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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 512-514

los huérfanos y las viudas. Se proveía así para las ofrendas de gracias y los festines de las celebraciones anuales, y el pueblo había de frecuentar la compañía de los sacerdotes y levitas, a fin de recibir instrucción y ánimo en el servicio de Dios. Pero cada tercer año este segundo diezmo había de emplearse en casa, para agasajar a los levitas y a los pobres, como dijo Moisés: “Y comerán en tus villas, y se saciarán”. Deuteronomio 26:12. Este diezmo servía como un fondo para los fines caritativos y hospitalarios.

Otras medidas aun se tomaban en favor de los pobres. Después del reconocimiento de los requerimientos divinos, nada hay que diferencie tanto las leyes dadas por Moisés de cualesquiera otras como el espíritu generoso y hospitalario que ordenaban hacia los pobres. Aunque Dios había prometido bendecir grandemente a su pueblo, no se proponía que la pobreza fuera totalmente desconocida entre ellos. Declaró que los pobres no dejarían de existir en la tierra. Siempre habría entre su pueblo algunos que le darían oportunidad de ejercer la simpatía, la ternura y la benevolencia. En aquel entonces, como ahora, las personas estaban expuestas al infortunio, la enfermedad y la pérdida de sus propiedades; pero mientras se siguieran estrictamente las instrucciones dadas por Dios, no habría mendigos en Israel ni quien sufriera por falta de alimentos.

La ley de Dios le daba al pobre derecho sobre cierta porción del producto de la tierra. Cualquiera estaba autorizado para ir, cuando tenía hambre, al sembrado de su vecino, a su huerto o a su viñedo, para comer del grano o de la fruta hasta satisfacerse. Actuaron de acuerdo con este permiso los discípulos de Jesús cuando arrancaron espigas y comieron del grano al pasar por un campo cierto sábado.

Toda la rebusca de las mieses, el huerto y el viñedo pertenecían a los pobres. “Cuando siegues tu mies en tu campo -dijo Moisés- y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla [...]. Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado detrás de ti [...]. Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, el huérfano y la viuda. Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto. Por tanto, yo te mando que hagas esto”. Deuteronomio 24:19-22; véase Levítico 19:9, 10.

Cada séptimo año había una provisión especial para los pobres. El año sabático, como se lo llamaba, comenzaba al fin de la cosecha. En el tiempo de la siembra que seguía al de la siega, el pueblo no debía sembrar; no debía podar ni arreglar los viñedos en la primavera; y no debía contar con una cosecha ni del campo ni de la viña. De lo

que la tierra produjera espontáneamente, podían comer cuando estaba fresco, pero no podían guardar ninguna porción de esos productos en sus graneros. La producción de ese año debía dejarse para el consumo gratuito del extranjero, el huérfano, la viuda, y hasta para los animales del campo. Véase Éxodo 23:10, 11; Levítico 25:5.

Pero si la tierra producía ordinariamente tan solo lo suficiente para suplir las necesidades del pueblo, ¿como subsistiría este durante el año en que no se recogían cosechas? La promesa de Dios proveía ampliamente para esto, pues Dios había dicho: “Yo os enviaré mi bendición el sexto año, y ella hará que haya fruto por tres años. En el octavo año sembraréis, y comeréis del fruto añejo; hasta el año noveno, hasta que venga su fruto, comeréis del añejo”. Levítico 25:21, 22.

La observancia del año sabático beneficiaría tanto a la tierra como al pueblo. Después de descansar una estación, sin ser cultivada, la tierra iba a producir más copiosamente. El pueblo se veía aliviado de las labores apremiantes del campo; y aunque podía dedicarse a diversas actividades durante ese tiempo, todos tenían más tiempo libre, lo cual les brindaba oportunidad de recuperar las fuerzas físicas para los trabajos de los años subsiguientes. Tenían más tiempo para la meditación y la oración, para familiarizarse con las enseñanzas y exigencias del Señor, y para instruir a sus familias.

Durante el año sabático debía ponerse en libertad a los esclavos hebreos, y no despedirlos con las manos vacías. Las instrucciones del Señor eran: “Y cuando lo dejes libre, no lo enviarás con las manos vacías. Lo abastecerás liberalmente de tus ovejas, de tu era y de tu lagar; le darás de aquello con que Jehová te haya bendecido”. Deuteronomio 15:13, 14.

El salario del trabajador debía serle pagado con prontitud: “No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra [...]. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida. Así no clamará contra ti a Jehová, y no serás responsable de pecado”. Deuteronomio 24:14, 15.

También se dieron instrucciones especiales respecto al tratamiento de los que huían de la esclavitud: “No entregarás a su señor el siervo que huye de él y acude a ti. Habitará contigo, en medio de ti, en el lugar que escoja en alguna de tus ciudades, donde tenga a bien; no lo oprimirás”. Deuteronomio 23:15, 16.

Para los pobres, el séptimo año era un año de condonación de las deudas. Los hebreos tenían la orden de ayudar siempre a sus

hermanos indigentes, con préstamos de dinero sin interés. Se prohibía expresamente recibir usura de un hombre pobre: “Si tu hermano empobrece y recurre a ti, tú lo ampararás; como forastero y extranjero vivirá contigo. No tomarás de él usura ni ganancia, sino tendrás temor de tu Dios, y tu hermano vivirá contigo. No le darás tu dinero a usura ni tus víveres a ganancia”. Levítico 25:35-37.

Si la deuda quedaba sin pagar hasta el año de remisión, tampoco se podía recobrar el capital. Se le advirtió explícitamente al pueblo que no negara, por este motivo, el auxilio necesario a sus hermanos: “Cuando haya algún pobre entre tus hermanos [...] no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano pobre [...]. Guárdate de albergar en tu corazón este pensamiento perverso: “Cerca está el séptimo año, el de la remisión”, para mirar con malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada, pues él podría clamar contra ti a Jehová, y se te contaría como pecado”. “Pues nunca faltarán pobres en medio de la tierra; por eso yo te mando: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”, “sino que le abrirás tu mano liberalmente y le prestarás lo que en efecto necesite”. Deuteronomio 15:7-9, 11, 8.

Nadie necesitaba temer que su generosidad lo redujera a la miseria. La obediencia a los mandamientos de Dios daría ciertamente por resultado la prosperidad. Se le dijo a Israel: “Prestarás entonces a muchas naciones, pero tú no tomarás prestado; tendrás dominio sobre muchas naciones, pero sobre ti no tendrán dominio”. Vers. 6.

Después de “siete semanas de años, siete veces siete años”, venía el gran año de la remisión, el año del jubileo. “Entonces harás tocar fuertemente la trompeta [...] por toda vuestra tierra. Así santificaréis el año cincuenta y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus habitantes. Ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia”. Levítico 25:8-10.

“En el mes séptimo a los diez del mes; el día de la expiación”, sonaba la trompeta del jubileo. Por todos los ámbitos de la tierra, doquiera habitaran los judíos, se oía el toque que invitaba a todos los hijos de Jacob a que saludaran el año del perdón. En el gran día de la expiación, se expiaban los pecados de Israel, y con corazones llenos de regocijo el pueblo daba la bienvenida al jubileo.

Como en el año sabático, no se debía sembrar ni segar, y todo lo que produjera la tierra debía considerarse como propiedad legítima de los pobres. Quedaban entonces libres ciertas clases de esclavos hebreos: todos los que no recibían su libertad en el año sabático.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

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