Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 20
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 64-66
el Redentor que vendría. Pero después del nacimiento de su primer hijo, Enoc alcanzó una experiencia más elevada, una relación más íntima con Dios. Comprendió completamente sus propias obligaciones y responsabilidades como hijo de Dios. Cuando conoció el amor de su hijo hacia él, y la sencilla confianza del niño en su protección; cuando sintió la profunda y anhelante ternura de su corazón hacia su primogénito, aprendió la preciosa lección del maravilloso amor de Dios hacia el hombre manifestado en la dádiva de su Hijo, y la confianza que los hijos de Dios podían tener en el Padre celestial. El infinito e inescrutable amor de Dios, manifestado mediante Cristo, se convirtió en el tema de su meditación de día y de noche; y con todo el fervor de su alma trató de manifestar este amor a la gente entre la cual vivía.
El andar de Enoc con Dios no era en arrobamiento o en visión, sino en el cumplimiento de los deberes de su vida diaria. No se aisló de la gente convirtiéndose en ermitaño, pues tenía una obra que hacer para Dios en el mundo. En el seno de la familia y en sus relaciones con los hombres, como esposo o padre, como amigo o ciudadano, fue firme y constante siervo de Dios.
Su corazón estaba en armonía con la voluntad de Dios; pues “¿andarán dos juntos si no están de acuerdo?” Amós 3:3. Y este santo andar continuó durante trescientos años. Muchos cristianos serían más fervientes y devotos si supieran que les queda poco tiempo de vida, o que la venida de Cristo está por suceder. Pero en el caso de Enoc su fe se fortalecía y su amor se hacía más ardiente a medida que pasaban los siglos.
Enoc poseía una mente poderosa, bien cultivada, y profundos conocimientos. Dios lo había honrado con revelaciones especiales; sin embargo, por el hecho de que estaba en continua comunión con el cielo, y reconocía constantemente la grandeza y perfección divinas, fue uno de los hombres más humildes. Cuanto más íntima era su unión con Dios, más profundo era el sentido de su propia debilidad e imperfección.
Afligido por la maldad creciente de los impíos, y temiendo que la infidelidad de esos hombres pudiera aminorar su veneración hacia Dios, Enoc eludía el asociarse continuamente con ellos, y pasaba mucho tiempo en la soledad, dedicándose a la meditación y a la oración. Así esperaba ante el Señor, buscando un conocimiento más claro de su voluntad a fin de cumplirla. Para él la oración era el aliento del alma. Vivía en la misma atmósfera del cielo.
Por medio de santos ángeles, Dios reveló a Enoc su propósito de destruir al mundo mediante un diluvio, y también le manifestó detalles adicionales del plan de la redención. Mediante el espíritu de profecía lo llevó a través de las generaciones que vivirían después del diluvio, y le mostró los grandes eventos relacionados con la segunda venida de Cristo y el fin del mundo.
Enoc había estado preocupado acerca de los muertos. Le había parecido que los justos y los impíos se convertirían igualmente en polvo, y que ese sería su fin. No podía concebir que los justos vivieran más allá de la tumba. En visión profética se le instruyó concerniente a la muerte de Cristo y se le mostró su venida en gloria, acompañado de todos los santos ángeles, para rescatar a su pueblo de la tumba. También vio la corrupción que habría en el mundo cuando Cristo viniera por segunda vez, y habría una generación presumida, jactanciosa y empecinada, que negaría al único Dios y al Señor Jesucristo, pisoteando la ley y despreciando la redención. Vio a los justos coronados de gloria y honor, y a los impíos desechados de la presencia del Señor, y destruidos por el fuego.
Enoc se convirtió en el predicador de la justicia y dio a conocer al pueblo lo que Dios le había revelado. Los que temían al Señor buscaban a este hombre santo, para compartir su instrucción y sus oraciones. También trabajó públicamente, dando los mensajes de Dios a todos los que querían oír las palabras de advertencia. Su trabajo no se limitó a los descendientes de Set. En la tierra adonde Caín había tratado de huir de la divina presencia, el profeta de Dios dio a conocer las maravillosas escenas que había presenciado en visión. “Vino el Señor -dijo- con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él”. Judas 14, 15.
Enoc condenaba intrépidamente el pecado. Mientras predicaba el amor de Dios en Cristo a la gente de aquel entonces, y les rogaba que abandonaran sus malos caminos, reprobaba la prevaleciente iniquidad, y amonestaba a los hombres de su generación manifestándoles que vendría el juicio sobre los transgresores. El Espíritu de Cristo habló por medio de Enoc, y se manifestaba no solo en expresiones de amor, compasión y súplica; pues los santos hombres no hablan únicamente palabras halagadoras. Dios pone en el corazón y en los labios de sus mensajeros las verdades que han de expresar a la gente, verdades agudas y cortantes como una espada de dos filos.
El poder de Dios que obraba con su siervo se hacía sentir entre los que le oían. Algunos prestaban oídos a la amonestación, y renunciaban a su vida de pecado; pero las multitudes se mofaban del solemne mensaje, y seguían más osadamente en sus malos caminos. En los últimos días los siervos de Dios han de dar al mundo un mensaje parecido, que será recibido también con incredulidad y burla. El mundo antediluviano rechazó las palabras de amonestación del que anduvo con Dios. De la misma forma la última generación no prestará atención a las advertencias de los mensajeros del Señor.
En medio de una vida de activa labor, Enoc mantenía fielmente su comunión con Dios. Cuanto más intensas y urgentes eran sus labores, más constantes y fervorosas eran sus oraciones. Seguía apartándose, durante ciertos lapsos, de todo trato humano. Después de permanecer algún tiempo entre la gente, trabajando para beneficiarla mediante la instrucción y el ejemplo, se retiraba con el fin de estar solo, para satisfacer su sed y hambre de aquella divina sabiduría que únicamente Dios puede dar. Manteniéndose así en comunión con Dios, Enoc llegó a reflejar más y más la imagen divina. Tenía el rostro radiante de una santa luz, semejante a la que resplandece del rostro de Jesús. Cuando regresaba de estar en comunión con Dios, hasta los impíos miraban con reverencia ese sello del cielo en su semblante.
La iniquidad de los hombres había llegado a tal grado que su destrucción quedó decretada. A medida que los años pasaban, crecía más la ola de la culpabilidad humana, y se volvían más oscuras las nubes del juicio divino. Con todo, Enoc, el testigo de la fe, perseveró en su camino, amonestando, suplicando, implorando, tratando de rechazar la ola de culpabilidad y detener los dardos de la venganza. Aunque sus amonestaciones eran menospreciadas por el pueblo pecaminoso y amante del placer, tenía el testimonio de la aprobación de Dios, y continuó fielmente la lucha contra la iniquidad reinante, hasta que Dios lo trasladó de un mundo de pecado al gozo puro del cielo.
Los hombres de aquel entonces se burlaron de la insensatez del que no procuraba acumular oro o plata, ni adquirir bienes terrenales. Pero el corazón de Enoc estaba puesto en los tesoros eternos. Había contemplado la ciudad celestial. Había visto al Rey en su gloria en medio de Sión. Su mente, su corazón y su conversación se concentraban en el cielo. Cuanto mayor era la iniquidad, tanto más intenso era su deseo de morar en el hogar de Dios. Mientras permaneció en la tierra, vivió por la fe en el reino de luz.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White