Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 178
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 374-376
Era evidente que el pueblo se identificaba con el partido del desafecto; pero Moisés no hizo esfuerzo alguno para justificarse. En presencia de la congregación, apeló solemnemente a Dios como testigo de la pureza de sus motivos y la rectitud de su conducta, y le imploró que lo juzgara.
Al día siguiente, los doscientos cincuenta príncipes, encabezados por Coré, se presentaron con sus incensarios. Se los hizo entrar en el atrio del tabernáculo, mientras el pueblo se reunía afuera, para esperar el resultado. No fue Moisés quien reunió la congregación para presenciar la derrota de Coré y su compañía, sino que los rebeldes, en su presunción ciega, la convocaron para que todos fueran testigos de su victoria. Gran parte de la congregación se puso abiertamente de parte de Coré, cuyas esperanzas de realizar su propósito contra Aarón eran grandes.
Cuando estaban todos así reunidos delante de Dios, “la gloria de Jehová apareció a toda la congregación”. Moisés y Aarón recibieron esta divina advertencia: “Apartaos de esta congregación, y consumiré en un momento”. Pero ellos se postraron de hinojos y rogaron: “Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿no es solo hombre el que pecó? ¿Por qué airarte contra toda la congregación?”
Coré se había retirado de la asamblea, para unirse a Datán y a Abiram, cuando Moisés, acompañado por los setenta ancianos, bajó para dar la última advertencia a los hombres que se habían negado a comparecer ante él. Como multitudes los seguían, antes de pronunciar su mensaje, Moisés ordenó al pueblo por instrucción divina: “Apartaos de las tiendas de estos hombres impíos, y no toquéis ninguna cosa suya, porque no perezcáis por todos sus pecados”. La advertencia fue obedecida, porque se apoderó de todos la aprensión de que iba a caer un castigo. Los rebeldes principales se vieron abandonados por aquellos a quienes habían engañado, pero su osadía no disminuyó. Se quedaron de pie con sus familias a las puertas de sus tiendas, en abierto desafío a la advertencia divina.
Entonces Moisés declaró, en el nombre del Dios de Israel, a oídos de la congregación: “En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para que hiciera todas estas cosas, y que no las hice de mi propia voluntad. Si como mueren todos los hombres mueren estos, o si al ser visitados ellos corren la suerte de todos los hombres, Jehová no me envió. Pero si Jehová hace algo nuevo, si la tierra abre su boca y se los traga con todas sus cosas, y descienden vivos al seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová”.
De pie, llenos de terror y expectación, en espera del acontecimiento, todos los israelitas fijaron los ojos en Moisés. Cuando terminó de hablar, la tierra sólida se partió, y los rebeldes cayeron vivos al abismo, con todo lo que les pertenecía, “y desaparecieron de en medio de la congregación”. El pueblo huyó, sintiéndose condenado como copartícipe del pecado.
Pero el castigo no terminó en eso. Un fuego que fulguró de la nube alcanzó a los doscientos cincuenta príncipes que habían ofrecido incienso, y los consumió. Estos hombres, que no habían sido los primeros en rebelarse, no fueron destruidos con los conspiradores principales. Se les dio oportunidad de ver el fin de ellos, y de arrepentirse; pero sus afectos estaban con los rebeldes y compartieron su suerte.
Mientras Moisés suplicaba a Israel que huyera de la destrucción inminente, todavía podría haberse evitado el castigo divino, si Coré y sus asociados se hubieran arrepentido y hubiesen pedido perdón. Pero su terca persistencia selló su perdición. La congregación entera compartía su culpa, pues todos, cual más, cual menos, habían simpatizado con ellos. Sin embargo, en su gran misericordia Dios distinguió entre los jefes rebeldes y aquellos a quienes habían inducido a la rebelión. Al pueblo que se había dejado engañar se le dio tiempo para que se arrepintiera. Tuvo una evidencia abrumadora de que los rebeldes erraban y de que Moisés estaba en lo correcto. La poderosa manifestación del poder de Dios había eliminado toda incertidumbre.
Jesús, el Ángel que iba delante de los hebreos, trató de salvarlos de la destrucción. Se prolongó el plazo para obtener perdón. El juicio de Dios había venido muy cerca, y los exhortó a arrepentirse. Una intervención especial e irresistible del cielo había detenido la rebelión de ellos. Si querían responder a la intervención de la providencia de Dios, podían salvarse. Pero aunque huyeron de los juicios, por temor a la destrucción, su rebelión no fue curada. Regresaron a sus tiendas aquella noche, horrorizados, pero no arrepentidos.
Tanto los había lisonjeado Coré y sus asociados, que se creyeron realmente muy buenos, y que habían sido perjudicados y maltratados por Moisés. Si llegaban a admitir que Coré y sus compañeros estaban equivocados y que Moisés estaba en lo justo, entonces se verían obligados a recibir como palabra de Dios la sentencia de que debían morir en el desierto. No querían someterse a esto, y procuraron creer que Moisés los había engañado. Habían acariciado la esperanza de
que se estaba por establecer un nuevo orden de cosas, en el cual la alabanza reemplazaría a la reprensión, y el ocio y el bienestar a la ansiedad y la lucha. Los hombres que acababan de perecer habían pronunciado palabras de adulación, y habían profesado gran interés y amor por ellos, de modo que el pueblo concluyó que Coré y sus compañeros debieron ser buenos hombres, cuya destrucción Moisés había ocasionado por algún u otro medio.
Es casi imposible a los hombres infligir a Dios mayor insulto que el menospreciar y rechazar los instrumentos que él quiere emplear para salvarlos. No solo habían hecho esto los israelitas, sino que hasta se habían propuesto asesinar a Moisés y a Aarón. No obstante, no se percataban de la necesidad que tenían de pedir perdón a Dios por su grave pecado. No dedicaron aquella noche de gracia al arrepentimiento y la confesión, sino a idear alguna manera de resistir a las pruebas de que eran los mayores de los pecadores. Seguían albergando odio contra los hombres designados por Dios, y se preparaban para resistir la autoridad de ellos. Satanás estaba allí para pervertir su juicio, y llevarlos con los ojos vendados a la destrucción.
Todo Israel había huido alarmado cuando oyó el clamor de los pecadores condenados que descendían al abismo, y dijo: “No nos trague también la tierra”. Pero al “día siguiente toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón, diciendo: “Vosotros habéis dado muerte al pueblo de Jehová””. Y estaba a punto de hacer violencia a sus fieles y abnegados jefes.
Se vio una manifestación de la gloria divina en la nube sobre el tabernáculo y salió de la nube una voz que habló a Moisés y a Aarón, diciendo: “Apartaos de en medio de esta congregación, y los consumiré en un momento”.
No había culpabilidad de pecado en Moisés. Por tanto, no temió ni se apresuró a irse para dejar que la congregación pereciera. Moisés se demoró y con ello manifestó en esta temible crisis el verdadero interés del pastor por el rebaño confiado a su cuidado. Rogó para que la ira de Dios no destruyera totalmente al pueblo escogido. Su intercesión impidió que el brazo de la venganza acabara completamente con el desobediente y rebelde pueblo de Israel.
Pero el ángel de la ira había salido; la plaga estaba haciendo su obra de exterminio. Atendiendo a la orden de su hermano, Aarón tomó un incensario, y con él se dirigió apresuradamente al medio de la congregación, “e hizo expiación por el pueblo”. “Y se puso entre los muertos y los vivos”. Mientras subía el humo de incienso,
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White