Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 182
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Lectura bíblica
Números 20:1-13
Números 20:1-13
1 Toda la congregación de los hijos de Israel llegó al desierto de Zin, en el mes primero, y el pueblo acampó en Cades. Allí murió María, y allí fue sepultada. 2 Como no había agua para la congregación, se reunieron contra Moisés y Aarón. 3 El pueblo contendía contra Moisés diciendo: --¡Ojalá nos hubiésemos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehovah! 4 ¿Por qué has traído la congregación de Jehovah a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestro ganado? 5 ¿Por qué nos has hecho subir de Egipto para traernos a este lugar tan malo? Éste no es un lugar de sembrados, ni de higueras, ni de viñas, ni de granados. ¡Ni siquiera hay agua para beber! 6 Moisés y Aarón se fueron de delante de la congregación hasta la entrada del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros. Entonces se les apareció la gloria de Jehovah. 7 Y habló Jehovah a Moisés diciendo: 8 --Toma la vara, y tú y Aarón tu hermano reunid a la congregación y hablad a la roca ante los ojos de ellos. Ella dará agua. Sacarás agua de la roca para ellos, y darás de beber a la congregación y a su ganado. 9 Moisés tomó la vara de delante de Jehovah, como él le había mandado. 10 Luego Moisés y Aarón reunieron a la congregación delante de la roca, y él les dijo: --¡Escuchad, rebeldes! ¿Sacaremos para vosotros agua de esta roca? 11 Entonces Moisés levantó su mano y golpeó la roca con su vara dos veces. Y salió agua abundante, de modo que bebieron la congregación y su ganado. 12 Luego Jehovah dijo a Moisés y a Aarón: --Por cuanto no creísteis en mí, para tratarme como santo ante los ojos de los hijos de Israel, por eso vosotros no introduciréis esta congregación en la tierra que les he dado. 13 Éstas son las Aguas de Meriba, porque allí contendieron los hijos de Israel contra Jehovah, y él manifestó su santidad entre ellos.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 387-389
Capítulo 37—La roca herida
Este capítulo está basado en Números 20.
De la roca que Moisés hirió, brotó primeramente el arroyo de agua viva que refrescó a Israel en el desierto. Durante todas sus peregrinaciones, en cualquier lugar que fuera necesario, un milagro de la misericordia de Dios les proporcionó agua. Pero las aguas no siguieron fluyendo de Horeb. Dondequiera que les hacía falta agua en su peregrinaje, fluía de las hendiduras de las rocas y corría al lado de su campamento.
Cristo era quien, por el poder de su palabra, hacía fluir el arroyo refrescante para Israel. “Bebían de la roca espiritual que los seguía. Esa roca era Cristo”. Él era la fuente de todas las bendiciones, tanto temporales como también espirituales. Cristo, la Roca verdadera, los acompañó en toda su peregrinación. “No tuvieron sed cuando los llevó por los desiertos; les hizo brotar agua de la piedra; abrió la peña, y corrieron aguas”. “Abrió la peña y fluyeron aguas; corrieron por los seguedales como un río”. 1 Corintios 10:4; Isaías 48:21; Salmos 105:41.
La roca herida era una figura de Cristo, y mediante este símbolo se enseñan las más preciosas verdades
espirituales. Así como las aguas vivificadoras fluían de la roca herida, de Cristo, “herido de Dios y abatido”, “herido [...] por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”, fluye la corriente de la salvación para una raza perdida. Como la roca fue herida una vez, así también Cristo iba a ser “ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos”. Isaías 53:4, 5; Hebreos 9:28. Nuestro Salvador no había de ser sacrificado una segunda vez; y solamente es necesario para los que buscan las bendiciones de su gracia que las pidan en el nombre de Jesús, exhalando los deseos de su corazón en oración penitente. Esta oración presentará al Señor de los ejércitos las heridas de Jesús, y entonces brotará de nuevo la sangre vivificante, simbolizada por la corriente de agua viva que fluía para Israel.
Una vez establecidos en Canaán, los israelitas se acostumbraron a celebrar con demostraciones de gran regocijo el flujo del agua de la roca en el desierto. En la época de Cristo esta celebración se había convertido en una ceremonia muy impresionante. Se realizaba durante la fiesta de las cabañas, cuando el pueblo de todo el país se congregaba en Jerusalén. Durante los siete días de la fiesta los sacerdotes salían cada día acompañados de música y del coro de los levitas, a sacar en un recipiente de oro agua de la fuente de Siloé. Iban seguidos por grandes multitudes de adoradores, de los cuales tantos como podían acercarse al agua bebían de ella, mientras se elevaban los acordes llenos de júbilo: “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación”. Isaías 12:3. Luego el agua sacada por los sacerdotes era conducida al templo en medio de la algazara de las trompetas y de los cantos solemnes: “Nuestros pies estuvieron en tus puertas, Jerusalén”. Salmos 122:2. El agua se derramaba sobre el altar del holocausto, mientras que repercutían los cantos de alabanza y las multitudes se unían en coros triunfales acompañados por instrumentos de música y trompetas de tono profundo.
El Salvador utilizó este servicio simbólico para dirigir la atención del pueblo a las bendiciones que él había venido a traerles. “En el último grande día de la fiesta” se oyó su voz en tono que resonó por todos los ámbitos del templo, diciendo: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva”. “Y esto -dice Juan- dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él”. Juan 7:37-39. El agua refrescante que brota en tierra seca y estéril, hace florecer el desierto y fluye para dar vida a los que perecen, es un emblema de la gracia divina que únicamente Cristo puede conceder, y que, como agua viva,
purifica, refrigera y fortalece el alma. Aquel en quien mora Cristo tiene dentro de sí una fuente eterna de gracia y fortaleza. Jesús alegra la vida y alumbra el sendero de todos aquellos que lo buscan de todo corazón. Su amor, recibido en el corazón, se manifestará en buenas obras para la vida eterna. Y no solo bendice al alma de la cual brota, sino que la corriente viva fluirá en palabras y acciones justas, para refrescar a los sedientos que la rodean.
Cristo empleó la misma figura en su conversación con la mujer de Samaria al lado del pozo de Jacob: “Pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”. Juan 4:14. Cristo combina los dos símbolos. Él es la roca y es el agua viva.
Las mismas figuras, bellas y expresivas, se conservan en toda la Biblia. Muchos siglos antes de que llegara Cristo, Moisés lo señaló como la roca de la salvación de Israel (Deuteronomio 32:15); el salmista cantó sus loores, y le llamó “roca mía y redentor mío”, “la roca de mi fortaleza”, “peña más alta que yo”, “mi roca y mi fortaleza”, “roca de mi corazón y mi porción”, la “roca de mi confianza”. En los cánticos de David su gracia es presentada como “aguas de reposo” en “delicados pastos”, hacia los cuales el Pastor divino guía su rebaño. Y también dice: “Tú les darás de beber del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida”. Y el sabio declara: “Arroyo que rebosa” es “la fuente de la sabiduría”. Para Jeremías, Cristo es la “fuente de agua viva”; para Zacarías un “manantial abierto [...] para el pecado y la inmundicia”. Salmos 19:14; 62:7; 61:2; 71:3; 73:26; 94:22; 23:2; 36:8, 9; Proverbios 18:4; Jeremías 2:13; Zacarías 13:1.
Isaías lo describe como “la Roca de la eternidad”, como “sombra de gran peñasco en tierra calurosa.” Y al anotar la preciosa promesa evoca el recuerdo del arroyo vivo que fluía para Israel: “Los afligidos y necesitados buscan las aguas, pero no las encuentran; seca está de sed su lengua. Yo, Jehová, los oiré; yo, el Dios de Israel, no los desampararé”. “Porque yo derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra seca”. “Porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la estepa”. Se extiende la invitación “a todos los sedientos: Venid a las aguas”. Y esta invitación se repite en las últimas páginas de la santa Palabra. El río del agua de vida, “resplandeciente como cristal”, emana del trono de Dios y del Cordero; y la misericordiosa invitación repercute a través de los siglos: “Y el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Isaías 26:4 (VM); 32:2; 41:17; 44:3; 35:6; 55:1; Apocalipsis 22:17.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White