Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 14-16

desistiera de su intento. El Hijo de Dios presentó ante él la grandeza, la bondad y la justicia del Creador, y también la naturaleza sagrada e inmutable de su ley. Dios mismo había establecido el orden del cielo, y, al separarse de él, Lucifer deshonraría a su Creador y acarrearía la ruina sobre sí mismo. Pero la amonestación, hecha con misericordia y amor infinitos, solamente despertó un espíritu de resistencia. Lucifer permitió que su envidia hacia Cristo prevaleciera, y se afirmó más en su rebelión.

El propósito de este príncipe de los ángeles llegó a ser disputar la supremacía del Hijo de Dios, y así poner en tela de juicio la sabiduría y el amor del Creador. Para lograr este fin estaba por consagrar las energías de aquella mente maestra, la cual, después de la de Cristo, era la principal entre las huestes de Dios. Pero Aquel que quiso que sus criaturas tuviesen libre albedrío, no dejó a ninguna de ellas inadvertida en cuanto a los sofismas perturbadores con los cuales la rebelión procuraría justificarse. Antes de que la gran controversia iniciara, debía presentarse claramente a todos la voluntad de Aquel cuya sabiduría y bondad eran la fuente de todo su regocijo.

El Rey del universo convocó a las huestes celestiales a comparecer ante él, a fin de que en su presencia él pudiese manifestar cuál era el verdadero lugar que ocupaba su Hijo y dar a conocer cuál era la relación que él tenía con todos los seres creados. El Hijo de Dios compartió el trono del Padre, y la gloria del Ser eterno, que existía por sí mismo, cubrió a ambos. Alrededor del trono se congregaron los santos ángeles, una vasta e innumerable muchedumbre, “millones de millones”, y los ángeles más elevados, como ministros y súbditos, se regocijaron en la luz que de la presencia de la Deidad caía sobre ellos. Ante los habitantes del cielo reunidos, el Rey declaró que ninguno, excepto Cristo, el Hijo unigénito de Dios, podía penetrar en la plenitud de sus designios y que a este le estaba encomendada la ejecución de los grandes propósitos de su voluntad. El Hijo de Dios había ejecutado la voluntad del Padre en la creación de todas las huestes del cielo, y a él, así como a Dios, debían ellas tributar homenaje y lealtad. Cristo había de ejercer aún el poder divino en la creación de la tierra y sus habitantes. Pero en todo esto no buscaría poder o ensalzamiento para sí mismo, en contra del plan de Dios, sino que exaltaría la gloria del Padre, y ejecutaría sus fines de beneficencia y amor.

Los ángeles reconocieron con mucho gozo la supremacía de Cristo, y postrándose ante él, le rindieron su amor y adoración. Lucifer se postró con ellos, pero en su corazón se libraba un extraño

y feroz conflicto. La verdad, la justicia y la lealtad luchaban contra los celos y la envidia. La influencia de los santos ángeles pareció por algún tiempo arrastrarlo con ellos. Mientras en melodiosos acentos se elevaban himnos de alabanza cantados por miles de alegres voces, el espíritu del mal parecía vencido; indecible amor conmovía su ser entero; al igual que los inmaculados adoradores, su alma se llenó de amor hacia el Padre y el Hijo. Pero luego se llenó del orgullo de su propia gloria. Volvió a su deseo de supremacía, y nuevamente dio cabida a su envidia hacia Cristo. Los altos honores conferidos a Lucifer no fueron justipreciados como dádiva especial de Dios, y por lo tanto, no produjeron gratitud alguna hacia su Creador. Se jactaba de su esplendor y elevado puesto, y aspiraba a ser igual a Dios. La hueste celestial lo amaba y reverenciaba, los ángeles se deleitaban en cumplir sus órdenes, y estaba dotado de más sabiduría y gloria que todos ellos. Sin embargo, el Hijo de Dios ocupaba una posición más exaltada que él. Era igual al Padre en poder y autoridad. Él compartía los designios del Padre, mientras que Lucifer no participaba en los concilios de Dios. “¿Por qué—se preguntaba el poderoso ángel—debe Cristo tener la supremacía? ¿Por qué se le honra más que a mí?”

Abandonando su lugar en la inmediata presencia del Padre, Lucifer salió a difundir el espíritu de descontento entre los ángeles. Trabajó con misteriosa reserva, y por algún tiempo ocultó sus verdaderos propósitos bajo una aparente reverencia hacia Dios. Comenzó insinuando dudas acerca de las leyes que gobernaban a los seres celestiales, sugiriendo que aunque las leyes fueran necesarias para los habitantes de los mundos, los ángeles, siendo más elevados, no necesitaban semejantes restricciones, porque su propia sabiduría bastaba para guiarlos. Ellos no eran seres que pudieran acarrear deshonra a Dios; todos sus pensamientos eran santos; y errar era tan imposible para ellos como para el mismo Dios. La exaltación del Hijo de Dios como igual al Padre fue presentada como una injusticia cometida contra Lucifer, quien, según se alegaba, tenía también derecho a recibir reverencia y honra. Si este príncipe de los ángeles pudiera alcanzar su verdadera y elevada posición, ello redundaría en grandes beneficios para toda la hueste celestial; pues su objeto era asegurar la libertad de todos. Pero ahora aun la libertad que habían gozado hasta ese entonces concluía, pues se les había nombrado un gobernante absoluto, y todos ellos tenían que prestar obediencia a su autoridad. Estos fueron los sutiles engaños

que por medio de las astucias de Lucifer cundían rápidamente por los atrios celestiales.

No se había efectuado cambio alguno en la posición o en la autoridad de Cristo. La envidia de Lucifer, sus tergiversaciones, y sus pretensiones de igualdad con Cristo, habían hecho absolutamente necesaria una declaración categórica acerca de la verdadera posición que ocupaba el Hijo de Dios; pero esta había sido la misma desde el principio. Sin embargo, las argucias de Lucifer confundieron a muchos ángeles.

Valiéndose de la amorosa y leal confianza depositada en él por los seres celestiales que estaban bajo sus órdenes, había inculcado tan insidiosamente en sus mentes su propia desconfianza y descontento, que su influencia no se discernía. Lucifer había presentado con engaño los designios de Dios, interpretándolos torcida y erróneamente, a fin de producir disensión y descontento. Con astucia inducía a sus oyentes a que expresaran sus sentimientos; luego, cuando así convenía a sus intereses, repetía esas declaraciones en prueba de que los ángeles no estaban del todo en armonía con el gobierno de Dios. Mientras aseveraba tener perfecta lealtad hacia Dios, insistía en que era necesario que se hicieran cambios en el orden y las leyes del cielo para asegurar la estabilidad del gobierno divino. Así, mientras trabajaba para despertar oposición a la ley de Dios y por inculcar su propio descontento en la mente de los ángeles que estaban bajo sus órdenes, hacía alarde de querer eliminar el descontento y reconciliar a los ángeles desconformes con el orden del cielo. Mientras fomentaba secretamente el desacuerdo y la rebelión, con pericia consumada aparentaba que su único fin era promover la lealtad y preservar la armonía y la paz.

El espíritu de descontento se había encendido y hacía su funesta obra. Aunque no había rebelión abierta, el desacuerdo aumentaba imperceptiblemente entre los ángeles. Algunos recibían favorablemente las insinuaciones de Lucifer contra el gobierno de Dios. Aunque previamente habían estado en perfecta armonía con el orden que Dios había establecido, estaban ahora descontentos y se sentían desdichados porque no podían penetrar los inescrutables designios de Dios; les desagradaba la idea de exaltar a Cristo. Estaban listos para respaldar la demanda de Lucifer de que él tuviera igual autoridad que el Hijo de Dios. Pero los ángeles que permanecieron leales y fieles apoyaron la sabiduría y la justicia del decreto divino, y así trataron de reconciliar al descontento Lucifer con la voluntad de Dios.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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