Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 453-456

cumplirse los propósitos gloriosos cuyo cumplimiento él había emprendido por medio de Israel. Todos los que lleguen a ser por Cristo hijos de la fe habían de ser contados como simiente de Abraham; serían herederos de las promesas del pacto; como Abraham serían llamados a cumplir y comunicar al mundo la ley de Dios y el evangelio de su Hijo. Moisés vio cómo, por medio de los discípulos de Cristo, la luz del evangelio irradiaría y alumbraría al “pueblo que habitaba en tinieblas”. Mateo 4:16. Y también cómo miles acudirían de las tierras de los gentiles al resplandor de su nacimiento. Y al contemplar esto, se regocijó por el crecimiento y la prosperidad de Israel.

Luego pasó otra escena ante sus ojos. Se le había mostrado la obra que iba a hacer Satanás al inducir a los judíos a rechazar a Cristo, mientras profesaban honrar la ley de su Padre. Contempló ahora al mundo cristiano dominado por idéntico engaño al profesar que aceptaba a Cristo mientras que, por otro lado, rechazaba la ley de Dios. Escuchó a los sacerdotes y ancianos clamar frenéticos: “¡Quita, quita, crucifícalo!” Oyó luego a los maestros que profesaban el cristianismo gritar: “¡Afuera con la ley!” Observó cómo el sábado era pisoteado y se establecía en su lugar una institución espuria. Nuevamente Moisés se llenó de asombro y horror. ¿Cómo podían los que creían en Cristo desechar la ley que había sido pronunciada por su propia voz en el monte sagrado? ¿Cómo podía cualquiera que temiera a Dios hacer a un lado la ley que es el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra? Con gozo vio Moisés que la ley de Dios seguía siendo honrada y exaltada por un pequeño grupo de fieles. Se le mostró la última gran lucha de las potencias terrenales para destruir a los que guardan la ley de Dios. Miró anticipadamente el momento cuando Dios se levantará para castigar a los habitantes de la tierra por su iniquidad, y cuando los que temieron su nombre serán escudados y ocultados en el día de su ira. Escuchó el pacto de paz que Dios hará con los que hayan guardado su ley, cuando deje oír su voz desde su santa morada y tiemblen los cielos y la tierra. Vio la segunda venida de Cristo en gloria, a los muertos resucitar para recibir la vida eterna, y a los santos vivos trasladados sin ver la muerte, para ascender juntos con cantos de alabanza y alegría a la ciudad eterna de Dios.

Otra escena aún se abre ante sus ojos: la tierra liberada de la maldición, más hermosa que la tierra prometida cuya belleza fuera desplegada a su vista tan breves momentos antes. Ya no hay pecado, y la muerte no puede entrar en ella. Allí las naciones de los salvos y bienaventurados hallan una patria eterna. Con gozo indecible,

Moisés mira la escena, el cumplimiento de una liberación aun más gloriosa que cuanto hayan imaginado sus esperanzas más halagüeñas. Habiendo terminado para siempre su peregrinación, el Israel de Dios entró por fin en la buena tierra.

Otra vez se desvaneció la visión, y los ojos de Moisés se enfocaron sobre la tierra de Canaán tal como se extendía a la distancia. Luego, como un guerrero cansado, se acostó para reposar. “Allí murió Moisés, siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor, y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy”. Deuteronomio 34:5, 6. Muchos de los que no habían querido obedecer los consejos de Moisés mientras él estaba con ellos, habrían estado en peligro de cometer idolatría con respecto a su cuerpo muerto, si hubieran sabido donde estaba sepultado. Por este motivo quedó ese sitio oculto para los hombres. Pero los ángeles de Dios enterraron el cuerpo de su siervo fiel, y vigilaron la tumba solitaria.

“Nunca más se levantó un profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara; nadie como él por todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer [...], y por el gran poder y los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel”. Vers. 10-12.

Si la vida de Moisés no se hubiera manchado con aquel único pecado que cometió al no dar a Dios la gloria de sacar agua de la roca en Cades, él habría entrado en la tierra prometida y habría sido trasladado al cielo sin ver la muerte. Pero no permaneció mucho tiempo en la tumba. Cristo mismo, acompañado de los ángeles que enterraron a Moisés, descendió del cielo para llamar al santo que dormía. Satanás se había regocijado por el éxito que obtuvo al inducir a Moisés a pecar contra Dios y a caer así bajo el dominio de la muerte. El gran adversario sostenía que la sentencia divina: “Polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19), le daba posesión de los muertos. Nunca había sido quebrantado el poder de la tumba, y él reclamaba a todos los que estaban en ella como cautivos suyos que nunca serían liberados de su lóbrega prisión.

Por primera vez Cristo iba a dar vida a uno de los muertos. Cuando el Príncipe de la vida y los ángeles resplandecientes se aproximaron a la tumba, Satanás temió perder su hegemonía. Con sus ángeles malos, se aprestó a disputar la invasión del territorio que reclamaba como suyo. Se jactó de que el siervo de Dios había llegado a ser su prisionero. Declaró que ni siquiera Moisés había podido guardar la

ley de Dios; que se había atribuido la gloria que pertenecía a Jehová -es decir que había cometido el mismo pecado que hiciera desterrar a Satanás del cielo-, y por su transgresión había caído bajo el dominio de Satanás. El gran traidor reiteró los cargos originales que había lanzado contra el gobierno divino, y repitió sus quejas de que Dios había sido injusto con él.

Cristo no se rebajó a entrar en controversia con Satanás. Pudo haber presentado contra él la obra cruel que sus engaños habían realizado en el cielo, al ocasionar la ruina de un gran número de sus habitantes. Pudo haber señalado las mentiras que había dicho en el Edén y que habían hecho pecar a Adán e introducido la muerte entre el género humano. Pudo haberle recordado a Satanás que él era quien había inducido a Israel a murmurar y a rebelarse hasta agotar la paciencia longánime de su jefe, y sorprendiéndolo en un momento de descuido, le había arrastrado a cometer el pecado que lo había puesto en las garras de la muerte. Pero Cristo lo confió todo a su Padre, diciendo: “¡El Señor te reprenda!” Judas 9. El Salvador no entró en disputa con su adversario, sino que en ese mismo momento y lugar comenzó a quebrantar el poder del enemigo caído y a dar la vida a los muertos. Satanás tuvo allí una evidencia incontrovertible de la supremacía del Hijo de Dios. La resurrección quedó asegurada para siempre. Satanás fue despojado de su presa; los justos muertos volverían a vivir.

Como consecuencia del pecado, Moisés había caído bajo el dominio de Satanás. Por sus propios méritos era legalmente cautivo de la muerte; pero resucitó para la vida inmortal, por el derecho que tenía a ella en nombre del Redentor. Moisés salió de la tumba glorificado, y ascendió con su Libertador a la ciudad de Dios.

Nunca, hasta que se ejemplificaron en el sacrificio de Cristo, se manifestaron la justicia y el amor de Dios más señaladamente que en sus relaciones con Moisés. Dios le vedó la entrada a Canaán para enseñar una lección que nunca debía olvidarse; a saber, que él exige una obediencia estricta y que los hombres deben cuidar de no atribuirse la gloria que pertenece a su Creador. No podía conceder a Moisés lo que pidiera al rogar que lo dejara participar en la herencia de Israel; pero no olvidó ni abandonó a su siervo. El Dios del cielo comprendía los sufrimientos que Moisés había soportado; había observado todos los actos de su fiel servicio a través de los largos años de conflicto y prueba. En la cumbre de Pisga, Dios llamó a Moisés a una herencia infinitamente más gloriosa que la Canaán terrenal.

En el monte de la transfiguración, Moisés estuvo presente con Elías, quien había sido trasladado. Fueron enviados como portadores de la luz y la gloria del Padre para su Hijo. Y así se cumplió por fin la oración que elevara Moisés tantos siglos antes. Estaba en el “buen monte”, dentro de la heredad de su pueblo, testificando en favor de Aquel en quien se concentraban todas las promesas de Israel. Tal es la última escena revelada al ojo mortal con referencia a la historia de aquel hombre tan altamente honrado por el cielo.

Moisés fue un tipo o figura de Cristo. Él mismo había declarado a Israel: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis”. Deuteronomio 18:15. Dios tuvo a bien disciplinar a Moisés en la escuela de la aflicción y la pobreza, antes de que estuviera preparado para conducir las huestes de Israel hacia la Canaán terrenal. El Israel de Dios, que viaja hacia la Canaán celestial, tiene un Capitán que no necesitó enseñanzas humanas que lo prepararan para su misión de conductor divino; no obstante fue perfeccionado por el sufrimiento; “porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Hebreos 2:10, 18. Nuestro Redentor no manifestó las imperfecciones ni las debilidades humanas; pero murió a fin de obtener nuestro derecho a entrar en la tierra prometida.

“Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo, como hijo, sobre su casa. Y esa casa somos nosotros, con tal que retengamos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza”. Hebreos 3:5, 6.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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