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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 530-532

entonces la mano del opresor no se había hecho sentir sino ligeramente sobre las tribus que moraban al este del Jordán, pero en las nuevas calamidades ellas fueron las primeras que sufrieron.

Los amalecitas que habitaban el sur de Canaán, así como también los madianitas que moraban allende el límite oriental y en los desiertos, seguían siendo enemigos implacables de Israel. Aquella nación había sido casi destruida por los israelitas en los días de Moisés, pero desde entonces había aumentado mucho, y se había hecho populosa y poderosa. Anhelaba vengarse; y ahora que la mano protectora de Dios se había retirado de Israel, la oportunidad era propicia. No solo sufrieron sus estragos las tribus del este del Jordán, sino todo el país. Los feroces y salvajes habitantes del desierto invadían la tierra con sus rebaños y manadas, “en grande multitud como langosta”. Como plaga devoradora se desparramaban por toda la tierra, desde el río Jordán hasta las llanuras filisteas. Llegaban tan pronto como las cosechas principiaban a madurar y permanecían allí hasta que se habían recogido los últimos frutos de la tierra. Despojaban los campos de su abundancia; saqueaban y maltrataban a los habitantes, y luego se regresaban a los desiertos.

Los israelitas que vivían en el campo abierto se veían así obligados a abandonar sus hogares, y a congregarse en pueblos amurallados, para buscar asilo en las fortalezas y hasta refugiarse en cuevas y entre los baluartes rocosos de las montañas. Durante siete años continuó esta opresión, y entonces, como el pueblo en su angustia prestó oído a los reproches del Señor y confesó sus pecados, Dios nuevamente suscitó un hombre que le ayudara.

Era Gedeón, hijo de Joas, de la tribu de Manasés. La rama a la cual pertenecía esta familia no desempeñaba ningún cargo destacado, pero la casa de Joas se distinguía por su valor y su integridad. Se dice de sus valientes hijos: “Cada uno semejaba los hijos de un rey”. Cayeron todos víctimas de las luchas contra los madianitas, menos uno cuyo nombre llegó a ser temido por los invasores. A Gedeón llamó, pues, el Señor para libertar a su pueblo. Estaba entonces ocupado en trillar su trigo. Había ocultado una pequeña cantidad de cereal, y no atreviéndose a trillarlo en la era ordinaria, había recurrido a un sitio cercano al lagar, pues como faltaba mucho para que las uvas estuvieran maduras, los viñedos recibían poca atención. Mientras Gedeón trabajaba en secreto y en silencio, pensaba con tristeza en las condiciones de Israel, y consideraba cómo se podría hacer para sacudir el yugo del opresor de su pueblo.

De repente “se le apareció el ángel de Jehová” y le dirigió estas palabras: “Jehová está contigo, hombre esforzado”.

“Ah, señor mío -fue su respuesta-, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Dónde están todas esas maravillas que nuestros padres nos han contado, diciendo: “¿No nos sacó Jehová de Egipto?”. Y ahora Jehová nos ha desamparado y nos ha entregado en manos de los madianitas”.

El Mensajero celestial le respondió: “Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?”

Gedeón deseaba alguna señal de que el que ahora le hablaba era el ángel del Pacto, el cual en el pasado había obrado en favor de Israel. Los ángeles del Señor, que conversaron con Abraham, se habían detenido una vez para gozar de su hospitalidad; y Gedeón rogó al Mensajero divino que permaneciese con él como huésped. Dirigiéndose apresuradamente a su tienda, preparó de sus escasas provisiones un cabrito y panes sin levadura, todo lo cual trajo luego y lo puso ante él. Pero el ángel le mandó: “Toma la carne, y los panes sin levadura, y ponlo sobre esta peña, y vierte el caldo”. Gedeón lo hizo, y entonces recibió la señal que había deseado; con el cayado que tenía en la mano, el ángel tocó la carne y los panes ázimos, y una llama de fuego que brotó de la roca consumió el sacrificio. Luego el ángel desapareció de su vista.

El padre de Gedeón, Joas, quien participaba de la apostasía de sus conciudadanos, había erigido en Ofra, donde moraba, un gran altar dedicado a Baal, y ante él adoraba la gente del pueblo. Gedeón recibió orden de destruir este altar, y de erigir otro a Jehová, sobre la roca en la cual el sacrificio había sido consumido, para presentar allí un sacrificio al Señor.

El ofrecimiento de sacrificios a Dios había sido encomendado solamente a los sacerdotes, y debía limitarse al altar de Silo; pero Aquel que había establecido el servicio ritual, y a quien señalaban todos estos sacrificios, tenía poder para cambiar sus requerimientos. La liberación de Israel debía ser precedida por una solemne protesta contra el culto a Baal. Gedeón debía declarar la guerra a la idolatría, antes de salir a batallar con los enemigos de su pueblo.

La orden divina se ejecutó fielmente. Sabiendo que encontraría resistencia si intentaba hacerlo públicamente, Ge-deón realizó su obra en secreto y con la ayuda de sus siervos la completó en una noche.

Grande fue la ira de los habitantes de Ofra cuando llegaron a la siguiente mañana para rendir culto a Baal. Habrían quitado la

vida a Gedeón si Joas, a quien se le había contado lo de la visión del ángel, no hubiese salido en defensa de su hijo. “¿Lucharéis vosotros por Baal? ¿Defenderéis su causa? Cualquiera que contienda por él, que muera esta mañana. Si es un dios, que luche por sí mismo con quien derribó su altar”. Si Baal no había podido defender su propio altar, ¿cómo podía creerse que protegería a sus adoradores?

Todo pensamiento de violencia contra Gedeón quedó olvidado; y cuando él hizo tocar la trompeta para ir a la guerra, los hombres de Ofra fueron de los primeros que se congregaron alrededor de su estandarte. Envió heraldos a su propia tribu de Manasés, y también a Aser, Zabulón y Neftalí; y todos respondieron a la convocación.

Gedeón no se atrevió a encabezar el ejército sin tener evidencias adicionales de que Dios le había llamado para esta obra, y de que estaría con él. Le rogó así: “Si has de salvar a Israel por mi mano, como has dicho, he aquí que yo pondré un vellón de lana en la era; si el rocío está sobre el vellón solamente, y queda seca toda la otra tierra, entonces entenderé que salvarás a Israel por mi mano, como lo has dicho”. Por la mañana el vellón estaba mojado, en tanto que la tierra estaba seca. Sintió, sin embargo, una duda, puesto que la lana absorbe naturalmente la humedad cuando la hay en el aire; la prueba no era tal vez decisiva. Por consiguiente, rogando que su extrema cautela no desagradara al Señor, pidió que la señal se invirtiera. Le fue otorgado lo que pidió.

Así animado, Gedeón sacó sus fuerzas a pelear con los invasores. “Pero todos los madianitas y amalecitas y los del oriente se juntaron a una, y cruzando el Jordán acamparon en el valle de Jezreel”. La hueste que iba al mando de Gedeón no pasaba de treinta y dos mil hombres; pero mientras estaba el inmenso ejército enemigo desplegado delante de él, le dirigió el Señor las siguientes palabras: “Hay mucha gente contigo para que yo entregue a los madianitas en tus manos, pues Israel puede jactarse contra mí, diciendo: “Mi mano me ha salvado”. Ahora, pues, haz pregonar esto a oídos del pueblo: “Quien tema y se estremezca, que madrugue y regrese a su casa desde el monte de Galaad””. Los que no estaban dispuestos a arrostrar peligros y penurias, o cuyos intereses mundanos desviaban su corazón de la obra de Dios, no fortalecían en modo alguno a los ejércitos de Israel. Su presencia no podía ser sino causa de debilidad.

Se había hecho ley en Israel que antes de que el ejército saliera a la batalla, hacerle la siguiente proclamación: “Luego hablarán los oficiales al pueblo, y dirán: “¿Quién ha edificado una casa nueva y no

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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