Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 176
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Lectura bíblica
Números 17
Números 17
1 Entonces Jehovah habló a Moisés diciendo: 2 "Habla a los hijos de Israel y toma doce varas, una vara por cada casa paterna, de todos sus dirigentes de casas paternas. Escribe el nombre de cada uno en su vara, 3 y en la vara que corresponde a Leví escribe el nombre de Aarón; pues habrá una vara para cada jefe de su casa paterna. 4 Pondrás estas varas en el tabernáculo de reunión, delante del testimonio, donde yo me encontraré con vosotros. 5 Y sucederá que florecerá la vara del hombre que yo escoja. Así quitaré de sobre mí las quejas de los hijos de Israel con que murmuran contra vosotros." 6 Moisés habló a los hijos de Israel, y todos sus dirigentes le dieron varas, una vara por cada dirigente de cada casa paterna, doce varas en total. Y la vara de Aarón estaba entre sus varas. 7 Luego Moisés puso las varas delante de Jehovah en el tabernáculo de reunión. 8 Y sucedió que al día siguiente Moisés entró en el tabernáculo de reunión y vio que la vara de Aarón, de la casa de Leví, había brotado, echado botones, dado flores y producido almendras maduras. 9 Entonces Moisés llevó de delante de Jehovah todas las varas a los hijos de Israel. Ellos las vieron y tomaron cada uno su vara. 10 Entonces Jehovah dijo a Moisés: "Vuelve a poner la vara de Aarón delante del testimonio, para que sea guardada como señal para los rebeldes. Así harás cesar sus quejas contra mí, para que ellos no mueran." 11 Moisés hizo como le mandó Jehovah; así lo hizo. 12 Entonces los hijos de Israel hablaron a Moisés diciendo: "¡He aquí que perecemos! ¡Estamos perdidos! ¡Todos nosotros estamos perdidos! 13 Cualquiera que se acerque al tabernáculo de Jehovah, morirá. ¿Acabaremos pereciendo todos?"
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 368-370
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Capítulo 35—La rebelión de Coré
Este capítulo está basado en Números 15 y 16.
Los castigos infligidos a los israelitas lograron por un tiempo refrenar su murmuración y su insubordinación, pero aun moraba el espíritu de rebelión en el corazón, y produjo al fin los más amargos frutos. Las rebeliones anteriores no habían pasado de ser meros tumultos populares, nacidos de los impulsos repentinos del populacho; pero ahora como resultado de un propósito obstinado de derrocar la autoridad de los jefes nombrados por Dios mismo, se tramó una conspiración de hondas raíces y grandes alcances.
Coré, el instigador principal de este movimiento, era un levita de la familia de Coat y primo de Moisés. Era hombre capaz e influyente. Aunque designado para el servicio del tabernáculo, se había quedado desconforme de su cargo y aspiraba a la dignidad del sacerdocio. El otorgamiento a Aarón y a su familia del oficio sacerdotal, que había sido ejercido anteriormente por el primogénito de cada familia, había provocado celos y desafecto, y por algún tiempo Coré había estado resistiendo secretamente la
autoridad de Moisés y de Aarón, aunque sin atreverse a cometer algún acto de abierta rebelión. Por último, concibió el atrevido propósito de derrocar tanto la autoridad civil como la religiosa; y no dejó de encontrar simpatizantes. Cerca de las tiendas de Coré y de los coatitas, al sur del tabernáculo, acampaba la tribu de Rubén, y las tiendas de Datán y Abiram, dos príncipes de esa tribu, estaban cerca de la de Coré. Dichos príncipes concedieron fácilmente su apoyo al ambicioso proyecto. Alegaban que, siendo ellos descendientes del hijo mayor de Jacob, les correspondía la autoridad civil, y decidieron compartir con Coré los honores del sacerdocio.
El estado de ánimo que prevalecía en el pueblo favoreció en gran manera los fines de Coré. En la amargura de su desilusión revivieron sus dudas, celos y odios antiguos, y nuevamente se elevaron sus quejas contra su paciente caudillo. Continuamente se olvidaban los israelitas de que estaban sujetos a la dirección divina. No recordaban que el Ángel del pacto era su jefe invisible ni que, velada por la columna de nube, la presencia de Cristo iba delante de ellos, como tampoco que de él recibía Moisés todas sus instrucciones.
No querían someterse a la terrible sentencia de que todos debían morir en el desierto, y en consecuencia estaban dispuestos a valerse de cualquier pretexto para creer que no era Dios, sino Moisés, quien los dirigía, y quien había pronunciado su condenación. Los mejores esfuerzos del hombre más manso de la tierra no lograron sofocar la insubordinación de ese pueblo; y aunque en sus filas quebrantadas y raleadas tenían a la vista las pruebas de cuánto había desagradado a Dios su anterior perversidad, no tomaron la lección a pecho. Otra vez fueron vencidos por la tentación.
La vida humilde de Moisés como pastor, había sido mucho más apacible y feliz que su puesto actual de jefe de aquella vasta asamblea de espíritus turbulentos. Sin embargo, Moisés no se atrevía a renunciar. En lugar de un cayado de pastor se le había dado una vara de poder, que no podía deponer hasta que Dios lo exonerara.
El que lee los secretos de todos los corazones había observado los propósitos de Coré y de sus compañeros, y había dado a su pueblo suficientes advertencias e instrucciones para permitirle eludir la seducción de estos conspiradores. Los israelitas habían visto el castigo de Dios caer sobre María por sus celos y sus quejas contra Moisés. El Señor había declarado que Moisés era más que profeta. “Cara a cara hablaré con él”, había dicho, y había agregado: “¿Por qué pues no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?” Números 12:8.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White