba. Pero aun en número tan desproporcionado, no se habrían atrevido a aproximársele si no hubieran estado seguros de que él no haría ningún daño a sus conciudadanos. Sansón les permitió que lo ataran y lo entregaran a los filisteos; pero primero exigió a los hombres de Judá que le prometieran no atacarlo, para no verse él obligado a destruirlos. Les permitió que lo ataran con dos sogas nuevas, y fue conducido al campamento de sus enemigos en medio de las demostraciones de gran regocijo que hacían estos. Pero mientras sus gritos despertaban los ecos de las colinas, “el espíritu de Jehová vino sobre él”. Hizo pedazos las cuerdas fuertes y nuevas como si hubieran sido lino quemado en el fuego. Luego, asiendo la primera arma que halló a mano y que, si bien era tan solo una quijada de asno, resultó más eficaz que una espada o una lanza, hirió a los filisteos hasta que huyeron aterrorizados, dejando mil muertos en el campo.

Si los israelitas hubieran estado dispuestos a unirse con Sansón, para llevar adelante la victoria, habrían podido librarse entonces del poder de sus opresores. Pero se habían desalentado y acobardado. Por pura negligencia habían dejado de hacer la obra que Dios les había mandado realizar, en cuanto a desposeer a los paganos, y se habían unido a ellos en sus prácticas degradantes. Toleraban su crueldad y su injusticia, siempre que no fuera dirigida contra ellos mismos. Cuando se los colocaba bajo el yugo del opresor se

sometían mansamente a la degradación que habrían podido eludir si tan solo hubiesen obedecido a Dios. Aun cuando el Señor les suscitaba un libertador, con frecuencia lo abandonaban y se unían con sus enemigos.

Después de su victoria, los israelitas hicieron juez a Sansón, y gobernó a Israel durante veinte años. Pero un mal paso prepara el camino para otro. Sansón había violado el mandamiento de Dios tomando esposa de entre los filisteos, y otra vez se aventuró a relacionarse con los que ahora eran sus enemigos mortales, para satisfacer una pasión ilícita. Confiando en su gran fuerza, que tanto terror infundía a los filisteos, fue osadamente a Gaza para visitar a una ramera de aquel lugar. Los habitantes de la ciudad supieron que estaba allí y desearon vengarse. Su enemigo se había encerrado dentro de las murallas de la más fortificada de todas sus ciudades; estaban seguros de su presa, y solo esperaban el amanecer para completar su triunfo. A la media noche Sansón despertó. La voz acusadora de la conciencia lo llenaba de remordimiento, mientras recordaba que había quebrantado su voto de nazareo. Pero no obstante su pecado, la misericordia de Dios no lo había abandonado. Su fuerza prodigiosa le sirvió una vez más para liberarse. Yendo a la puerta de la ciudad, la arrancó de su sitio y se la llevó con sus postes y su cerrojo a la cumbre de una colina en el camino a Hebrón.

Pero ni aun esta arriesgada escapada refrenó su mal proceder. No volvió a aventurarse entre los filisteos, pero continuó buscando los placeres sensuales que le atraían hacia la ruina. “Después de esto aconteció que se enamoró de una mujer en el valle de Sorec”, a poca distancia de donde había nacido él. Ella se llamaba Dalila, “la consumidora”. El valle de Sorec era famoso por sus viñedos; y estos también tentaban al vacilante nazareo, quien había hecho ya consumo de vino, quebrantando así otro vínculo que lo ataba a la pureza y a Dios. Los filisteos observaban cuidadosamente los movimientos de su enemigo, y cuando él se envileció por esta nueva unión decidieron obtener su ruina por medio de Dalila.

Una embajada compuesta por uno de los hombres principales de cada provincia filistea fue enviada al valle de Sorec. No se atrevían a prenderlo mientras tuviera su gran fuerza, pero tenían el propósito de averiguar, si fuera posible, el secreto de su poder. Por consiguiente, sobornaron a Dalila para que lo descubriera y se lo revelara a ellos.

Al verse Sansón acosado por las preguntas de la traidora, la engañó diciéndole que las debilidades de otros hombres le

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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